Capítulo 8
Evan
E ntro al complejo y me identifico con la tarjeta que llevo siempre en la cartera. Este lugar está demasiado protegido para ser solo un laboratorio, al menos es lo que yo pensaría si no supiera toda la mierda que pasa aquí dentro.
Cojo el ascensor y desciendo hasta la planta donde están mis monstruitos. Llevo casi dos años entrenando con ellas y «adiestrándolas», como dice la doctora Walsh.
Esa mujer sí que es un jodido monstruo, no muestra ningún tipo de interés por esas crías, más allá de verlas como un experimento.
Paso a la sala y veo que ya están las cuatro dentro. Me quito la americana y ajusto mis guantes. Todas se ponen en formación en cuanto me ven. La cámara que siempre nos vigila rota levemente y me hace saber que ahora mismo hay alguien mirando, así que me comporto como debo.
—Tres y Dos, a la colchoneta —ordeno, haciendo que mis botas militares suenen al andar—. Uno y Cuatro, a las mesas.
Las niñas me hacen caso sin poner ningún tipo de resistencia. Saben que hacerlo significa ser castigadas, y no me refiero a sentarlas en la silla de pensar.
Observo cómo Tres y Dos pelean entre ellas, siempre atacando con fuerza, pero no con toda la que tienen.
Al principio no me di cuenta, pensaba que eran así, sin embargo, poco a poco descubrí que entre ellas tratan de hacerse el menor daño posible. También sé que se llaman hermanas cuando creen que nadie las oye. Alguna vez se les escapa delante de mí, pero hago como que no las oigo.
—Levanta más ese puño, Tres, y Dos, por favor, que no tenga que repetirte que cubras tu maldita cara —les gruño.
Ellas me miran y dan un asentimiento antes de proseguir.
Me dirijo hacia donde se encuentran sentadas Uno y Cuatro. Ellas están ahora entrenando las habilidades psicomotrices, y veo que Cuatro vuelve a pinchar a Uno para desconcentrarla.
—Cuatro, a lo tuyo si no quieres cabrearme —le suelto, y ella me mira con cara de querer morderme una oreja; no sería la primera vez.
Casi sonrío ante el recuerdo.
Cuatro es la evolución de Neva, la mujer a la que tuve que enamorar para acercarme a ese grupo de Arpías. He visto fotos de Neva con la edad de Cuatro y es fascinante lo idénticas que son, incluso en la intensidad de su mirada.
No puedo evitar pensar en Neva, esa mujer es peligrosa, un jodido monstruo con cara de ángel.
No sé qué cojones le hizo a mi cabeza que ha logrado que olvide los recuerdos que tengo de ella.
Siento como si me hubiera violado el cerebro de alguna manera.
Y eso me hace odiarla. No me gusta perder el control.
—Cambio —ordeno, y las chicas saben lo que tienen que hacer.
En el momento en que Cuatro entra a la colchoneta, se abalanza sobre Uno, que cae de espaldas. Comienzan a forcejear.
Uno es la evolución de Day, siente todo a niveles que la hacen tener pesadillas. También es capaz de hacerte cambiar tus sentimientos de una forma que da miedo, por eso Cuatro no deja que la toque durante demasiado tiempo.
Veo que Uno no puede liberarse y llamo la atención de Cuatro.
—Suelta —le ordeno, pero no hace caso.
Espero unos segundos más y finalmente voy hasta ella y la inmovilizo hasta lanzarla contra un lado de la colchoneta; no calculo bien la fuerza que uso y cae sobre un banco de entrenamiento.
—Lo siento —murmura Uno—, no quería que sintiera tanta rabia, solo que me atacara como lo hacen Tres y Dos.
Asiento levemente porque no puedo decirle nada más. Nos vigilan, el menor indicio de que me importan una mierda cualquiera de ellas podría hacer que me largaran del puesto. Ya ha ocurrido antes. No les dejan quedarse si les cogen cariño. Lo dicho, la doctora Walsh es un jodido monstruo.
Me acerco a Cuatro y la miro con los brazos cruzados, tratando de aguantar las ganas de ayudarla.
—¿Todo bien? —pregunto mientras veo que ella respira hondo—. ¿Chispi? —susurro para que solo ella me oiga.
Se levanta y da un asentimiento fuerte.
—Sí, señor.
—Entonces, continuad. Y Uno, no trates de excusar a Cuatro, ella no ha sabido manejar tu habilidad; es su puta culpa.
Ambas me miran y saben que no quiero hablarles así, pero no puede ser de otra manera.
Retoman el entrenamiento y no tengo que volver a intervenir.
Dos horas después, llegan para recogerlas. Las llevan a sus reconocimientos. Según me contaron una vez, las hacen pasar por un montón de pruebas raras que no tengo muy claro para qué son, solo que es la mismísima doctora Walsh quien las supervisa.
Recojo mi americana y salgo del complejo. Me subo al coche y respiro hondo antes de largarme de ahí. Cada vez que lo hago, siento que soy una persona horrible por dejarlas en ese lugar, y teniendo en cuenta que soy un asesino profesional, esto es algo que jode mi mente.
La canción de Over the Rainbow de Kamakawiwo resuena en mi bolsillo antes de que el bluetooth se conecte.
—Dime, Jason —contesto mientras sigo cantando en mi mente esa melodía, es una de mis favoritas.
—Ha habido movimiento en las cuentas de e-mails de Thomas, creemos que está enviando algo cifrado, aunque no hemos descubierto cómo lo ha logrado hacer sin que lo detectáramos.
—Putos inútiles —mascullo, y cuelgo.
Paro a un lado del arcén y saco el portátil que siempre tengo en mi coche. Lo conecto al wifi de mi móvil y me pongo a teclear.
Entro en los servidores del bueno de Thomas. El cabrón tiene mucho dinero, pero ni puta idea de informática. Reviso todo y no encuentro nada sospechoso, salvo una secuencia que no me cuadra.
Me meto para ver si es ahí donde tengo que ir y sonrío.
—Bingo —mascullo cuando encuentro una serie de comandos que no deberían estar ahí.
Sigo revisando y encuentro una papelera que se ha creado hace relativamente poco. Curioso, dudo de que Thomas sepa siquiera cómo ponerla en el escritorio de su ordenador si se la borrara.
Tienen un código de seguimiento, así que entrar directamente no es una opción si no quiero que, quien haya hecho esto, sepa que lo he descubierto.
Tecleo una serie de comandos y órdenes que me dan acceso a una especie de puerta trasera, en la cual solo puedo ver las primeras palabras de cada mensaje que hay. Los leo todos, buscando alguna pista, y me encuentro no con una pista, no, sino con el jodido mapa de cómo encontrar a las chicas.
Cojo mi móvil y llamo al presidente, no le agrada que lo moleste, sin embargo, sé que esto le va a gustar.
—¿Qué ocurre? —contesta cuando insisto en mi tercera llamada.
—Tengo una forma de encontrarlas —le digo sin más, él ya sabe de lo que hablo.
—¿Tienes claras tus instrucciones?
—Como las de un chupete, ¿tengo vía libre?
—Totalmente.
Cuelga y sonrío.
«Arpías, empieza la cuenta atrás de vuestra muerte».