Número Equivocado Capítulo 42 Prométeme que volveremos
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Capítulo 42 Prométeme que volveremos

Sábado, 23 de agosto 09:41

Por primera vez desde que habían llegado a Italia, Danna se despertó antes de que sonara el despertador.

No porque estuviera nerviosa.

Sino porque sonreía.

Giró la cabeza hacia la mesilla.

El móvil seguía allí.

Todavía tenía abierto el último mensaje de la noche anterior.

Era solo un corazón.

Pero significaba muchísimo.

Apoyó la cabeza sobre la almohada y soltó una pequeña risa.

Su tío la miró desde la otra cama.

—Alguien se ha levantado de muy buen humor.

Danna intentó disimular.

—He dormido bien. —Claro.

Y yo me llamo Pedro.

Los dos comenzaron a reír.

En el comedor del hotel, Andrés ya estaba esperando.

Cuando Danna apareció, sus miradas se encontraron al instante.

No dijeron nada.

Simplemente sonrieron.

Era extraño.

Después del beso de la noche anterior, ninguno sabía muy bien cómo actuar.

Pero no resultó incómodo.

Solo diferente.

Más cercano.

Cuando Danna llegó a la mesa, Andrés habló primero.

—Buenos días.

Ella sonrió.

—Buenos días.

Irene los observó durante unos segundos.

Después levantó una ceja. —Qué educados.

Los dos la miraron confundidos.

—¿Por qué?

—Porque lleváis veinte segundos sin llamaros "pesada" y "pesado".

Danna empezó a reír.

Miró a Andrés.

—Buenos días, pesado.

Él sonrió.

—Así mucho mejor.

Aquel día las familias decidieron visitar Villa d'Este, en Tivoli.

Los jardines parecían sacados de un cuento.

Fuentes.

Escaleras de piedra.

Árboles centenarios.

Y cientos de flores de todos los colores.

Danna caminaba despacio, intentando memorizar cada rincón.

—¿Sabes qué voy a echar más de menos? —preguntó.

Andrés la miró.

—¿Qué? —Despertarme sabiendo que voy a pasar el día contigo.

Él sonrió.

—Eso también lo podemos cambiar.

Ella frunció el ceño.

—¿Cómo?

—Cuando volvamos a España.

Podemos seguir viéndonos.

No hace falta esperar otro viaje.

Danna sintió un pequeño alivio.

Era verdad.

Italia no era el final.

Solo había sido el principio.

Mientras recorrían los jardines, encontraron un enorme laberinto vegetal.

Los adultos decidieron quedarse descansando en una terraza cercana.

—Tened cuidado —dijo el tío de Danna.

—Prometido —respondieron los dos.

Entraron en el laberinto riéndose.

Al principio intentaban encontrar la salida. Cinco minutos después ya no tenían ni idea de dónde estaban.

—Esto ha sido idea tuya —dijo Danna.

—No.

Tú has entrado conmigo.

—Porque pensé que sabías orientarte.

—Grave error.

Ella soltó una carcajada.

—Muchísimo.

Después de varios giros terminaron en un pequeño mirador escondido entre los setos.

Desde allí se veía todo el jardín.

No había nadie más.

Solo ellos.

Danna apoyó los brazos sobre la barandilla.

—Qué tranquilo...

Andrés se colocó a su lado.

Durante unos segundos contemplaron el paisaje en silencio.

Después él habló.

—Tengo miedo.

Ella lo miró sorprendida. —¿De qué?

—De volver a casa.

Danna bajó la mirada.

—Yo también.

—No quiero que volvamos a depender solo del móvil.

Ella respiró hondo.

—No lo haremos.

Andrés la observó.

—¿Lo prometes?

Danna sonrió.

Extendió el dedo meñique.

—Lo prometo.

Él entrelazó el suyo con el de ella.

Como dos niños haciendo un pacto.

—Y prométeme otra cosa.

—¿Cuál?

—Que volveremos aquí.

Ella levantó la vista.

Miró los jardines. Las fuentes.

El cielo azul.

Después volvió a mirarlo a él.

—Volveremos.

—¿De verdad?

—Sí.

No sé cuándo.

Pero volveremos.

Andrés sonrió.

—Entonces ya tengo un nuevo sueño.

Al salir del laberinto, Irene los esperaba con los brazos cruzados.

—Habéis tardado media hora.

Andrés se encogió de hombros.

—Nos hemos perdido.

—Ya...

Seguro.

Danna empezó a reír.

—Es verdad.

Somos malísimos orientándonos. —Eso sí me lo creo.

Por la tarde regresaron al centro de Roma.

Antes de volver al hotel entraron en una pequeña tienda de fotografías antiguas.

