Capítulo 6
Neva
Chicago, hace un par de años.
N o tengo muy claro qué hacemos en el sur de la ciudad. Este barrio no es de los mejores y, sin embargo, Evan parece estar más a gusto que de costumbre, como si fuera esta su casa y no el barrio que a veces sale en las noticias.
Cuando nos metemos por un callejón, decido que no puedo seguir con la duda.
—¿Cuál es la sorpresa? —le pregunto, tratando de averiguar algo, pero él lo único que hace es sonreír, tirar de mi mano y lograr que pegue mi cuerpo al suyo.
—Chispa —murmura contra mis labios, apretando la mano que ahora tiene en mi cintura—, eres demasiado curiosa.
Muerde mi labio inferior y me pierdo por completo. Comienza a devorar mi boca y no puedo evitar gemir cuando noto su polla endurecerse. Da unos pasos y me lleva con él, me da igual dónde; este es el efecto que tiene Evan sobre mí.
Apoya su espalda contra una pared y se desliza un poco; él es mucho más alto que yo y sé exactamente lo que quiere. Subo sobre su cuerpo, rodeando su cintura con mis piernas, y es momento de oírlo gruñir. Presiona mi culo con sus dos manos para frotar su polla y yo le clavo las uñas en la nuca.
Lo de llevar falda hoy ha sido una de las mejores ideas que he tenido en mi vida.
—Joder, Chispa, me vuelves loco —confiesa entre besos mientras sigo restregándome contra él a plena luz del día.
—Quiero que me folles —le digo, lamiendo su lengua, y él no lo duda.
Mete su mano entre nuestros cuerpos, desabrocha el botón de sus vaqueros y se baja la cremallera. Aparta mi braga y, antes de que pueda pensarlo, se empala dentro de mí.
Ahogo un grito de placer en su boca y él no duda en follarme sin ningún tipo de delicadeza. Su ritmo es cada vez mayor, sus estocadas más profundas y su polla más grande.
Lo noto crecer dentro de mí, y cuando sé que está a punto, como yo, contraigo mis paredes, haciendo que ahora sea él quien no puede evitar gritar de placer. Da tres embestidas más como un animal y siento cómo se derrama dentro de mí a la vez que llego a un orgasmo que oculto mordiendo su hombro.
Sigue meciéndome contra él, como si mi peso o el hecho de estar apoyado contra la pared no fuera diferente a estar tumbados en una cama. Aún me sorprende la fuerza que tiene.
—Chispa, me vas a matar —se burla, pero cuando trato de bajarme, él niega con la cabeza y me mantiene ahí mientras nos miramos fijamente, como si algo hubiera cambiado entre nosotros.
Saco de mi bolso unos pañuelos, y de la forma menos sensual que puedas imaginar me limpio. Al menos Evan tiene la decencia de no mirar, aunque se burla de mí y estoy a punto de restregarle uno de los pañuelos por la cara, pero en el último momento decido que es una marranada hasta para mí.
—¿Para eso hemos venido aquí? —insisto—. ¿Un polvo en la calle?
Evan me mira, sonríe y menea la cabeza, pero no me contesta.
Lo sigo hasta una puerta metálica, da dos golpes y alguien abre desde dentro.
Frunzo el ceño y me pongo en alerta.
Pasamos al interior, está algo oscuro, el que nos ha abierto saluda a Evan y creo que me suena de haberlo visto alguna vez, pero no lo tengo claro.
Caminamos por un almacén lleno de comida basura y pasamos por un vestuario que huele un poco particular. Evan sigue yendo delante de mí, sin embargo, no me suelta la mano.
Me siento segura cuando me sostiene de esta manera, y eso es algo que me gusta y me perturba a partes iguales.
—Ahora necesito que cierres los ojos —me pide, y se detiene ante otra gran puerta metálica.
—Si me drogas y vendes mis órganos en el mercado negro voy a estar muy cabreada —me burlo, y él besa la punta de mi nariz.
—Chispa, nadie puede tener ni un pedazo de ti, eres toda mía —me dice antes de empezar a abrir la puerta y de que yo cierre los ojos.
Me dejo guiar, aunque me tropiezo una vez y, acto seguido, siento que me coge en brazos, estilo nupcial. Apoyo mi cara en su hombro, metiendo mi nariz en el hueco de su cuello.
Me encanta cómo huele, es una mezcla de colonia para hombre y jabón de ducha.
—Voy a bajarte y te dejaré sentada —me explica.
Asiento y hace lo que acaba de decir; no entiendo nada. Siento luces que parpadean, pero el sitio parece estar a oscuras porque no noto ninguna iluminación.
—Ya puedes abrir los ojos.
Lo hago y me lo encuentro con una rodilla hincada en el suelo, como si me fuera a pedir matrimonio, solo que lo que hace es mejor: me ofrece la bota de unos patines.
Entonces me doy cuenta de que estamos en una pista de patinaje de interior.
—¡¡Aaah!! —grito de emoción—. Siempre he querido venir a un sitio de estos.
—Lo sé —contesta como si fuera obvio.
Dejo que me quite las deportivas y me ponga las botas. Luego abre la puerta de la pista y hace una señal para que la música comience a sonar.
—¡Sííí! —chillo emocionada cuando los primeros acordes de Wannabe de las Spice Girls suenan.
Evan se ríe y me mira de una forma que me hace estremecer.
Doy algunas vueltas por la pista y bailo como puedo; no es que sea patinadora profesional, pero creo que el mundo sobre ruedas es un poquito menos feo.
Eso sí, es mejor no llevarse unos patines a un encargo, una vez lo hice y resulta que, si pisas los sesos de alguien, luego las ruedas dibujan por todo el asfalto un camino que es difícil de borrar. Ese día, Jesse se cabreó una barbaridad.
Evan me mira divertido mientras giro, y corro, me caigo y me levanto. En un momento dado lo veo desaparecer y me imagino que ha ido al baño.
Sigo disfrutando hasta que ponen una canción que adoro, Over the Rainbow de Kamakawiwo. En cuanto comienzan a sonar los acordes de ukelele, sonrío.
Me giro y veo a Evan tratando de entrar a la pista. Se ha puesto unos patines y tiene pinta de que se va a matar con ellos.
Llego junto a él a tiempo de evitar que se caiga de culo.
—¿Qué haces? —le pregunto, sabiendo que odia perder el control y que no tiene ni idea de patinar.
—No podía dejarte sola en la pista de baile. Eres mi lugar más allá del arcoíris al que siempre querré llegar.
Dicho esto, baja su boca sobre la mía, y con la melodía de fondo de una de mis canciones favoritas, me doy cuenta de que estoy enamorada de él de verdad, de una forma única e irrepetible.
Y que espero que nunca tenga que enterarse de la clase de monstruo que soy porque no sé si sabré vivir sin el hombre que me ha hecho sentir que soy solo una mujer y no un arma.