Capítulo 13
Evan
E scucho el mecanismo del ascensor y no tengo que ordenarles a Ty y a Chase que vayan a recibir a Thomas. Salen mientras Brandon saca un arma y apunta a la enfermera a la vez que yo hago lo mismo con Melissa Hutcher.
Se oyen algunas voces; claramente, el bueno de Thomas no se ha tomado bien el recibimiento y, cuando aparecen en la puerta de la habitación, tiene un golpe en la cara.
—Maldito hijo de puta, deja de apuntar a mi hermana o…
—¿O qué? —lo corto—. ¿Vas a apuñalarme con tu chequera?
Ty, Chase y Brandon se ríen y les doy una mirada para que corten con la burla. Necesito que este tipo colabore.
—Sea lo que sea que quieras es conmigo, así que vayamos a otra parte, tú y yo, lejos de este apartamento.
Me lo pienso como medio segundo y niego con la cabeza.
— Nah . Creo que estarás más abierto a mis peticiones si puedo pegarle un tiro a la moribunda de tu hermana. Sin ofender —le digo, mirando a Melissa.
—Nada que diga un cerdo como tú me puede ofender.
Sonrío. Sé que la mujer tiene los días contados, solo hay que verla, apenas puede sostenerse sentada sola, sin embargo, no deja de luchar contra mí.
—No pienso hablar contigo en esta habitación —puntualiza Thomas, dándose la vuelta, como si no le importara que estemos todos armados—. Si quieres algo, estaré en mi despacho.
Se va y escucho que se dirige al final del pasillo.
—Vaya, don Dólar tiene carácter —comenta Ty, y meneo la cabeza.
—Voy con él. Cualquier cosa rara que oigáis, les pegáis un tiro a las dos.
La enfermera da un gritito y Melissa me saca el dedo.
Salgo y me dirijo al despacho de Thomas. Me espera sentado detrás de su mesa con un arma sobre la misma. Sonrío y dejo la mía justo al lado, luego me acomodo en el asiento frente a él.
—Bien, te escucho —dice como si esto fuera una reunión en la que se va a hablar de alguna fusión de empresas.
—Sé que te has estado escribiendo correos con Row.
Se endereza levemente, pero trata de disimular.
—No sé de qué hablas.
—¿En serio vamos a hacer esto, Thomas?
Se queda callado y no tengo más remedio que sacar mi móvil, buscar los correos, dejarlo sobre la mesa y lanzarlo para que él mismo vea que no voy de farol.
—No pienso decirte nada —asegura, y la forma en la que lo hace me provoca un clic mental.
—La has visto —afirmo, no pregunto. Se queda callado, y esa es su confirmación—. ¿Cómo es posible? Llevo casi dos años buscándolas.
—Quizá porque yo también estaba haciendo lo mismo, salvo que, en mi caso, no era para matarlas.
—Es mi trabajo —contesto como si él fuera idiota.
—¿Es tu trabajo matar al amor de tu vida?
—Oh, vamos, Thomas, no te pongas cursi.
Thomas me da una mala mirada.
—Sé que para ti no fui nada más que trabajo, pero por mi parte sí que hubo una amistad sincera —me escupe enfadado—, y te puedo asegurar algo: aunque nuestra relación era falsa, la tuya con Neva no.
Me hablaste de ella, de lo que te hacía sentir…
No, Evan, puedes engañarte a ti mismo porque no la recuerdas, pero yo sé cómo de enamorado estabas de ella, y espero que, si logras matar a la madre de tu hijo o hija —me recuerda—, no lo lamentes el resto de tu vida, porque un amor como el vuestro no pasa dos veces.
La forma en la que me lo dice es tan intensa que por un momento estoy tentado a pedirle que me cuente más sobre Neva y yo, sin embargo, luego me recuerdo que es un encargo del que solo tengo que saber que ha de morir y listo.
Lo de que la perra se quedara embarazada fue un error.
En realidad, ni siquiera estoy seguro de que sea mío, ya que la muy zorra no me dejó ningún recuerdo, ni siquiera los más íntimos.
—Dime cómo localizar a las chicas —le ordeno, y cojo el arma.
—Mírame a los ojos, Evan, puedes dispararme y, aun así, no te lo diré.
—¿Y si el tiro lo recibe tu hermana? —lo amenazo.
—Tampoco. Ella no me perdonaría que pusiera en peligro a un bebé solo por salvarla. Así que, lo siento, Evan, estás jodido, has encontrado a dos personas decentes, y eso no hay miedo que lo haga caer.
Me levanto y la cargo, pero él no titubea.
Salgo y me dirijo hacia donde está Melissa con la intención de pegarle un tiro, quizá uno que no la mate, aunque sí le va a doler.
Solo que, cuando entro, veo en la mesita algo que no había observado antes: una tarjeta de un hotel ubicado cerca de Minneapolis.
¿Por qué un hombre como Thomas Hutcher se quedaría a dormir en una ciudad que está a solo seis horas por carretera? Tiene un puto jet privado. No tiene sentido.
—No le hagas daño —me pide Thomas, que entra tras de mí.
—Nos vamos —les ordeno a mis chicos, que me miran algo desconcertados, aunque no dicen nada más.
—Adiós, preciosa —se despide Ty de Melissa, y le doy una colleja.
—Un placer —le digo, y ella me tira un vaso vacío a la cabeza, que esquivo, y sonrío.
—Te vas a arrepentir —murmura Thomas al pasar a su lado; cuando salimos del ático, casi espero a que dé algún tipo de alarma, pero no lo hace.
Interesante.