Capítulo 3
Row
S e supone que no debería estar aquí, en un bar de carretera de mala muerte, donde la barra de madera está pegajosa por Dios sabrá qué sustancia y el aire huele a cerveza rancia. Mis hermanas no lo aprobarían.
Ellas se han acostumbrado a la vida en la granja, rodeadas de gallinas y estiércol, yo no. De vez en cuando necesito salir aquí fuera en busca de un poco de acción.
Una chica me mira desde el otro lado de la barra. Arqueo una ceja y ella sonríe de esa forma que invita a mucho más que iniciar una conversación cordial. Es guapa; rubia, de piel clara y unos ojos bonitos.
Alzo mi vaso de vodka a medio beber y la saludo, pero enseguida aparto la mirada.
Espero que con eso sea suficiente para quitarle las ganas de acercarse.
Mañana solo va a morir una persona por mi culpa, y ese es el hombre que está sentado en una de las asquerosas mesas, cerca de la entrada del local.
Jake Morris, alias, el asesino de niños de Wisconsin.
El hijo de puta fue absuelto de varios cargos por abuso infantil, torturas y asesinatos.
Los policías que entraron en su casa describieron los horrores que esos pobres chicos vivieron allí y, ahora, aquí está…
En la calle, sin cargos ni antecedentes, y todo porque su tío tiene un puesto alto en la mismísima Casa Blanca.
El puto presidente McCain de nuevo. Es como un jodido cáncer. Consiguió ganar las elecciones con fondos de dudosa procedencia y, desde entonces, se ha hecho aún más poderoso.
Sacudo la cabeza para borrar de mi mente a ese cabrón y poder centrarme en lo que me ha traído aquí esta noche. Jake Morris no se esconde. Se cree intocable.
Vuelvo a mirar hacia él y esta vez logro atraer su atención. Sería muy sencillo acercarme, besarlo e irme a casa con la certeza absoluta de que en veinticuatro horas habrá un cerdo menos suelto por el mundo, pero… ¿dónde estaría entonces la diversión?
Durante unos minutos solo nos miramos, mantenemos la distancia. Termino mi copa, pago al camarero y decido marcharme, pero justo antes de llegar a la puerta, echo un vistazo en su dirección y sonrío. El muy imbécil no me quita los ojos de encima.
Hago un gesto muy sutil con la barbilla. «Sígueme». Y abandono el tugurio de mala muerte con la barbilla alta y la espalda recta.
Apenas han pasado unos segundos cuando escucho a alguien detrás de mí. No me giro para comprobar que es él, no lo necesito. Me adentro por el callejón lateral del local, y solo cuando estamos en un lugar lo suficientemente poco iluminado, doy media vuelta y lo encaro.
—¿Buscas compañía, preciosa? —me pregunta.
Arqueo una ceja en su dirección.
—Por supuesto. ¿Crees que darás la talla?
El muy cabrón esboza media sonrisa e hincha el pecho como un puto pavo real. Es grande y muy fuerte, pero no lo bastante como para tumbarme, aunque eso aún no lo sabe.
—Puedo contigo y con tres más como tú —se jacta.
Me acerco más a él y deslizo la mano por encima de su camisa arrugada y con manchas de algo viscoso que deduzco que es mostaza. Aparte de violador, asesino y pedófilo, también es un puto cerdo.
—¿Qué quieres que te haga, grandullón? —susurro en tono provocativo mientras voy bajando la mano por su vientre—. ¿Quieres que suplique?
Su mirada se enciende como un puto árbol de Navidad.
—Sí. Grita. Eso me gusta.
Bajo más la mano hasta cubrir su entrepierna. Está empalmado como un mandril. Desciendo aún más y acuno sus pelotas en mi palma.
—¿Quieres que llore y llame a mi mamá mientras me follas?
—Pestañea rápido y aprovecho para apretarle las pelotas con todas mis fuerzas.
Él suelta un grito ronco y su cara se desencaja—.
¡Vamos, grandullón! No te quejes ahora. ¿Quieres que llore y suplique?
Eso fue lo que hicieron esos niños a los que violaste, torturaste y mataste, ¿verdad?
—¡Hija de puta! —sisea entre dientes, e intenta golpearme, pero lo esquivo y le lanzo un puñetazo directo a la mandíbula.
Suelto sus pelotas y lanzo un rodillazo a su estómago. El cabrón se dobla por la mitad. Aprovecho que lo tengo cerca para darle una patada en la cara que termina de derribarlo.
Lo observo unos segundos, tirado en el suelo, en posición fetal, sujetándose la entrepierna y lloriqueando como un bebé.
Chasqueo la lengua antes de darle otra patada con mis botas de puntera reforzada, esta vez a la altura del hígado. Me agacho y lo sujeto por el cuello de la camisa para que me mire.
—¿Quién demonios eres? —susurra casi sin aliento.
Sonrío, con el rostro pegado al suyo.
—Soy la jodida parca y he venido a buscarte. —Estampo mis labios en los suyos solo una milésima de segundo, antes de apartarme—. Hasta nunca, hijo de puta.
Lo dejo retorciéndose de dolor y salgo del callejón con la satisfacción de haber hecho mi buena obra del mes. Bueno, puede que de la semana, porque hay un maltratador de mujeres que no vive demasiado lejos y…
Pierdo el hilo de mis pensamientos al ver una sombra junto a unos contenedores de basura. Estrecho la mirada para intentar verlo mejor, pero la zona en la que se encuentra está completamente a oscuras.
«¡Mierda! Un testigo».