Había imágenes de la ciudad de hacía más de cien años.

Danna encontró una en blanco y negro del Coliseo.

La compró.

—¿Para qué?

—Para enmarcarla.

—¿Y ponerla en tu habitación?

Ella sonrió.

—No.

Para acordarme de este viaje.

Andrés la miró unos segundos.

—Entonces yo haré lo mismo.

Aquella noche subieron a la terraza del hotel.

Roma brillaba bajo las estrellas.

Los dos permanecieron apoyados en la barandilla.

Sin prisas.

Sin hablar demasiado. —Mañana nos vamos... —susurró Danna.

Andrés asintió.

—Sí.

Por primera vez desde que habían llegado, ninguno sonreía.

El silencio era distinto.

Pesaba un poco más.

Entonces Andrés buscó la mano de Danna.

La encontró enseguida.

La apretó con suavidad.

—Oye.

Ella levantó la vista.

—¿Sí?

—Esto no termina mañana.

Ella sonrió.

No.

Solo cambiaba el escenario.

Aquella noche regresaron al hotel más tarde de lo habitual.

Antes de ir a sus habitaciones, Andrés sacó algo del bolsillo.

Era una pequeña moneda italiana. La misma con la que no habían podido quedarse después de lanzar su deseo en la Fontana di Trevi.

—Toma.

Danna la observó sorprendida.

—¿Qué es?

—Quiero que la guardes.

—¿Por qué?

Él sonrió.

—Porque cuando volvamos a Italia...

La traerás otra vez.

Ella cerró la mano alrededor de la moneda.

—Trato hecho.

Los dos permanecieron unos segundos más contemplando el cielo de Roma.

El viento movía suavemente el pelo de Danna.

Desde aquella terraza la ciudad parecía todavía más bonita.

Las luces iluminaban los edificios antiguos y, a lo lejos, se escuchaba el murmullo de las calles que nunca terminaban de dormirse.

Andrés rompió el silencio.

—Buenas noches, pesada. Ella sonrió.

—Buenas noches, pesado.

Los dos rieron.

Después cada uno tomó un camino distinto hacia su habitación.

Danna caminó por el pasillo con una sonrisa imposible de borrar.

Apretó la pequeña moneda italiana que Andrés le había regalado y la guardó cuidadosamente en el bolsillo de la mochila.

Aquella moneda ya no era solo una moneda.

Era una promesa.

La promesa de que algún día volverían a Italia.

Entró en la habitación intentando no hacer ruido.

Su tío ya estaba dormido.

Dejó la mochila sobre la cama y comenzó a guardar la ropa en la maleta.

Al día siguiente regresarían a España.

Solo de pensarlo sentía un pequeño nudo en el estómago.

Había esperado durante semanas aquel viaje.

Y ahora parecía que había pasado en un abrir y cerrar de ojos.

Sonrió al recordar todo lo que había vivido. El Coliseo.

La Fontana di Trevi.

Las calles de Roma.

Las risas.

Las fotografías.

El primer beso.

Pensó que aquel había sido el final perfecto para el viaje.

Pero estaba completamente equivocada.

De repente...

Toc, toc.

Danna levantó la cabeza.

Frunció el ceño.

Miró el reloj.

23:58.

¿Quién podía llamar a la puerta a esas horas?

Se acercó despacio.

Abrió.

Frente a ella estaba uno de los botones del hotel.

Vestía un elegante uniforme negro con detalles dorados y sostenía una pequeña sonrisa.

—¿Señorita Danna?

—Sí.

—Perdone que la moleste tan tarde.

Un joven me ha pedido que le entregue un mensaje.

Ella arqueó una ceja.

—¿Un mensaje?

El botones asintió.

—Me ha dicho que le diga que suba a la terraza...

Porque quiere regalarle el último recuerdo de Roma.

El corazón de Danna dio un vuelco.

No necesitó preguntar quién era.

Ya lo sabía.

Sonrió.

—Muchas gracias.

Cerró la puerta con cuidado para no despertar a su tío.

Se puso un vestido azul y por encima una chaqueta ligera.

Respiró hondo.

Y salió de la habitación.

Subió lentamente las escaleras que conducían a la azotea. Cada escalón hacía que los nervios aumentaran un poco más.

Cuando llegó arriba, empujó despacio la puerta.

El aire cálido de la noche acarició su rostro.

La terraza estaba iluminada por pequeñas guirnaldas de luces en forma de corazón que rodeaban toda la barandilla.

Desde allí podía contemplarse casi toda Roma.

Las calles brillaban bajo la luz de las farolas.

Y, apoyado junto a la barandilla...

Estaba Andrés.

Vestía una traje negro y una corbata de color azul marino.

