Número Equivocado Capítulo 39 La distancia desapareció
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Capítulo 39 La distancia desapareció

Miércoles, 20 de agosto 19:06

El tercer día en Roma había pasado mucho más deprisa de lo que Danna habría querido.

Por la mañana habían visitado el Panteón, paseado por las estrechas calles del centro y comprado pequeños recuerdos para llevar a casa.

Andrés había insistido en entrar en cada librería que encontraban.

Danna se había reído porque, al final, él había comprado más libros que ella.

—Luego dices que soy yo la que compra demasiado.

—Los libros nunca son demasiados.

—Eso lo dices porque no tienes que hacer la maleta.

—Ya encontraré sitio.

Ella negó con la cabeza entre risas.

Cada vez era más fácil estar con él.

Ya no existían los silencios incómodos.

Todo salía solo. Como si llevaran años caminando juntos.

Aquella tarde, después de cenar, las dos familias decidieron dar un paseo hasta la Piazza Navona.

La plaza estaba iluminada por cientos de pequeñas luces.

Los artistas pintaban retratos.

Los músicos llenaban el ambiente con canciones italianas.

Y el murmullo de la gente hacía que todo pareciera sacado de una película.

Mientras los hombres se sentaban en la terraza de una cafetería para tomar un café, el tío de Danna sonrió.

—No os alejéis demasiado.

—No os preocupéis —respondió Andrés.

—Y el móvil encendido.

—Prometido.

Los dos comenzaron a caminar despacio.

Por primera vez desde que habían llegado a Italia, no tenían ningún monumento que visitar.

Ninguna fotografía que hacerse.

Ningún plan.

Solo pasear.

—¿Sabes qué voy a echar de menos? —preguntó Danna. —¿Italia?

Ella negó con la cabeza.

—También.

Pero me refiero a esto.

Andrés miró a su alrededor.

—¿Pasear?

—Pasear contigo.

Él sonrió.

—Podemos hacerlo en España.

—No será igual.

—¿Por qué?

Danna observó las fachadas iluminadas de los edificios.

—Porque aquí todo parece más bonito.

Andrés la miró durante unos segundos.

Después respondió con una sonrisa.

—Creo que no es Roma.

—¿Entonces?

—Creo que eres tú.

Danna sintió cómo el corazón se aceleraba. Le dio un pequeño golpe en el brazo.

—Cada día eres más cursi.

—Y cada día protestas menos.

Ella no pudo evitar reír.

Continuaron caminando hasta llegar a una pequeña plaza donde un violinista interpretaba una melodía lenta.

Varias parejas bailaban alrededor.

Unos niños corrían detrás de unas palomas.

Y una pareja de ancianos permanecía sentada en un banco, cogidos de la mano.

Danna se quedó observándolos.

Sonrió.

—¿Qué miras? —preguntó Andrés.

—A ellos.

Él siguió su mirada.

Los dos permanecieron en silencio durante unos segundos.

—¿Sabes qué pienso? —dijo Andrés.

—¿Qué?

—Que ojalá dentro de muchos años sigan mirándose así.

Danna sonrió. —Yo creo que sí.

Reanudaron el paseo.

Las calles empezaban a estar menos concurridas.

Las luces amarillas de las farolas iluminaban el suelo de piedra.

De repente, Danna tropezó ligeramente con un adoquín levantado.

—¡Uy!

Antes de que pudiera perder el equilibrio, Andrés reaccionó por instinto.

Le sujetó la mano.

Durante un instante ninguno dijo nada.

Solo se miraron.

Danna sintió el calor de la mano de Andrés rodeando la suya.

Él también parecía haberse quedado inmóvil.

—Perdón... —dijo Danna, un poco nerviosa.

Él sonrió.

—¿Por qué?

—No sé… soy muy torpe

Danna miró sus manos.

Seguían unidas. Podían soltarse.

Pero ninguno de los dos lo hizo.

Volvieron a caminar.

Esta vez...

Sin separarlas.

No hablaban.

Tampoco hacía falta.

Las manos entrelazadas decían mucho más que cualquier conversación.

Danna sonrió sin apartar la vista del suelo.

—¿Qué?

—Nada.

—Te estás riendo.

Ella levantó la cabeza.

—Es que...

Nunca había imaginado que la primera vez que te cogiera de la mano sería así.

Andrés bajó la mirada.

—Yo tampoco.

Pensaba que tendría que pedir permiso. Ella empezó a reír.

—Pues menos mal que no lo has hecho.

—¿Por?

—Porque habría dicho que sí igual.

Los dos se quedaron completamente callados.

Andrés notó cómo el corazón le latía con fuerza.

Nunca una respuesta tan sencilla le había hecho tan feliz.

Continuaron caminando hasta un pequeño puente desde el que se veía el río Tíber.

Se apoyaron en la barandilla.

Pero ninguno soltó la mano del otro.

El viento movía suavemente el pelo de Danna.

Roma estaba tranquila.

Como si también quisiera detener el tiempo.

—¿Te acuerdas del capítulo uno? —preguntó Andrés.

Ella soltó una carcajada.

—¿Capítulo uno?

—Bueno...

Del primer día.

—Mucho mejor. Los dos rieron.

—Jamás imaginé que un mensaje equivocado acabaría aquí.

Danna miró sus manos unidas.

Después lo miró a él.

—Yo tampoco.

Y creo que es la casualidad más bonita de mi vida.

El reloj marcaba casi las diez cuando decidieron regresar.

A lo lejos ya podían ver a sus familias esperándolos.

Antes de llegar, Andrés se detuvo.

La miró.

—¿Sabes una cosa?

—¿Cuál?

—Creo que ya no necesito el móvil para sentir que estás cerca.

Danna sonrió.

Apretó suavemente su mano.

—Yo tampoco.

Solo entonces la soltaron.

No porque quisieran.

Sino porque iban a reunirse con sus familias. Pero ambos sabían que, de alguna manera, aquella distancia ya nunca volvería a ser la misma.

Esa noche, Danna abrió la libreta azul antes de acostarse.

Escribió despacio:

"Hoy entendí que hay manos que no sujetan para que no caigas. Sujetan para que quieras seguir caminando."

Cerró la libreta.

Miró la pulsera que llevaba en la muñeca.

Y sonrió.

Porque, sin darse cuenta, el espacio que antes ocupaban los mensajes... ahora empezaba a llenarse de recuerdos reales.