Nunca (Arpías 4) Capítulo 11
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Capítulo 11

Neva

L os niños no paran de correr a mi alrededor y tiran varios botes de pintura.

Sonrío, me encanta la vitalidad que tienen. También me dan un poco de envidia; yo, con diez años solo podía ver las paredes del laboratorio y a Madre cuando se dignaba a venir a vernos.

—Venga, hay que recoger, que ya casi es la hora de que vengan a buscaros —les aviso, y todos se paran y me miran.

Por un momento pienso que se van a quejar, pero comienzan a dejarlo todo en su sitio, y eso me hace sospechar que algo pasa.

—¿Qué está ocurriendo aquí? Ni un solo día del curso habéis hecho caso cuando os he pedido recoger, ¿y hoy ni siquiera tengo que repetirlo?

Veo a una de mis niñas correr hacia el baño llorando y frunzo el ceño.

—Es porque es el último día —explica Mason a mi lado.

Es un niño que parece tener como cuarenta años a pesar de que acaba de cumplir diez.

—¿Está triste? —le pregunto, y asiente—. ¿Por eso estáis todos recogiendo?

—No queremos que termine. Tu clase de manualidades es lo más divertido que hay en este pueblo —se queja Clark sin mirarme, creo que porque está a punto de llorar.

— Ooow , os adoro a todos, pero esto no es un adiós, es un hasta después del verano. Sigo viviendo aquí y nos vamos a ver.

—Pero no será lo mismo —farfulla Mason.

—Soy demasiado encantadora —les digo para hacerlos sonreír, y lo consigo con algunos—. ¿Qué os parece si durante el verano quedamos alguna vez a dibujar o hacer alguna actividad?

—¿De verdad? —pregunta Ash con los ojos esperanzados, como si yo fuera Papá Noel.

—Lo único que Ever vendrá conmigo —les aviso.

—¡Claro! La queremos mucho, nos encantará estar con ella y cuidarla —declara el viejoven de Mason, y sonrío.

La clase ha cambiado el ánimo. Ahora recogen hablando entre ellos sobre cuándo quedaremos para hacer alguna cosa.

La verdad es que estos niños me dan la vida, el mundo es más bonito porque están ellos en él.

Voy al baño a buscar a Mer, que aún no ha vuelto. La encuentro sentada en el suelo, con las rodillas recogidas y la cabeza apoyada en sus bracitos.

Me siento a su lado y le doy un ligero empujón con mi hombro para que vea que estoy aquí. Cuando levanta la vista, me doy cuenta de que ha estado llorando mucho.

—Oye, que esto no es el fin, solo es un hasta luego —trato de decirle.

Ella se sube a mi regazo y la abrazo. Se acurruca y la dejo ahí para que termine de calmarse.

Mer es una niña maravillosa, al principio un poco tímida, pero ahora es toda una artista. Se le da bien cualquier cosa que se propone.

—No quiero estar en casa —me confiesa, y algo dentro de mí se remueve.

—Seguro que te diviertes con papá y mamá.

Ella niega con la cabeza enérgicamente.

—No es mi papá, y mamá tampoco lo quiere, pero no se va.

Respiro hondo y trato de que no se me acelere demasiado el corazón.

—¿A qué te refieres? —le pregunto mientras ella se seca las lágrimas con su camiseta; veo algún hematoma debajo de la prenda que no me gusta nada.

—Walker era bueno al principio, pero después ya no. Ahora solo le grita a mamá, bebe mucho y me da miedo.

La agarro del brazo para que se incorpore y me mire.

—¿Os ha hecho daño a ti o a tu mamá?

Me mira asustada y niega con la cabeza.

—No, no, él es bueno y nos trata bien.

Sus palabras son como la repetición de un discurso que le han hecho aprenderse.

—Mer, soy yo, no tienes que mentir. Quiero ayudaros a ti y a tu mamá.

Duda un momento, pero me he ganado su confianza día tras día y eso hace que hable conmigo.

—Me dijo que, si se lo contaba a alguien, le haría daño a mamá y nunca la volvería a ver —solloza.

Hijo de la gran puta. Así es como actúan los cabrones maltratadores, asustan a los peques con que harán daño a su madre y consiguen que no desvelen nada.

—¿Te cuento un secreto de madres? —le pregunto más bajito, como si esto solo fuera algo entre nosotras.

—Sí —me contesta curiosa.

—Somos invencibles. Puede parecer que no, pero, en realidad, nadie puede hacernos daño.

—¿De verdad?

—Por supuesto, a veces dejamos que nos lo hagan porque tenemos que fingir que somos como el resto del mundo, pero ¿has visto a tu madre alguna vez enferma en la cama? —Ella niega con la cabeza—. ¿Y la has visto quejarse de que le duele algo, aunque acabe de darse un golpe fuerte delante de ti?

Abre mucho los ojos, como si acabara de descubrir el secreto del universo, y yo tengo que contener mi sonrisa para que me crea.

—Entonces, ¿sois invencibles?

