Capítulo 15
Evan
C onduzco hasta el punto de entrega con las niñas en la parte trasera de la Honda Odyssey, repasando mentalmente la misión que acabamos de cerrar.
Ha sido limpia, rápida, sin complicaciones. Justo como debe ser.
Ellas van más relajadas de lo habitual, quizá porque saben que, en cuanto se bajen del vehículo, volverán al laboratorio y todo será otra vez normas, paredes blancas y miradas que no parpadean lo suficiente.
Aparco donde siempre. No apago el motor. Nunca lo hago. Es una costumbre que se te queda grabada cuando trabajas en esto: siempre listo para salir.
—Hoy no ha estado mal —comenta Pluma, apoyando la cabeza en el respaldo.
—No te acostumbres —respondo sin girarme—. Lo fácil siempre sale caro después.
—Qué optimista eres —murmura Garabato, jugueteando con su cámara.
Guinda no dice nada. Está mirando por la ventana, con esa expresión que no sabes si está aburrida o calculando la mejor forma de gastarte una broma. Chispi, en cambio, se inclina hacia delante entre los asientos, como si no pudiera estarse quieta.
—Evan… —empieza, y ya solo por el tono sé que no es una pregunta cualquiera.
—¿Qué?
—Podría ayudarte con eso ahora.
El silencio cae dentro del coche.
No es que no haya pensado en ello todo el viaje. Es que no me gusta hacerlo. Porque cada vez que me acerco a esa idea, hay algo que no encaja. Algo demasiado grande como para ignorarlo, y eso me aterra.
Chispi apoya los brazos en el respaldo de mi asiento.
—¿Y qué propones? —pregunto al final, manteniendo la voz neutra.
Chispi intercambia una mirada con Guinda. No hablan, pero se entienden. Luego vuelve a centrar su atención en mí.
—Puedo devolvértelo todo —declara.
—No sé si es buena idea que nos pillen usando vuestras habilidades en mí mientras estamos esperando que os recojan.
—Tenemos una solución para eso —interviene Guinda—, una que nadie sabe que podemos hacer.
—¿Cuál?
Guinda se incorpora un poco en su asiento, apoyando el brazo en la ventanilla.
—Ella te lo devuelve —dice, señalando a Chispi con la barbilla—. Y yo puedo decidir cuándo pasa.
La miro.
—¿Cómo que cuándo?
—Sí. Como un temporizador.
La palabra no me gusta nada.
—¿Estáis diciendo que podéis programar mis recuerdos?
—No tus recuerdos —corrige Chispi—. Lo que te quitaron.
Exhalo despacio y apoyo la cabeza un segundo en el respaldo, mirando al techo del coche. Ahora mismo estoy tratando de asimilar la posibilidad que se abre ante mí.
—¿Cuándo? —pregunta Chispi, dando por hecho que voy a aceptar esta locura en este momento. Y… tiene razón.
Esta vez no dudo.
Chispi sonríe un poco más, como si supiera que ya he cruzado la línea.
—Mañana.
—¿Hora?
Guinda responde:
—Tres de la tarde.
—¿Por qué esa hora? —inquiero, curioso.
—Porque es cuando estarás solo —suelta con total tranquilidad—. Siempre dices que los domingos a las tres te gusta estar tirado en tu sofá, durmiendo la siesta, y que nadie te molesta porque sino irás a por ellos hasta que el último de su estirpe muera.
Tiene sentido. Demasiado.
Me quedo callado unos segundos, procesándolo. Evaluando riesgos. Buscando la trampa. Pero no la encuentro. Y eso es lo que más me inquieta.
—¿Puede salir mal? —pregunto.
Guinda se encoge de hombros.
—Claro.
Chispi le da un codazo.
—No tanto. Es algo que hemos practicado bastante.
—¿Y qué tengo que hacer?
—Nada —responde Chispi—. Solo estar.
—A las 14:59 —añade Guinda—, un minuto antes, empieza a hacer respiraciones profundas para relajarte.
La miro desconfiado.
—¿Por qué?
—Eso abre la mente.
Tiene lógica, aunque no me guste.
Un coche aparece a lo lejos. El de recogida. Puntuales, como siempre.
—Mañana —repite Chispi en voz baja.
Asiento.
—Mañana.
Apago el motor por primera vez desde que he llegado. El silencio entra en el coche y, por un segundo, todo parece demasiado quieto.
Chispi pone las manos en mi cabeza, Guinda en mis hombros. Desde fuera, nadie nos ve; entonces, noto como una ligera descarga y un segundo después las niñas se ríen y dejan de tocarme.
Las puertas traseras se abren y las chiquillas empiezan a bajar como si nada hubiera pasado, como si no acabaran de dejarme una bomba dentro de la cabeza con cuenta atrás incluida.
Las observo caminar hacia el otro vehículo, pequeñas, normales, invisibles.
Mentira.
Cuando desaparecen dentro del coche de recogida, vuelvo a arrancar la Honda Odyssey y salgo del descampado sin mirar atrás.
Domingo.
Tres de la tarde.
Un punto exacto en el tiempo donde todo lo que no recuerdo va a volver.
Y no tengo ni idea de si, cuando pase…, voy a seguir siendo el mismo.