Capítulo 9
Evan
C ojo el patinete y me planto en mi apartamento esquivando el tráfico como solo se puede esquivar subido a esta cosa. La puerta se desbloquea sola en cuanto el sensor del manillar entra en rango: sin llaves, sin rastro, como a mí me gusta.
Me meto en el despacho, donde tengo el ordenador desde el cual puedo trabajar sin preocuparme de que me rastreen de alguna manera.
Reviso los correos que se han estado intercambiando y no encuentro ningún dato que pueda llevarme hasta esas perras.
Me pego varias horas mirando cada palabra, cada detalle, por si hay algún tipo de código secreto entre ellos, pero no hay jodidamente nada, aparte de bromas, mención a sentimientos y mucha tensión sexual.
Mierda, cuando he hablado con el presidente pensaba que sería fácil.
Salgo de casa frustrado y me largo al club. Los chicos me esperan para hablar de algunas cosas y ahora mismo es lo que necesito, despejarme.
—Bienvenido, jefe —me saluda Tyler mientras una de nuestras bailarinas le chupa la polla.
—¿Qué te he dicho de usar la mercancía antes de que hagan su trabajo? —le gruño, y él solo se encoge de hombros en respuesta.
—Brandon le ha dicho lo mismo —interviene Chase, y veo que entra en la sala vip el que acaban de nombrar.
—Tendrían que cortarte las pelotas —interviene Brandon, y se deja caer a su lado.
—A veces creo que soy un puto profesor de colegio —murmuro.
—Bien que te gustaba follarte a una —se burla Chase, y le doy una colleja.
Neva es un tema del que no me gusta hablar. No porque haya sentido algo por ese engendro de la naturaleza, sino porque no recuerdo una mierda de nuestro tiempo juntos, y eso me jode la cabeza.
Le ordeno a Candy que se largue y a Tyler que se guarde su fea polla y pague si quiere un final feliz. Las chicas aquí están por decisión propia, y no dudo de que Candy o cualquiera de ellas querría ser nuestra mujer de forma oficial, solo que chupándonos la polla por turnos no van a conseguirlo.
El día que yo elija mujer, será una a la que respete por su cerebro y no por lo bien que sepa hacer una mamada.
La imagen de Neva pasa por mi cabeza un instante. La foto que tengo de su archivo. Y no puedo evitar pensar en las otras imágenes que aún conservo de nuestro tiempo juntos.
Me borró la memoria antes de desaparecer, y si las hubiese atrapado mientras las perseguí, hubiera podido preguntarle el motivo. Aunque está claro: fui la diversión del momento y supongo que follábamos bien juntos.
Lo que ella no sabe es que cada día hacía una copia de mis fotos en un servidor externo y que cuando me borró la memoria, a pesar de que también borrara mi móvil, no hizo que eliminara esas imágenes.
Han pasado casi dos años y aún las tengo porque todavía las estoy persiguiendo; cuando las encuentre y las mate, podré por fin deshacerme de todos esos recuerdos que, curiosamente, no recuerdo.
—¿Qué tal con el presidente McCain? —pregunta Brandon una vez terminamos de hablar sobre nuestros negocios; le doy un trago al vodka antes de contestar.
—Ese hijo de puta es un hombre peligroso al que hay que tener vigilado. Si no le somos útiles, nos hará desaparecer.
No es que le tenga miedo, solo respeto, del tipo del que se le tiene a alguien con tanto poder que podría cambiar la historia de Estados Unidos.
—¿Y no sería mejor salirse de esa mierda? —interviene Ty.
—Ahora ya no puedo. Estoy metido hasta el cuello y sé demasiado.
Ellos no tienen idea de las niñas ni mucho menos que soy su líder. Si ahora abandono esto apareceré muerto en un callejón y seguramente será una de ellas quien lo tenga que hacer.
—¿Y si nos los cargamos a todos? —insiste Chase, como si esa fuera la solución más obvia.
Que no es que no la hayamos usado antes, si hay una plaga la erradicas, pero en este caso no es posible.
—Esta gente no es un grupo, es una red, como una tela de araña que no tengo ni puta idea de dónde empieza ni dónde acaba, y quien los lidera es el puto presidente de la nación —le aclaro.
—Bueno, esto no podemos arreglarlo de momento, pero ¿qué te parece salir a dar un poco de amor? —pregunta Ty, y yo sonrío.
Salimos del club y vamos a los almacenes que hay a las afueras de la ciudad; allí nos espera Dean, un tipo de nuestra edad, quizá más cercano a los cuarenta que a los treinta, que pensó que podría vendernos alcohol aguado y que no nos daríamos cuenta.
Entro en el lugar en el que mis hombres lo tienen amordazado y lo primero que hago es pegarle un tiro en la rodilla. Grita de dolor y yo sonrío.
—Bueno, ahora vas a entender por qué está mal engañarme, y ¿sabes qué? Te hago un spoiler : no vas a salir de aquí vivo para poder contárselo a nadie.
El resto de la noche la paso disfrutando de torturar a este imbécil, grabarlo y enviarlo a todos mis proveedores como si fuera una felicitación navideña.
Para cuando vuelvo a mi casa, ya es casi de día de nuevo y me muero de hambre.
Abro la nevera y me hago un bocadillo de albóndigas mientras me quito la ropa y reviso la agenda del bueno de Thomas para comprobar a qué hora vuelve a casa.
Está marcada en la agenda una entrada que me da esa información: las 19 h de hoy.
Bien, tengo unas horas antes de ir a por ese tío, y juro que hasta que no tenga la información que necesito no voy a salir de allí.
Lo que me recuerda que me hace falta poner una lavadora o comprarme más ropa de torturar, ¿existirá una app para contratar a alguien que te haga la colada sin preguntar por qué hay restos humanos en ella?