—Sí, a las mamás no pueden hacernos daño porque tenemos la misión más importante del mundo, y es cuidar de nuestros hijos. Así que ahora me tienes que guardar el secreto y te prometo que Walker no volverá a haceros daño.

Mer me abraza y volvemos de la mano al aula.

La clase está recogida y todos los niños corren a abrazarme. Cuando los van recogiendo sus padres o abuelos, se despiden de mí con otro gran abrazo y yo cierro la clase con un poco de tristeza, pero con ganas de pasar el verano con Ever.

Me dirijo hacia el coche y, por un momento, un pequeño déjà vu me hace pensar en llamar a Evan para que me ayude a organizar todo el material de manualidades, sin embargo, recuerdo que ni él está en mi vida ni que nunca me ha querido.

Me mintió el muy gilipollas y yo me enamoré de alguien que no existe.

Aunque no lo cambiaría por nada del mundo, ya que, gracias a eso, tengo a Ever conmigo.

Cuando llego a la granja, veo a Preston con los fardos de heno y sin camiseta; joder, qué suerte tiene Nao.

Lo saludo y aparco detrás. Me meto en casa, sabiendo que Day y Jesse volverán con Ever en breve.

No escucho a Row, así que no sé si está o si ha vuelto a desaparecer; el hecho de que Thomas haya vuelto a su vida le está jodiendo la cabeza más de lo que ya la tenía.

Me meto al despacho y abro el ordenador. Comienzo a buscar a través de la ficha de Mer y saco los datos de su madre.

No me es difícil dar con Walker y averiguar cosas de él, como que no trabaja, pero tiene una cuenta con dinero. O que ha estado casado antes y sus mujeres iban mucho al hospital.

Logro encontrar algo de información de la madre también. Hemos hablado algunas veces, siempre de la niña, no obstante, se nota que es una buena mujer que ama a su hija, pero que tiene una enorme carga. Ahora ya sé cuál es.

Paso casi una hora averiguando mierda y ya estoy segura de que ese tío es un puto maltratador.

—¡Mamá! —escucho a Ever gritar, y salgo a su encuentro.

Cuando me ve, abro los brazos y viene corriendo hasta mí.

La abrazo muy fuerte y sonrío. Es mi medicina para el alma.

—¿Qué tal con la tía Day y el tío Jesse? —le pregunto mientras veo a mi hermana y mi cuñado dejarse caer en el sofá.

—Esta niña no tiene fin, de verdad, me tiene agotada —se queja Day con cariño.

—La tía DayDay se ha enfadado con el tío Jesse porque me ha dado lelado y he vomitado —confiesa Ever, y miro mal a Jesse.

—¿Ya me has vendido, Miniarcoíris? —se queja él, y la niña se ríe mientras le contesta:

—No hay sequetos con mamá.

Le beso la frente mientras asiento. Esto es algo que he trabajado desde bebé, antes de que ella pudiera hablar. Nunca se me miente u oculta algo.

No puedo evitar pensar en Mer en este instante.

—Por cierto, Neva, ya tengo los resultados de los análisis —me dice Day, y Jesse se levanta y coge a Ever de mis brazos.

—¿Vamos a gastarle una broma al tío Preston, Miniarcoíris? —le pregunta a mi hija, que asiente entusiasmada, y salen de aquí ambos susurrando.

—¿Qué está mal? —inquiero en cuanto nos encontramos solas.

—Nada, tranquila.

—Por nada no se hubiera llevado Jesse a Ever.

—Realmente está todo bien, es solo que hay algo extraño, pero no tiene que ser malo.

—Suéltalo ya, por favor —le ruego.

—Ever tiene la misma enfermedad que la hermana de Thomas —dice, y me da un vuelco el estómago—.

Pero en ella funciona distinto. A Melissa el gen le está comiendo el cuerpo por dentro.

A Ever no. Le falta el componente destructivo, el que enferma y mata.

Eso te lo puedo asegurar: no va a apagarse como Melissa. No va a enfermar.

—Entonces, está bien —insisto, porque necesito oírlo claro.

—Está sana. —Day duda un segundo, y ese segundo me pone en alerta—.

Lo que no sabría decirte es qué más trae dentro.

Melissa nació con esto por un accidente de la naturaleza.

Nosotras lo llevamos porque nos lo metieron en un laboratorio.

Ever es la primera que nace de una de nosotras.

No hay nada con qué compararla, Neva. Es terreno nuevo.

Su respuesta me alivia, pero mi corazón sigue latiendo a mil por hora. Me siento a su lado y ella me coge de la mano, haciendo que me relaje.

—Lo extraño es que el componente que hace que la enfermedad se manifieste está ligado al cromosoma femenino, sin embargo, Ever no lo tiene, es solo portadora, como Thomas.

Trato de procesar sus palabras. Eso explica por qué Day nunca ha sido capaz de sentir sus emociones.

—Entonces, ¿sería inmune a los besos de Row?

—En teoría.

—Joder —murmuro.

—Sí, joder.