En sus manos sostenía un enorme ramo de flores beige y azules.

Los colores favoritos de Danna.

Cuando la vio aparecer, sonrió.

Aunque era evidente que estaba muchísimo más nervioso que ella.

—Hola... —dijo casi en un susurro.

Danna comenzó a caminar hacia él.

—Hola, pesado.

Los dos rieron.

Aquella palabra ya era parte de ellos. Cuando estuvieron frente a frente, Andrés le tendió el ramo.

—Son para ti.

Danna abrió mucho los ojos.

—¿Otro ramo?

Él sonrió.

—El primero fue por tu cumpleaños.

Este...

Es porque quería que el último recuerdo de Roma fuera todavía más especial.

Ella cogió las flores con muchísimo cuidado.

Olían a jazmín y a rosas.

Nunca nadie había hecho algo así por ella.

—Son preciosas.

Andrés la observó durante unos segundos.

—No tanto como tú.

Ella soltó una pequeña risa.

—Nunca vas a dejar de decir esas cosas, ¿verdad?

—Creo que no.

Porque contigo siempre encuentro un motivo para decirlas.

Danna negó con la cabeza, intentando esconder la sonrisa. Entonces Andrés metió la mano en el bolsillo.

Sacó una fotografía.

Era la primera que se habían hecho juntos delante del Coliseo.

La misma que Irene les había tomado.

Por detrás había escrito una frase con rotulador negro.

"El mejor error de mi vida."

Los ojos de Danna comenzaron a humedecerse.

Levantó lentamente la vista.

Andrés respiró profundamente.

Nunca había estado tan nervioso.

—Danna...

Ella apenas pudo responder.

—¿Sí?

Él dio un pequeño paso hacia ella.

—Desde que aquel mensaje llegó a tu móvil...

Mi vida cambió.

Al principio solo quería disculparme por haberme equivocado de número.

Después quería hablar contigo un rato más.

Luego esperaba tus mensajes cada día. Y ahora...

Hizo una pequeña pausa.

Sonrió con timidez.

—Ahora no puedo imaginar un solo día sin ti.

Danna sintió que las lágrimas empezaban a resbalar por sus mejillas.

Andrés tragó saliva.

—Italia siempre será el lugar donde nos conocimos de verdad.

Y quiero que también sea el lugar donde empiece oficialmente nuestra historia.

Respiró hondo una última vez.

La miró directamente a los ojos.

Y preguntó:

—Danna...

¿Quieres ser mi novia?

Durante unos segundos...

El mundo entero pareció detenerse.

Solo existían ellos.

Las luces de Roma.

Las flores. Y aquella pregunta.

Danna sonrió entre lágrimas.

Llevaba mucho tiempo esperando escuchar esas palabras.

Asintió una vez.

Después otra.

Y otra más.

—Sí...

Claro que sí.

Quiero ser tu novia.

La sonrisa de Andrés fue inmediata.

Como si todo el peso que llevaba encima hubiera desaparecido de golpe.

Se acercó a ella.

La abrazó con fuerza.

Un abrazo largo.

De esos que hacen sentir que todo está exactamente donde debe estar.

Cuando se separaron, Danna apoyó la frente sobre la de él.

—Pensaba que nunca me lo ibas a preguntar.

Él soltó una pequeña risa. —Llevaba días queriendo hacerlo.

Solo estaba esperando el momento perfecto.

Ella miró a su alrededor.

Después volvió a mirarlo a él.

—Y elegiste el lugar perfecto.

Andrés sonrió.

—No.

El lugar perfecto apareció el día que contestaste a un mensaje que ni siquiera era para ti.

Danna no pudo evitar emocionarse.

Después lo besó.

Despacio.

Sin prisas.

Como si quisiera guardar aquel momento para siempre.

Cuando terminó el beso, Andrés entrelazó su mano con la de ella.

—Entonces...

¿Ya puedo decir que tengo novia?

Ella sonrió.

—Solo si yo puedo seguir llamándote pesado. —Eso nunca va a cambiar.

Los dos comenzaron a reír.

Permanecieron unos minutos contemplando el cielo de Roma.

Sin hablar.

No hacía falta.

La ciudad donde habían soñado encontrarse acababa de regalarles uno de los recuerdos más importantes de sus vidas.

Danna apoyó la cabeza sobre el hombro de Andrés.

Él besó suavemente su frente.

Y, por primera vez desde aquel mensaje enviado por error...

Los dos supieron que ya no eran simplemente Danna y Andrés.

Ahora eran una historia.

Una historia que acababa de empezar.

En ese momento pensaron en una sola cosa.

Mañana dejarían Italia. Pero Italia nunca los dejaría a ellos.