Nunca (Arpías 4) Capítulo 12
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Capítulo 12

Neva

B eso la cabeza de Ever una vez más antes de salir del cuarto y bajar.

Son las dos de la mañana, y cuando me subo al coche, veo que Row está en el asiento del copiloto. No le digo nada, no sé qué hace aquí, pero con ella no hacen falta las palabras.

Nunca ha sido mi intención ocultarle lo que estoy a punto de hacer. Si hubiese sido así, habría borrado el historial de búsqueda de su ordenador. Supongo que de esa forma es como se ha enterado de todo.

Conduzco durante media hora, y cuando nos acercamos al bar del pueblo de al lado —en el que se encuentra el hombre al que quiero ver—, detengo el coche, apago luces y aparco a dos calles.

Bajamos y Row me sigue de cerca. Serpenteamos por un par de calles hasta llegar a la parte trasera del lugar.

—Entro sola —le indico, y ella asiente.

Me meto al sitio, que huele a cerveza rancia y hombres que no se duchan, y localizo a quien he venido a buscar.

Cojo una botella vacía y me sitúo al lado del baño; es una zona oscura, no quiero que me vean, aunque quien lo haga no creo que me reconozca: llevo una peluca rubia, un piercing en el labio, otro en la nariz y los ojos pintados tan negros como mi alma.

Espero en la penumbra hasta que el hombre que me ha hecho venir aquí se levanta de su taburete, tambaleándose, y se dirige hacia donde me encuentro.

—Preciosa, ¿estás sola? —pregunta, oliendo a whisky .

Sonrío, asiento, me doy la vuelta y salgo, apoyándome en las paredes como si me costara caminar recto. El hombre se ríe y me sigue.

Cuando salimos al callejón, Row está apoyada en la pared de enfrente.

—Tú me suenas —balbucea, y entrecierra los ojos, tratando de ubicar a mi hermana.

Row es una cliente asidua del bar de mala muerte del que acabamos de salir, así que es normal que la haya visto pero que en su estado de embriaguez no la ubique.

Antes de que pueda pensar en nada más, le estampo la cabeza contra la pared y dejo que caiga al suelo en un charco de dudosa procedencia.

—¿Qué cojones? —pregunta algo desorientado.

No lo dejo levantarse y le doy una patada en la cara, después otra en el estómago y le piso la mano con mi tacón.

—Walker, esto es una lección para que entiendas que maltratar a otra persona, y, peor aún, también hacerlo con una niña, no es un acto que se quede sin consecuencias.

Me mira y veo que está procesando mis palabras.

—¿Te ha enviado la puta de mi mujer? —pregunta.

—Nunca aprenden —murmura Row, aburrida.

Mi hermana le mete un trapo que hay en el suelo tirado en la boca, y antes de que pueda quitárselo, le piso con mi tacón los huevos.

Emite un sonido desgarrador de dolor que es música para mis oídos. Miro hacia mi pie y veo sangre, espero que se le haya reventado.

—Vete a casa, recoge tus cosas y lárgate —le advierto—, si no lo haces, volveré.

Mer y su madre están pasando el fin de semana viendo a una prima de ella, por lo que sé que no hay nadie ahora en la pequeña casa en la que viven.

—Creo que deberíamos acompañarlo y ayudarlo con la mudanza. Hay que ser buenas vecinas —interviene Row.

—Tienes razón, qué descortés por mi parte ordenarte sin ni siquiera ayudar.

Walker no creo que nos esté ni escuchando, el idiota aún está llorando en el suelo.

—Vamos —le digo mientras lo ayudo a levantarse—, te llevaremos al hospital primero.

El tipo es de mente corta. Por gente como él los Power Ranger gritaban sus colores.

Entre Row y yo lo llevamos hasta su furgoneta, lo tiramos en el asiento trasero y mi hermana se pone tras el volante. Yo vuelvo a mi coche y vamos hasta donde vive el idiota, que se ha desmayado.

Entramos con cuidado de no encender nada para no ser vistas. Recogemos todo lo que puede parecer que es de él y lo metemos en bolsas de basura y alguna mochila que encuentro.

Una vez terminamos, lo meto todo en el maletero de su vehículo y emprendemos el camino hacia la salida del condado.

Cuando llegamos al sitio, nos apartamos de la carretera; son casi las cinco y no tardará en amanecer.

—¿Cómo lo hacemos? —pregunta Row.

—Primero, la despedida —le explico a mi hermana.

Cojo el móvil del bolsillo del tipo, lo desbloqueo con su huella y busco a la madre de Mer.

Escribo un mensaje, en el cual le digo que es una puta vieja que ya no quiere en su vida y que se va del estado porque les debe dinero a unos tipos, por si en la autopsia se revela algún golpe previo al accidente.

Después le doy a enviar y meto su teléfono de nuevo en el bolsillo.

—Ayúdame a ponerlo en el volante.

Lo situamos, encendemos el coche, le damos con el pie al pedal para que avance y cierro la puerta. Antes de que comience a caer, en ese momento, el maravilloso Walker despierta y me mira.

El grito de terror llena el aire justo antes de que choque contra el primer saliente, luego el segundo…

y después del tercero ya no se escucha, y para cuando se estrella contra el suelo creo que Walker ahora es como un puzle, al menos eso me parece cuando me asomo y veo un brazo a unos metros del coche, aplastado por el morro contra un enorme lecho de rocas.

—Pues listo, ¿quieres unos huevos para desayunar? —le pregunto a Row, que me sonríe y asiente.

Me subo al coche y avanzo hasta la carretera. Row se queda fuera, borrando las huellas para que nada pueda situarnos allí, y se sube para volver a casa.

—¿Por qué lo has matado? —pregunta Row de camino mientras el sol comienza a despuntar por el horizonte.

—No creo en la redención.

—Ya, me refiero a que por qué no nos has pedido que lo hiciéramos alguna de nosotras. Dijiste que no querías volver a esta vida cuando nació Ever.

Miro a Row y suspiro. Centro mi vista en la carretera y le respondo.

—Esto es quien soy. Me guste más o menos, esta parte de mí siempre va a existir y saldrá a jugar siempre que me encuentre con personas como él. No quiero que me defina, pero tampoco olvidarme de que existe.

Row asiente, entendiendo mis palabras. Dejo que el silencio llene el coche unos cuantos kilómetros antes de preguntarle.

—¿Qué va a pasar con Thomas?

—No lo sé.

—¿Sigues escribiéndote con él?

—Sí, todas las noches —confirma y asiento, porque la entiendo.

—Sabes que es peligroso, ¿verdad?

—Confío en él.

Ella confía en Thomas y yo me fio de su instinto. Además, me alegra que mi hermana haya recuperado al menos un poco de la felicidad que sacrificó para protegernos a mi hija y a mí.

—Ten cuidado.

—Lo haré —contesta antes de que sea mi turno de ser interrogada—. ¿Qué pasa con Evan?

Solo oír su nombre me hace daño.

—A él lo voy a matar cuando logre olvidarlo.