Capítulo 41 El beso que nunca olvidaron
Viernes, 22 de agosto 20:14
Las calles de Roma comenzaban a iluminarse.
El calor del día había dado paso a una agradable brisa que recorría las terrazas, las plazas y los callejones llenos de flores.
Después de pasar la mañana visitando el Trastevere, las dos familias decidieron cenar en un pequeño restaurante con vistas al río Tíber.
Las risas llenaban la mesa.
Irene no dejaba de hacer bromas.
Los hombres hablaban de los lugares que todavía querían visitar antes de volver a España.
Y, frente a frente, Danna y Andrés intercambiaban miradas que decían mucho más que cualquier palabra.
Cuando terminaron de cenar, el tío de Danna sonrió.
—¿Os apetece dar un paseo mientras nosotros tomamos un café?
Los dos se miraron.
—Claro —respondieron casi al mismo tiempo. Todos empezaron a reír.
Caminaron sin un rumbo fijo.
No necesitaban un mapa.
Roma ya les parecía familiar.
Las calles estaban llenas de músicos, parejas paseando y pequeños restaurantes donde sonaban canciones italianas.
—¿Sabes qué estaba pensando? —preguntó Andrés.
—¿Qué?
—Que cuando volvamos a España voy a echar muchísimo de menos esto.
Danna sonrió.
—¿Italia?
Él negó lentamente.
—No.
—¿Entonces?
—Poder verte todos los días.
Ella bajó la mirada.
Aquella frase le hizo un nudo en el pecho.
—Yo también...
Continuaron caminando hasta llegar a un pequeño puente de piedra.
Debajo pasaba el río.
El agua reflejaba las luces de la ciudad.
No había casi nadie.
Solo ellos.
Se apoyaron en la barandilla.
Durante unos segundos ninguno habló.
El silencio era tranquilo.
Cómodo.
De esos silencios que solo existen cuando dos personas ya no necesitan llenar cada momento con palabras.
—¿Te acuerdas del primer mensaje? —preguntó Andrés.
Danna sonrió inmediatamente.
—¿Cómo olvidarlo?
—Si ese día no hubieras respondido...
Ella completó la frase.
—Nunca habríamos llegado hasta aquí.
Andrés asintió.
—Exacto.
Los dos comenzaron a reír. Era increíble pensar que toda aquella historia había nacido por un simple error.
El viento movió suavemente el pelo de Danna.
Ella intentó apartárselo.
Pero Andrés fue más rápido.
Con mucho cuidado colocó aquel mechón detrás de su oreja.
Sus manos apenas se rozaron.
Los dos levantaron la vista al mismo tiempo.
Esta vez nadie habló.
Nadie bromeó.
Nadie apartó la mirada.
El corazón de Danna latía con tanta fuerza que estaba convencida de que Andrés podía escucharlo.
Él respiró hondo.
—Llevo días queriendo hacer una cosa.
Ella apenas pudo responder.
—¿Cuál?
Andrés sonrió con nervios.
—Esto.
Muy despacio... Acortó la poca distancia que los separaba.
Danna cerró los ojos.
Y, por primera vez...
Sus labios se encontraron.
Fue un beso eterno.
Suave.
Dulce.
Cuando se separaron apenas unos centímetros, los dos empezaron a reír.
—Creo que ha sido el beso más largo de la historia —dijo Andrés.
Danna no podía dejar de sonreír.
—Un poco.
—¿Solo un poco?
—Vale...
Mucho.
Los dos volvieron a reír.
Después Andrés la miró otra vez.
—¿Puedo repetirlo?
Ella levantó una ceja. —¿Para practicar?
—Exacto.
Danna negó con la cabeza entre risas.
—Qué excusa más mala.
—¿Ha funcionado?
Ella dio un pequeño paso hacia él.
—Sí.
Y esta vez fue Danna quien lo besó.
Sin pensarlo.
Sin miedo.
Sin que nadie los interrumpiera.
Cuando terminó, ambos permanecieron con la frente apoyada el uno contra el otro.
Sonriendo.
—¿Sabes una cosa? —susurró Danna.
—¿Qué?
—Ya no me da miedo que todo esto sea real.
Andrés entrelazó sus dedos con los de ella.
—A mí tampoco.
De regreso al restaurante, caminaron cogidos de la mano. Ninguno podía borrar la sonrisa.
En cuanto Irene los vio aparecer, levantó una ceja.
—¿Y esa cara de felicidad?
Andrés intentó disimular.
—Hace buena noche.
Irene cruzó los brazos.
—Sí, claro.
Y yo nací ayer.
Danna empezó a reír.
Su tío los observó desde la mesa.
No hizo ninguna pregunta.
Solo sonrió.
Había una diferencia evidente entre cómo se habían ido y cómo acababan de volver.
Aquella noche, ya en la habitación, Danna abrió la libreta azul.
Escribió despacio.
22 de agosto.
Hoy descubrí que el primer beso es perfecto.
Y, precisamente por eso... jamás se olvida.
Cerró la libreta. Sonrió.
Y antes de apagar la luz recibió un último mensaje.
Andrés: Buenas noches pesada.
Danna miró la pantalla.
Era la primera vez que uno de los dos enviaba un corazón.
Sonrió.
Y respondió. Danna: Buenas noches, pesado.