Número Equivocado Capítulo 38 El atardecer más bonito
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Capítulo 38 El atardecer más bonito

Martes, 19 de agosto 09:12

Danna abrió las cortinas de la habitación.

La ciudad ya estaba completamente despierta.

Los coches recorrían las calles, las cafeterías comenzaban a llenarse y el aroma del café italiano llegaba incluso hasta la ventana del hotel.

Sonrió.

Era su segundo día completo en Roma.

Y todavía le costaba creer que todo aquello fuera real.

Cogió el móvil.

Andrés: Buenos días, pesada.

Ella empezó a reír.

Danna: ¿Algún día dejarás de escribirme antes de vernos?

Andrés: No.

Danna: ¿Por qué?

Andrés: Porque fue así como empezó todo. Danna leyó el mensaje una segunda vez.

Tenía razón.

Todo había empezado con un simple "Hola".

Y, aunque ahora solo les separara un pasillo del hotel, ninguno quería perder aquella costumbre.

Después del desayuno, las dos familias decidieron visitar el Castillo de Sant'Angelo y caminar hasta la Plaza de San Pedro.

Mientras los adultos hablaban entre ellos, Andrés y Danna caminaban unos pasos por detrás.

—¿Sabes qué estaba pensando? —preguntó Andrés.

—¿Qué?

—Que eres mucho más habladora en persona de lo que imaginaba.

Danna abrió mucho los ojos.

—¿Eso es bueno o malo?

—Buenísimo.

—¿Por qué?

—Porque por mensajes siempre pensaba que te quedabas cosas sin decir.

Ella sonrió.

—Y tú haces más bromas en persona. —¿Demasiadas?

—Las justas.

Al llegar a la Plaza de San Pedro, ambos levantaron la cabeza al mismo tiempo.

El lugar era inmenso.

Había personas de todas partes del mundo.

Durante unos minutos caminaron sin decir una sola palabra.

Simplemente observaban.

—Es increíble... —susurró Danna.

Andrés asintió.

—Sí.

Pero creo que lo recordaré más por con quién estoy que por el sitio.

Ella sintió cómo el corazón empezaba a latir un poco más deprisa.

No respondió.

Solo caminó un poco más cerca de él.

Después de comer, las familias decidieron dividirse durante un rato.

Los hombres fueron a tomar un café a una terraza cercana.

Les dijeron a Danna y Andrés que podían pasear por la plaza todo lo que quisieran, se habían ganado la confianza de ambos. Era la primera vez que estaban prácticamente solos.

Los dos caminaron despacio.

Sin prisa.

Sin mirar el reloj.

Entraron en una pequeña tienda de recuerdos.

Había llaveros, postales, tazas y pequeñas maquetas del Coliseo.

Danna cogió una postal con un dibujo de Roma al atardecer.

—Es preciosa.

Andrés la miró.

—¿Verdad?

Ella asintió con la cabeza.

Y en un descuido, apareció Andrés con la postal y acompañado de un:

—Te lo mereces, preciosa.

Ella empezó a sonrojarse y dejó escapar una tierna sonrisa.

Al salir de la tienda, Andrés se quedó unos segundos mirando un puesto de pulseras hechas a mano.

Había una de hilo azul.

Y otra de hilo beige.

Las dos llevaban una pequeña estrella de plata. Sin decir nada, las compró.

Danna lo observó curiosa.

—¿Qué has hecho ahora?

Él sonrió.

—Espera.

Cuando estuvieron sentados en un banco, abrió la bolsita.

Sacó las dos pulseras.

—Quería preguntarte una cosa.

Ella lo miró sorprendida.

—Dime.

—¿Te gustaría que lleváramos la misma?

Danna sintió un cosquilleo en el estómago.

—¿Como una amistad?

Andrés sonrió.

—Como un recuerdo.

Ella no tardó ni un segundo.

—Sí.

Él cogió la pulsera azul.

Con un poco de nervios, la ató alrededor de la muñeca de Danna.

Después ella hizo lo mismo con la beige.

Los dos levantaron las manos al mismo tiempo.

Sonrieron.

—Ahora sí.

—¿Qué?

—Aunque volvamos a España...

Siempre llevaremos un trocito de Roma.

Cuando empezó a caer la tarde, caminaron hasta un mirador desde el que podía verse gran parte de la ciudad.

El cielo comenzaba a teñirse de tonos naranjas y rosados.

Danna apoyó los brazos sobre la barandilla.

—Creo que nunca había visto un atardecer tan bonito.

Andrés no respondió.

Ella giró la cabeza.

Él la estaba mirando.

No el cielo.

A ella.

—¿Qué pasa?

Andrés sonrió con timidez.

—Que yo sí. Danna notó cómo sus mejillas se calentaban.

Bajó la mirada.

No sabía qué decir.

Por primera vez desde que se conocían...

Los dos permanecieron en silencio.

Un silencio diferente.

No incómodo.

Solo lleno de cosas que todavía ninguno se atrevía a decir.

El viento movió suavemente el pelo de Danna.

Ella se apartó un mechón detrás de la oreja.

Andrés respiró hondo.

Por un momento estuvo a punto de cogerle la mano.

Estuvo realmente a punto.

Pero los nervios pudieron más.

Y simplemente sonrió.

Mientras regresaban hacia donde estaban sus familias, Danna rompió el silencio.

—¿Sabes una cosa?

—¿Cuál?

—Me alegro muchísimo de haber contestado aquel mensaje. Andrés soltó una pequeña risa.

—Yo también.

Porque si no me hubiera equivocado de número...

Nunca habría conocido a la persona que está haciendo que este viaje sea inolvidable.

Ella lo miró.

Sonrió.

Y, sin pensarlo demasiado...

Le dio un pequeño empujón con el hombro.

—Qué cursi eres.

—Muchísimo.

Los dos comenzaron a reír.

Y siguieron caminando por las calles de Roma, con las pulseras brillando bajo la luz del atardecer.

Aquella noche, antes de dormir, Danna escribió una nueva frase en la libreta que Andrés le había regalado.

"Hay ciudades que enamoran por sus monumentos. Roma me enamoró por las personas que caminaban a mi lado."

Cerró la libreta. Miró la pulsera de su muñeca.

Sonrió.

Y comprendió que algunos recuerdos no necesitaban fotografías para quedarse contigo toda la vida.