—No sé quién eres, pero te recomiendo que des la cara. No estoy teniendo una buena noche, amigo.
Da un paso hacia mí, después otro y un tercero. Me pongo en alerta y echo el brazo hacia atrás para sujetar el cañón de la pistola que llevo sujeta en la espalda.
—Hola, Desconocida.
Escucho su voz y algo se rompe en mi interior. Se me cierra la garganta y podría jurar que mi corazón deja de latir. Sigue acercándose. La luz de la farola le ilumina parte del rostro.
—Tom… —susurro.
Debería estar preocupada porque me ha encontrado, y también cabreada.
Él es el enemigo. Trabaja para Madre. Eligió la vida de su hermana por encima de la de un bebé indefenso.
Sin embargo, cuando da un nuevo paso en mi dirección y me mira a los ojos, lo único que puedo sentir es que, después de un tiempo demasiado largo, al fin todas las piezas que componen mi existencia han vuelto a encajar.
—Voy a pasar por alto que acabas de besar a ese cabrón en mis putas narices.
Esbozo una sonrisa. Hasta su voz y esa mirada recriminatoria las he echado de menos. Tom cierra el último paso que separa su cuerpo del mío y exhala con fuerza.
Su aliento golpea mi rostro.
Abarca mi mejilla con la palma de la mano y ladea la cabeza muy despacio. No necesita ordenármelo, sé exactamente lo que quiere y pienso dárselo sin oponer resistencia. Rodeo su cuello con los brazos y tiro de él hacia mí.
Nuestros labios colisionan. Siento cómo sus dedos se clavan en mi cintura. Me empuja contra la pared mientras su lengua se mueve en el interior de mi boca.
Cierro los ojos y disfruto de su sabor, de los pequeños gruñidos que salen del fondo de su garganta, de la forma en la que mueve mi cabeza de un lado a otro para profundizar más el beso.
Tom me besa con ansias, con anhelo y algo de rabia también. Nuestras lenguas se baten en duelo. Le muerdo los labios. Él me amasa el culo y pega su erección a mi bajo vientre. Su barba, más larga de lo habitual, me raspa las mejillas, pero no me importa.
De pronto, escuchamos una tos seca y pisadas acercándose. Nos detenemos de golpe, con las respiraciones aceleradas. Tom se gira y alcanzo a ver la silueta del puto Jake Morris caminando renqueante por el callejón.
—¿Me das un segundo? —pregunto con un hilo de voz.
—Deja, yo me encargo.
Da media vuelta, y en cuanto se aleja unos centímetros, el calor de su cuerpo me abandona. Lo veo ir hacia el puto asesino de niños y, sin mediar palabra, le lanza un puñetazo que vuelve a tumbarlo en el suelo. Esta vez parece haber perdido el conocimiento.
Después se gira y regresa a mi lado con los puños apretados y la mandíbula tensa.
—Buen gancho —murmuro.
Tom exhala con fuerza y me taladra con la mirada.
—Que esté agradecido porque no lo mate ahora mismo. Nadie toca lo que me pertenece.
Arqueo una ceja y esbozo media sonrisa.
—¿Te refieres a mí?
—Desde la cabeza hasta los pies. Cada puto pelo, cada lunar y cada cicatriz… Toda tú eres mía.
Sé que lo que acaba de decir es lo más tóxico que puede existir, pero no me importa. ¡Joder, me ha puesto muy cachonda!
—Parece que me has echado de menos —susurro.
Tom va a pegarse a mí de nuevo, pero coloco las manos en su pecho para frenar su avance y niego con la cabeza. Él resopla.
—¿De verdad tenías que besarlo? Casi me vuelvo loco al verlo.
—Créeme, se lo merece. El tipo es…
—El asesino de niños de Wisconsin, lo sé —me corta.
Estrecho la mirada sobre él.
—¿Cómo sabes eso? Y ya puestos…, ¿cómo me has encontrado, Tom?
Me mira y una de sus comisuras se estira.
—Joder, no sabes cuánto echaba de menos escucharte decir mi nombre…
Pongo los ojos en blanco y chasqueo los dedos frente a su cara para que deje de mirarme como si estuviese a punto de comerme entera. En gran parte porque, si sigue haciéndolo, es posible que sea yo la que me lo coma a él.
—Respuestas. ¿Qué haces aquí?
Bufa de nuevo y aparta la mirada.
—Has ido dejando un rastro de cadáveres a tu paso, Row.
Todos ubicados a menos de dos horas… ¿Wyoming?
—Frunzo el ceño. Ahí es donde está la granja en la que vivimos, pero me he cuidado de no actuar demasiado cerca.
Incluso he salido del estado de Minnesota para venir a cazar al hijo de puta que está inconsciente a pocos metros de distancia—.
Me ha costado, pero seguí las migas de pan y… —Se encoge de hombros—. Aquí estoy.
—¿Por qué?
Su mirada se endurece.
—Eso debería preguntarlo yo. Desapareciste de la noche a la mañana. Fui a buscarte al complejo de apartamentos y solo encontré cajas vacías. Como si nadie hubiese vivido nunca en ese lugar.
—¿Madre sabe que estás aquí? ¿Ella te ha enviado?
—¡¿Qué?! ¡No! ¡Claro que no! ¿Qué te hace pensar…? —Bufa y hunde los dedos en su pelo oscuro salpicado de canas—. He pasado casi dos años buscándote a ti y a tus hermanas. ¿Dónde están?
—No te lo voy a decir.
—Row, mi hermana se muere. La única forma de salvarlas es que volváis.