Capítulo 14
Evan
L os siguientes cuatro días pasan en la más absoluta rutina hasta que tengo que salir en una misión con las crías.
Me dirijo al punto de encuentro donde las van a dejar para que las recoja e iremos a nuestra particular misión.
Esta vez es algo sencillo, un político que empiezo a oír mucho en la televisión.
Me subo a la Honda Odyssey que nos han asignado para este trabajo y ajusto el espejo.
Los cristales están tintados, así que no se puede ver quién va dentro, pero si nos para la policía y comprueban el interior, encontrarán a cuatro niñas en los asientos traseros, atadas con su cinturón y un alzador rosa, vestidas de exploradoras, como yo, además de un montón de cajas de galletas en el maletero.
—Esto es ridículo —se queja Guinda malhumorada al entrar al coche. Odia el rosa y ahora lleva dos coletas con cintas de ese color.
—Estás adorable —me burlo.
—Repite eso y te meteré la cabeza en un baño público hasta que dejes de respirar —trata de amenazarme, pero sé que no es real, solo está enfadada. Es adorable como trata de hablar con una adulta cuando apenas me llega por la cintura.
Fuera de la vista del laboratorio puedo tratarlas como a personas. Incluso les he puesto algo así como un nombre.
Guinda es normalmente divertida, a pesar de que es capaz de ponerte un temporizador biológico para que algún órgano importante falle si ella quiere.
Pluma puede cambiar tus emociones de una forma tan brutal que hasta tú mismo quieras acabar con tu vida.
Garabato es puro caos en todos los ámbitos de su vida, a ella le es posible dibujar algo en una foto y hacer que ocurra.
Y Chispi es alegría pura, siempre sonríe, feliz, ilumina la habitación en la que entra, aunque consigue que la olvides o que la recuerdes a su antojo.
—¿En qué piensas? —pregunta Pluma.
—En nada en particular —respondo mientras conduzco hacia el barrio donde vive nuestra víctima.
Se hace el silencio en el coche y escucho el sonido de una cámara instantánea; antes de que pueda reaccionar, veo a Garabato por el retrovisor dibujando y, de pronto, no puedo parar de hablar.
—Te voy a quitar esa cámara —le aseguro.
Yo se la compré porque es una forma de que, cuando estamos fuera del laboratorio, pueda aprender a controlar su habilidad.
—¿En qué estabas pensando? —insiste Pluma, y sé que Garabato ha dibujado algo en mi foto que me impide mentir o callar.
—En que llevo días con algo en la cabeza sobre alguien a quien supuestamente amé.
Se oye un coro de «oooh» y ruedo los ojos.
—¿De quién estabas enamorado? —pregunta Chispi.
—De tu antecesora. Era mi misión y supuestamente acabé implicado emocionalmente, pero no puedo saberlo porque me borró la memoria para huir. Garabato, rompe la jodida foto o habrá consecuencias.
Al instante lo hace porque sabe que no me gustan estos juegos conmigo. Que usen sus habilidades en mí me cabrea.
Pasamos el resto del viaje en silencio; saben que me he enfadado y prefieren no echar más leña al fuego.
Llegamos a una urbanización de las que tienen seguridad. Enseño en la garita el permiso que previamente se ha pedido para venir a vender galletas y luego entro y aparco donde me indican.
Cada niña lleva un carrito con cajas y yo voy con una guía de casas para ir tachando por las que pasamos, las que nos abren y las que no. Un registro en caso de necesitarlo.
No vamos a llamar a la casa del político, sé que hoy está en una barbacoa dos calles más abajo de la suya. Así que, después de ir por varias casas, nos dirigimos hacia allí.
La barbacoa se celebra en una especie de rotonda peatonal al final de la calle. Las casas son de estilo colonial y todas idénticas, salvo por los jardines delanteros, cuyos colores y flores hacen que se note la competitividad entre vecinos.
—Guinda, ¿preparada?
Ella asiente y va directamente hasta donde está nuestro objetivo hablando con dos parejas de la misma edad.
Se acerca con una dulzura que aún me sorprende.
Las otras tres se distribuyen por otros jardines para vender galletas, y lo hacen tan bien que casi nos quedamos sin ninguna para cuando nos vamos de ahí.
Nos despedimos con educación, no sin antes alabar el lugar para hacer que todos piensen que son unos privilegiados, y después continuamos por otras calles hasta lograr vender todo lo que llevamos encima.
Una vez terminamos, vamos hacia el coche de nuevo y abro el maletero para meter los carritos mientras las niñas se empiezan a subir.
—¿Todo en orden, Guinda? —pregunto, y ella sonríe.
—Sí, ese cabrón estará muerto en diez días y tres horas.
—Esa boca —la reprendo.
—Perdón —se disculpa.
Una cosa es que sean asesinas y otra malhabladas.
Chispi se queda ayudándome, como siempre. Cuando cierro el portón, me mira en silencio.
—¿Qué pasa? —inquiero.
—Puedo ayudarte a recuperar la memoria que te robaron si tú quieres.
Lo dice y se mete en el coche.
Me quedo un momento más parado y después me subo yo también. El resto del trayecto lo hacemos criticando las casas y a la gente que hemos visto, pero en mi mente no para de aparecer la idea de Chispi de recuperar mis recuerdos con Neva.