Capítulo 2
Nao
H ay tres cosas que no me gustan de la vida en la granja.
La primera es el barro. Puedes fregar el suelo de la cocina de rodillas, con lejía y un cepillo de dientes, y a los diez minutos hay una marca marrón que no sabes ni cómo ha llegado ahí.
Echo de menos mi estudio de tatuajes, donde todo estaba en su sitio y bien esterilizado, o mi casa, que siempre estaba impoluta; aquí nada está nunca limpio del todo. La granja entera es lo contrario al blanco. Es marrón, es húmeda y se te mete debajo de las uñas.
La segunda son las gallinas. En general no tengo nada contra ellas; lo tengo con una en particular.
La blanca. Juro que me espera. Se planta en la esquina del gallinero y, cuando me ve pasar, hace un ruido con la garganta que un bicho de dos kilos no debería ser capaz de hacer.
Se lo comenté a Day y me dijo que estaba proyectando mis propias ganas de pelea en un animal de corral.
Ayer me picó en el gemelo, así que la que proyecta es ella, no yo.
La tercera es dormir sola. Y esa ya no tiene gracia.
Alargo la mano hacia el otro lado de la cama y la sábana está fría, como casi todas las noches.
Preston lleva más de un año sin dormir, y no es una forma de hablar.
Cae tres horas, cuatro si tengo suerte, y consigo acariciarle el pelo hasta que se le suelta la mandíbula.
Después se despierta de golpe y se levanta de la cama.
Aquí todos arrastramos algo. Row sale de noche a partirle la cara a quien se lo merece, Neva le canta a su hija canciones que le traen a la memoria a un hombre que ya no la recuerda a ella y Day le habla a una cabra.
Lo de Preston es distinto, porque lo suyo tiene nombre, apellidos y una foto clavada en la pared de un despacho que se ha agenciado dentro de la casa.
Aparto la manta, bajo descalza y esquivo el tercer escalón, ese que cruje desde que Everly tenía seis meses y que Jesse jura que arreglará la semana que viene desde entonces.
Hay una línea de luz debajo de la puerta del despacho. La abro sin llamar, porque soy su novia, no su secretaria.
Preston está de pie frente a la pared del fondo, con una taza de café al lado que debe llevar fría dos horas y esa camiseta gris que le queda pequeña desde que entrena más. En la pared hay pósits, hilo rojo y fotos.
Y, en el centro, como siempre, Danny Whitaker. Su mentor y su mayor obsesión.
—Son las tres —anuncio.
—Ya. Voy…
—Preston, deberías estar durmiendo.
—Ya lo sé.
Me acerco y me apoyo en el borde de la mesa.
Desde aquí veo dos recortes de prensa nuevos, una fotocopia mal hecha de algo que parece un registro de entradas y, arriba del todo, la foto de familia feliz que sale en todos los periódicos desde enero: el presidente McCain, sonriendo.
Y a tres pasos de él, en la esquina de la imagen, su hermano, el comisario, con las manos cruzadas por delante, como si esperara turno para comulgar.
Dos hijos de puta con la misma mandíbula.
—¿Has dormido algo?
—Sí. Un poco.
—No me mientas.
Se pasa la mano por la cara y por fin se gira hacia mí. Tiene los ojos rojos y una sombra debajo que no es cansancio, sino desasosiego.
—Danny pidió un expediente antiguo un viernes —expone como si no me lo supiera de memoria—. Un caso cerrado sin relación aparente con nada. Lo pidió a las seis y diez de la tarde. Y ese mismo domingo estaba muerto.
—¿Y qué había en ese expediente?
—No lo sé. —Aprieta la mandíbula—. Ya no existe. Ni el expediente ni la solicitud ni el registro de la solicitud. Lo único que hay es una línea en la copia de seguridad de un sistema que lleva meses sin actualizarse porque a nadie le importa lo suficiente como para borrarlo bien.
—Vale.
—No, no «vale», Nao. Danny encontró algo. —Señala la pared con la taza—. Y en vez de venir a contármelo, hizo algo. Y por eso lo mataron.
—Preston…
—Necesito saber qué descubrió.
Me acerco a él y le pongo las dos manos en el pecho. Noto el corazón a mil por hora debajo de su camiseta, a las tres de la madrugada, sin que nadie lo persiga todavía. Esto no puede ser bueno.
