Capítulo 16
Evan
E l reloj digital del salón cambia de número con un clic casi imperceptible, pero a mí me suena como un disparo.
Estoy sentado en el sofá, inclinado hacia adelante, con los codos apoyados en las rodillas y las manos entrelazadas, como si así pudiera sujetarme a algo cuando esto empiece.
—No va a cambiar nada —me digo en voz baja, casi como un mantra—. No puede cambiar nada.
Paso la lengua por mis dientes, notando la tensión en la mandíbula.
—Es una desconocida —insisto—. Un problema. Un bicho raro que me borró la memoria sin pedir permiso. No puedo estar enamorado de alguien así.
No puedo.
No tiene sentido. No encaja con lo que soy, con lo que hago ni con las decisiones que tomo.
Levanto la vista hacia el reloj: 14:59:30.
El tiempo parece pasar más lento, el aire pesa y siento el latido en las sienes, en el cuello, en las manos.
—No va a cambiar nada —repito, aunque esta vez suena menos firme.
14:59:50.
Trago saliva.
Hay algo en mi pecho que empieza a tensarse, como si supiera lo que viene antes que yo.
—Es solo información —añado—. Recuerdos. Eso no cambia quién eres.
Eso no cambia quién soy.
Quiero creerlo.
15:00h.
Durante una fracción de segundo no pasa nada. Y justo cuando estoy a punto de soltar el aire y pensar que todo esto ha sido una estupidez…, llega el dolor.
No es progresivo ni avisa. Simplemente explota.
Me llevo las manos a la cabeza y me inclino hacia adelante, soltando un gruñido que no logro contener. Es como si alguien hubiera abierto mi cráneo desde dentro, como si algo estuviera empujando para salir.
—Joder…
Y, entonces, empiezan.
No llegan ordenadas ni de forma suave, más bien me arrasan.
La primera imagen me golpea con una claridad brutal.
Es ella. Neva. Está frente a mí, la primera vez que la veo.
Recuerdo el momento exacto en el que levanta la vista y nuestros ojos se cruzan. No debería importarme. Es una misión. Otra más.
Pero, entonces, sonríe. Y algo dentro de mí se descoloca. La sensación es tan nítida que me falta el aire.
Otro recuerdo entra antes de que pueda asimilarlo: sus dedos rozando los míos.
No es intencionado al principio. Un gesto torpe, un segundo de más. Pero luego se entrelazan. Y recuerdo perfectamente cómo se siente. El calor. La presión suave. La forma en la que mi pulso se acelera sin motivo aparente.
Me llevo una mano al pecho, jadeando.
—Para…
No para.
El siguiente recuerdo llega como un rayo: nuestro primer beso.
No es planeado. Ni estratégico. Es… inevitable. Estamos discutiendo, creo, o quizá bromeando, pero de repente estamos demasiado cerca y sus labios están ahí. Recuerdo el instante exacto en el que decido no apartarme. El momento en el que cruzo una línea de la que ya no vuelvo.
Su sabor, su respiración mezclándose con la mía, el golpe de adrenalina… Y algo más. Algo que no quiero nombrar.
Otro recuerdo me asalta: la primera noche que pasamos juntos.
Oscuridad. Piel. Sus manos en mi espalda, tirando de mí como si tuviera miedo de que desaparezca. Mi nombre en su boca, dicho de una forma que nadie más ha hecho nunca.
La sensación de encajar a la perfección. El sentimiento de que, por primera vez, no estoy actuando. Estoy siendo solo yo.
Aprieto los ojos con fuerza, pero no sirve de nada.
Sigue con su risa.
Esa risa que aparece de repente, que llena el espacio y me arrastra con ella. La veo reírse de algo estúpido que he dicho, doblándose ligeramente, llevándose la mano al estómago.
Y yo mirándola. No como a un objetivo o un problema, sino como si fuera… mía.
El pensamiento me sacude violentamente.
Otro recuerdo entra, más suave pero igual de devastador.
Estamos patinando.
No sé en qué momento acepté hacerlo, pero ahí estamos. Ella va delante, tirando de mí, riéndose porque casi me caigo. Hay música sonando en algún sitio, lejana pero clara.
Over the Rainbow .
La reconozco al instante.
Ella gira sobre sí misma, con los brazos abiertos, y me mira como si el mundo fuera perfecto en ese segundo.
Y yo pienso… que quizá lo es.
Se me escapa el aire en un jadeo entrecortado.
—No… —musito desconcertado.
Pero sí.
Porque el siguiente recuerdo no deja lugar a dudas: el momento en el que lo supe.
No es un gesto grande. No hay fuegos artificiales. Es algo pequeño. Cotidiano. Ella está hablando, moviendo las manos mientras explica algo que no tiene importancia.
Y yo no estoy escuchando las palabras, estoy mirándola. Analizando la forma en la que se muerde el labio al pensar. Cómo se le ilumina la cara cuando se emociona. Cómo existe.
Y lo entiendo casi sin querer. Sin buscarlo. Sin poder evitarlo.
Estoy jodidamente enamorado de ella.
El golpe es tan fuerte que casi me tumba de espaldas.
Todo se mezcla. Imágenes, sensaciones, emociones que no había sentido en días…, o semanas…, o lo que sea que haya pasado desde que me lo quitaron.
Y, entonces, llega lo peor: la conciencia. El encaje de todas las piezas.
Mis jefes. Las órdenes. La misión…
Neva siendo un objetivo. Y lo otro. Lo que hice antes de que me la borraran.
Mi mano en la espalda del poli. El empujón. La vía del tren… Day en GenoLabs, cayendo por las escaleras por mi culpa.
No fueron órdenes que cumplí a ciegas. Fui yo. Sabía lo que hacía y lo hice igual.
El aire desaparece de mis pulmones.
Me quedo completamente quieto, como si el mundo hubiera dejado de girar.
Durante un segundo no respiro.
Y, de pronto, aspiro una bocanada brutal de aire, como si hubiera estado ahogándome todo este tiempo sin darme cuenta.
El pecho se me expande de golpe y el corazón empieza a latir tan rápido que duele.
Levanto la cabeza y miro el reloj.
Las 15:01.
Un minuto. Solo ha pasado un jodido minuto. Pero ya no soy el mismo. Porque ahora lo recuerdo todo. Y entiendo que estoy trabajando para las personas que quieren matar al amor de mi vida.
Y eso…
Eso lo cambia absolutamente todo.