Capítulo 43 Hasta pronto, Roma
Domingo, 24 de agosto 09:07
El despertador sonó demasiado pronto.
Danna abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos permaneció inmóvil, mirando el techo de la habitación del hotel.
Era el último día.
La última mañana en Roma.
Suspiró.
No quería hacer las maletas.
No quería bajar al vestíbulo.
Y, sobre todo, no quería subir a un avión que la alejase de aquel lugar.
Giró la cabeza hacia la mesilla.
El ramo de flores que Andrés le había regalado la noche anterior descansaba dentro de un jarrón que el hotel les había prestado.
Sonrió. Aquel ramo no podría viajar con ella.
Pero el recuerdo sí.
Cogió el móvil.
Tenía un mensaje.
Andrés: Buenos días... novia.
Danna soltó una pequeña risa.
Todavía le costaba acostumbrarse a aquella palabra.
Escribió enseguida.
Danna: Buenos días, novio.
Pasaron apenas unos segundos.
Andrés: Sigue sonando raro.
Danna: Un poco.
Andrés: Pero me encanta.
Ella sonrió.
A ella también.
Una hora después, las dos familias bajaron al comedor para desayunar.
Había un ambiente diferente.
Todos hablaban de las maletas, del vuelo y de lo rápido que habían pasado aquellos días.
—Ocho días parecen muchos hasta que llegan a su final — comentó el tío de Danna.
—Eso siempre pasa en las vacaciones —respondió el padre de Andrés.
Mientras los adultos hablaban, Andrés se inclinó un poco hacia Danna.
—¿Has dormido bien?
Ella asintió.
—Muy poco.
—Yo tampoco.
—Estaba pensando en todo lo que hemos vivido.
Él sonrió.
—Yo también.
Después del desayuno hicieron el check-out y dejaron las maletas en la recepción.
Todavía tenían unas horas antes de ir al aeropuerto.
Decidieron dar un último paseo por el centro de Roma.
Nadie tenía prisa.
Nadie quería mirar el reloj.
Caminaron por las mismas calles donde se habían perdido.
Pasaron por la heladería donde habían discutido sobre el mejor sabor.
Volvieron a cruzar el puente donde se habían cogido de la mano por primera vez.
Y terminaron delante del Coliseo.
El mismo lugar donde habían hecho su primera fotografía.
Danna respiró hondo.
—No quiero irme.
Andrés entrelazó sus dedos con los de ella.
—Yo tampoco.
—¿Y si nos escondemos?
Ella soltó una carcajada.
—No creo que nuestras familias tarden mucho en encontrarnos.
Él comenzó a reír.
—Era una idea.
Irene apareció con el móvil en la mano.
—Antes de irnos...
Una última foto.
Los dos se colocaron delante del Coliseo.
Esta vez nadie les dijo que se acercaran.
Lo hicieron ellos solos. Irene levantó el pulgar.
—Ahora sí.
Sonreíd.
El sonido de la cámara capturó aquel instante.
Cuando terminó, Andrés miró la fotografía.
Después buscó la primera que se habían hecho unos días antes.
Las comparó.
—¿Sabes qué ha cambiado?
Danna observó ambas imágenes.
—¿Qué?
Él sonrió.
—En la primera todavía no éramos novios.
Ella apoyó la cabeza sobre su hombro.
—Y en la segunda sí.
El trayecto hasta el aeropuerto fue mucho más silencioso.
Cada uno iba perdido en sus pensamientos.
Ninguno quería decir en voz alta que el viaje había terminado.
Cuando llegaron, las familias facturaron las maletas. Poco después, una pantalla anunció que los vuelos salían desde terminales diferentes.
Hubo un silencio.
Los dos se miraron.
Sabían que había llegado el momento.
Andrés dio un paso hacia ella.
—Oye.
—¿Sí?
—Prométeme que cuando llegues a casa me escribirás.
Ella sonrió.
—¿Aunque estemos cansados?
—Aunque sean las tres de la mañana.
Danna rió.
—Trato hecho.
Él la abrazó.
Con fuerza.
Mucha más fuerza que la primera vez.
Danna cerró los ojos.
Podía escuchar los latidos del corazón de Andrés.
Y él, los de ella. Cuando se separaron, Andrés sacó algo del bolsillo.
Era la pulsera que llevaba desde el primer día.
La levantó ligeramente.
—No te la quites nunca.
Ella miró la suya.
—Tú tampoco.
—Es una promesa.
—Entonces queda hecha.
Los hombres observaban la escena desde unos metros más atrás.
Ninguno quiso interrumpirlos.
Sabían que aquellos minutos eran solo para ellos.
Por el altavoz comenzó a escucharse el aviso de embarque.
Él tío de Danna se acercó despacio.
—Cariño...
Tenemos que irnos.
Danna asintió.
Pero antes volvió a abrazar a Andrés una vez más.
—Hasta pronto.
Él negó con una sonrisa. —No.
Hasta luego.
Porque voy a verte muy pronto.
Ella sonrió.
—Eso espero.
Andrés esperó hasta verla desaparecer por el control de seguridad.
Sólo entonces levantó el móvil.
Abrió su conversación.
Escribió.
Andrés: Ya te echo de menos.
Danna sintió vibrar el teléfono antes incluso de llegar a la puerta de embarque.
Lo leyó.
Y sonrió.
Danna: Han pasado exactamente dos minutos.
Andrés: Se me han hecho eternos.
Ella negó con la cabeza entre risas.
Danna: Sigues siendo un exagerado.
Andrés: Y tú sigues siendo mi novia. Danna apoyó la cabeza en el respaldo de la silla mientras esperaba el embarque.
Miró por la ventana.
Uno de los aviones comenzaba a despegar.
Italia iba quedando atrás.
Pero el viaje más importante... Acababa de empezar.