Número Equivocado Capítulo 40 A un solo centímetro
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Capítulo 40 A un solo centímetro

Jueves, 21 de agosto 18:47

Roma empezaba a sentirse como una segunda casa.

Cuatro días atrás, Danna caminaba por aquellas mismas calles mirando cada rincón con la curiosidad de una turista.

Ahora caminaba sonriendo porque cada esquina le recordaba un momento vivido con Andrés.

Un helado compartido.

Una broma.

Una fotografía.

Una conversación.

Y, sobre todo...

Aquella mano que había decidido no soltar la suya la noche anterior.

Después de desayunar, las dos familias decidieron visitar la Villa Borghese.

El enorme parque estaba lleno de árboles, pequeños lagos y personas paseando en bicicleta.

Era un lugar tranquilo. Muy diferente al bullicio del centro de Roma.

Mientras los adultos alquilaban unas bicicletas para recorrer el parque, Andrés y Danna decidieron caminar.

—¿Te das cuenta? —preguntó Danna.

—¿De qué?

—Hace una semana ni siquiera sabía que iba a venir a Italia.

Andrés sonrió.

—Yo tampoco.

—Y ahora estamos aquí.

Él la miró unos segundos.

—Creo que todavía no me lo termino de creer.

Continuaron caminando por un sendero rodeado de árboles.

No tenían prisa.

El tiempo parecía ir más despacio.

—¿Sabes qué me hace gracia? —dijo Andrés.

—¿Qué?

—Que cuando hablábamos por mensajes siempre pensaba muchísimo lo que iba a escribir.

Danna sonrió.

—Yo también. —Ahora no.

—¿Por qué?

—Porque contigo todo sale solo.

Ella bajó la mirada con una sonrisa.

Aquella frase era sencilla.

Pero le llegó muy dentro.

Un rato después llegaron a un pequeño lago donde varias personas paseaban en barca.

Danna se quedó observándolas.

—Tiene que ser bonito.

Andrés siguió su mirada.

—¿Te apetece?

Ella lo miró sorprendida.

—¿Una barca?

—Sí.

—¿Y si se hunde?

—Entonces aprenderemos a nadar.

Danna empezó a reír.

—Qué tranquilizador eres.

Las familias aceptaron la idea y alquilaron dos barcas. Los hombres fueron en una.

Danna y Andrés, en otra.

Los primeros minutos fueron un auténtico desastre.

Andrés remaba hacia un lado.

Danna intentaba corregir la dirección.

La barca giraba en círculos.

—Creo que estamos haciendo el ridículo —dijo ella entre risas.

—Un poco.

—Mucho.

Un señor que pasaba cerca empezó a reír al verlos.

—¡Los remos al mismo tiempo!

Los dos se miraron.

—Ah...

Con razón.

Finalmente consiguieron avanzar.

Y no pudieron dejar de reír durante todo el recorrido.

Cuando bajaron de la barca seguían riéndose.

Las familias decidieron sentarse un rato en el césped mientras ellos daban un pequeño paseo alrededor del lago.

El aire era agradable.

Solo se escuchaban los pájaros y el ruido del agua.

Durante unos minutos caminaron sin hablar.

Hasta que Danna rompió el silencio.

—Gracias.

Andrés la miró.

—¿Por qué?

—Por hacer que este viaje sea todavía mejor de lo que imaginaba.

Él sonrió.

—Creo que tú has hecho exactamente lo mismo conmigo.

Se sentaron en un banco de madera bajo la sombra de un árbol.

Danna apoyó la espalda y respiró profundamente.

—No quiero que esto termine.

Andrés guardó silencio unos segundos.

Después respondió.

—Yo tampoco, pero todavía nos quedan tres días.

Ella sonrió.

Era verdad. Aún les quedaba tiempo.

Y pensaba aprovechar cada minuto.

Mientras hablaban, una suave brisa movió el pelo de Danna.

Un mechón cayó delante de sus ojos.

Andrés, casi sin pensar, lo apartó con mucho cuidado.

Ella levantó la vista.

Los dos dejaron de hablar.

Otra vez.

Sus miradas se encontraron.

El mundo pareció detenerse durante unos segundos.

Andrés dio un pequeño paso hacia ella.

Ella no se movió.

Podía escuchar los latidos de su propio corazón.

Estaban muy cerca.

Muchísimo más cerca que nunca.

Él sonrió con nervios.

—Danna...

Ella apenas pudo responder.

—¿Sí? Durante un instante pareció que el tiempo se detenía.

Los dos sabían exactamente lo que estaba a punto de pasar.

Pero entonces...

—¡Chicos!

La voz de Irene rompió el silencio.

Los dos se separaron instintivamente.

La hermana de Andrés corría hacia ellos agitando una cámara de fotos.

—¡Papá quiere hacer una foto de todos!

Danna comenzó a reír.

No podía evitarlo.

Andrés negó con la cabeza mientras soltaba una carcajada.

—Tu hermana tiene un radar para aparecer en el peor momento.

—Creo que sí.

—Algún día le preguntaré cómo lo hace.

Los dos siguieron riéndose mientras caminaban hacia sus familias.

Aquella noche, ya en el hotel, Danna recibió un mensaje.

Andrés: Oye.

Danna: ¿Qué pasa? Andrés: Creo que Italia tiene algo en contra de nosotros.

Ella sonrió.

Danna: ¿Por?

Andrés: Porque cada vez que intento hacer algo importante...

Aparece Irene.

Danna soltó una carcajada.

Danna: Pobrecilla.

No tiene la culpa.

Andrés: Ya lo sé.

Pero nos ha interrumpido dos veces.

Ella leyó el mensaje y sintió un cosquilleo en el estómago.

Respondió despacio.

Danna: Supongo que cuando tenga que pasar...

Pasará.

Andrés tardó unos segundos en responder.

Andrés: Y prometo que esa vez... Nadie nos va a interrumpir.

Danna dejó el móvil sobre la almohada.

Sonrió.

Todavía les quedaban tres días en Italia.

Y, por alguna razón...

Tenía la sensación de que el momento que ambos estaban esperando estaba cada vez más cerca.