—Necesitas descansar un poco —le digo.
—Necesito una pista.
—Yo te la puedo conseguir en una tarde. Con mis métodos. Solo tienes que pedirlo.
No sé cuántas veces se lo he repetido. Pero Preston cierra los ojos y niega con la cabeza.
—No. Eso no me sirve.
—Todavía no te he explicado cómo lo conseguiría.
—Sé perfectamente cómo. —Me mira—. Y he dicho que no. Jamás lo aceptarían en un juicio como prueba.
La discusión no es una discusión. Nunca lo es. Ese es el problema.
A mí me gusta dramatizar y tirar cosas, pero con él no me sale, porque cada vez que empiezo, él baja la voz en vez de subirla y me deja gritando sola como una idiota.
—¿Un juicio? ¿Todavía crees en la justicia?
McCain le ha hecho la cama a media ciudad para allanarle el camino a su hermano.
Y ahora vive en una casa blanca muy famosa.
¿Te suena? —Ladeo la cabeza—. ¿A qué juez piensas impresionar con tu investigación legal?
Porque a ese juez lo nombra alguien, y a ese alguien lo nombra otro alguien, y arriba del todo está el tipo que sale sonriendo en esa foto. —Señalo la pared.
—Queda gente decente dentro del sistema.
—Sí, gente que todavía no ha recibido una llamada que lo deje helado.
—Sullivan sigue ahí.
—Sullivan te ha dado largas seis veces en cuatro meses.
Se queda callado. Y odio ese silencio, porque en ese silencio hay un hombre haciendo cuentas y descubriendo que le salen mal.
—Si lo hacemos a tu manera —dice al final—, ellos ganan igual. Porque nos convertiríamos en ellos.
Me río sin ganas.
—¡Yo ya soy ellos, Preston! Me fabricaron para cumplir sus directrices. A mí no tuvieron que convencerme de nada, me diseñaron para ser lo que soy.
—Eso no es verdad.
—Lo es.
—No. —Me coge la cara con las manos con una delicadeza que me sorprende, como si yo fuese a romperme—. Tú eliges todos los días. Llevas dos años eligiendo. Eso es lo único que hace falta para no ser como ellos.
Le aparto las manos porque, si me las deja ahí un segundo más, tendré que darle la razón, y no pienso dársela a las tres y veinte de la mañana.
—Sube a la cama, por favor.
—Ahora voy.
—Preston…
—Ahora mismo voy, Nao.
Al final subo sola. Y él no aparece.
A las ocho de la mañana, la cocina es un campo de batalla y eso me arregla el humor un poco.
Day discute con Jesse sobre si una cabra puede ser rencorosa. Neva está intentando darle media galleta a Everly, que ha decidido que es mejor pulverizarla y esparcirla por el suelo. Row entra con el pelo mojado, se sirve café y se sienta sin decir nada con la espalda en la pared.
—Esta noche salgo —anuncia decidida.
—¿Te vas muy lejos? —pregunta Day.
—Lo suficiente.
Nadie pregunta más, porque hemos aprendido que Row contesta con detalles que suelen incluir la palabra «hígado».
Everly me ve, levanta los bracitos y suelta ese chillido agudo que a mí me atraviesa el pecho por un sitio del que no sabía nada hasta hace un año.
La cojo y me pone la mano llena de babas en la mejilla.
—Hola, terrorista.
Ella se ríe como si la hubiese llamado princesa.
Preston entra en ese momento en la estancia. Tiene pinta de haberse duchado y casi parece una persona. Le da los buenos días a todo el mundo y a mí me da un beso en el cuello.
Everly se fija en él y extiende los brazos, intentando que la coja. Preston obedece y la hace volar como si fuera un cohete que está a punto de estrellarse.
La niña se ríe a carcajadas y me mira como diciendo «no es tan difícil».
Traidora.
A mediodía, Preston me pide que lo lleve al pueblo. Y no es por gusto. Es porque el teléfono seguro no está en casa, y el teléfono seguro no está en casa porque Preston decidió hace un año que ninguna llamada suya iba a entrar por la misma línea por la que Neva pide material escolar.
Cuando llegamos al lugar, Preston baja, cruza la calle y se mete en la cabina de la gasolinera, una reliquia que sigue funcionando porque en este pueblo nadie ha visto motivo para quitarla.
Me quedo en el coche con la ventanilla bajada y una piruleta para Everly derritiéndose en el salpicadero.
Lo veo marcar y hablar con alguien mientras cambia el peso de un pie al otro. Después lo veo apoyar la frente en el cristal de la cabina. Y ya sé cómo le ha ido.
Vuelve al coche, se sienta, cierra la puerta y no dice nada durante tres kilómetros.
—Dilo ya —le pido.
—Sullivan dice que no es el momento.
—¿Ha dicho por qué?
—Ha dicho que remover ahora ciertas cosas puede ser perjudicial. Que hay que ser inteligentes. Que el país está en un momento delicado.
—O sea, que te ha vuelto a dar largas.
—Me ha dicho que espere.
—Es lo mismo. Empiezo a pensar que a él también lo han comprado. ¿Tú no?
—Si eso fuera cierto, ya nos habrían encontrado.
—O puede que lo esté alargando para seguir cobrando…
No contesta a eso. Pero unos kilómetros después, cuando llegamos al cruce de la carretera vieja, lo noto tensarse en el asiento.
—Reduce.
—¿Qué pasa? —pregunto alerta.
—Reduce, por favor.
Reduzco y en el arcén, medio metido entre los árboles, hay un pick-up gris con la cabina vacía.
—Anteayer también estaba —señala.
—Preston, esto está lleno de cazadores furtivos.
—No hay perros ni rifle en la caja trasera. Y anteayer estaba aparcado exactamente en el mismo sitio, con las ruedas giradas hacia la carretera. —Traga saliva—. Nadie aparca así para ir al monte. Se aparca así para salir rápido.
Miro el retrovisor durante los siguientes tres kilómetros más veces de las que debería.
Y me doy cuenta de que ya no sé si estoy mirando porque me lo creo o porque él me ha metido el miedo dentro. Y esas dos cosas, en un hombre que lleva dos años paranoico, no son iguales.
Por la noche lo siento en el taburete del cuarto pequeño, donde tengo la máquina, los botes y la camilla que le compré a un tipo del pueblo de al lado que no hizo preguntas, y se quita la camiseta sin que se lo pida.
En el hombro tiene el dibujo que llevo un año haciéndole. Es negro y denso, con líneas largas, un trabajo grande que se comió lo que las vías del metro le dejaron como secuela.
—Voy a repasar el sombreado de abajo —le aviso—. Me llevará media hora.
—Vale.
—No te muevas.
—Nunca me muevo.
—Te moviste la última vez.
—Me picaba la nariz.
—Casi te tatúo un pene flácido.
Sonríe. Es la primera vez en todo el día.
Preparo la tinta, me pongo los guantes y coloco la mano abierta sobre su piel. Está caliente. Y cuando la aguja entra, él entra en mí.
Le dije a Preston que las frases me llegan como quien oye una radio en la habitación de al lado. Pero es mentira. No es una radio. Es meterse dentro de una casa en llamas.
Y lo que él gritaría si se estuviera quemando sería: «Yo sobreviví y Danny no».
Levanto la aguja.
Me tiemblan los dedos y los apoyo en la camilla para que no lo note.
Porque sería tan fácil que dejara de obsesionarse con esto, que todo le diera igual.
Haría un dibujo sobre el que ya tiene y nadie lo sabría jamás, ni siquiera él.
Se despertaría mañana, quemaría esa pared y me diría que ha pensado que igual deberíamos ampliar el gallinero.
Dormiría. Comería. Se reiría de las tonterías de Jesse. Y sería mío de la misma forma que un perro.
Aprieto los dientes y sigo exactamente por donde tocaba. Ni un milímetro de más.
Termino el sombreado, limpio, le pongo el film y le doy una palmada en el hombro para que se levante.
Se viste, me besa en la boca, me dice que me quiere y sube a acostarse.
Yo me quedo abajo, limpiando la máquina más despacio de lo necesario, pensando en un hombre que quiere hacerlo todo bien y en un expediente que ya no existe.
Le voy a dar tiempo. Todo el que necesite.
Pero cuando llegue el momento y siga sin encontrar el nombre, pienso empezar a buscarlo a mi manera.