Capítulo 37 Roma también sonríe
Lunes, 18 de agosto 08:34
El sonido de las campanas de una iglesia cercana despertó a Danna.
Abrió lentamente los ojos y tardó unos segundos en recordar dónde estaba.
Las cortinas de la habitación dejaban pasar la luz del sol y, al otro lado de la ventana, podía verse parte de los tejados de Roma.
Sonrió.
No era un sueño.
Estaba en Italia.
Y, por primera vez desde que todo había empezado, Andrés estaba a solo unos metros de distancia.
Cogió el móvil por costumbre.
Tenía un mensaje recibido hacía apenas un minuto.
Andrés: Buenos días, pesada.
Danna sonrió.
Danna: Buenos días. Danna: Sigues escribiéndome aunque estemos en el mismo hotel.
La respuesta llegó enseguida.
Andrés: Las costumbres no se pierden tan fácil.
Ella soltó una pequeña risa.
Danna: Nos vemos abajo en media hora.
Andrés: Allí estaré.
Media hora después, los dos adultos coincidieron en el comedor del hotel.
El aroma del café recién hecho llenaba la sala mientras varios turistas hablaban en distintos idiomas.
Danna apareció con un vestido blanco sencillo y unas zapatillas cómodas.
Al verla entrar, Andrés dejó de remover el zumo.
No dijo nada.
Simplemente sonrió.
Ella se acercó hasta la mesa.
—Buenos días.
—Buenos días —respondió él.
—¿Qué?
—Nada. —¿Seguro?
Andrés negó con la cabeza.
—Es que...
Te queda muy bien ese vestido.
Danna sintió cómo las mejillas empezaban a calentarse.
Bajó la mirada con una sonrisa tímida.
—Gracias.
Irene, la hermana de Andrés, carraspeó exageradamente.
—¿Podéis desayunar antes de que me dé diabetes?
Todos comenzaron a reír.
Después del desayuno decidieron caminar hasta el Coliseo.
Aunque el día anterior ya lo habían visto desde fuera, aquella mañana iban a visitarlo por dentro.
Las calles de Roma estaban llenas de vida.
Pequeñas cafeterías.
Músicos tocando el violín.
Personas sentadas en las terrazas disfrutando del buen tiempo.
Danna no sabía hacia dónde mirar.
Todo le parecía precioso.
—¿Sabes qué? —preguntó Andrés. —¿Qué?
—Llevas sonriendo desde que salimos del hotel.
Ella miró alrededor.
—¿Y cómo no voy a sonreír?
Mira esto.
Andrés no miró los edificios.
La miró a ella.
—Sí.
Ya estoy mirando.
Danna sintió un cosquilleo en el estómago.
Le dio un pequeño golpe en el brazo.
—No seas cursi.
—No lo intento.
Solo digo la verdad.
Cuando llegaron al Coliseo, ambos se quedaron impresionados.
Habían visto cientos de fotografías.
Pero ninguna hacía justicia a lo enorme que era.
Entraron junto a sus familias y comenzaron la visita. Mientras el guía explicaba la historia del lugar, Andrés se acercó un poco más a Danna.
—Tengo una duda.
Ella lo miró.
—¿Cuál?
—¿Te acuerdas de la lista?
Danna sonrió.
¿Cómo olvidarla?
La primera lista que habían hecho juntos.
—Claro.
—Pues creo que podemos tachar una cosa.
Ella levantó una ceja.
—¿Cuál?
—Conocer Italia.
Danna sonrió mientras sacaba el móvil.
Abrió las notas.
Buscó aquella lista escrita semanas atrás.
Con una sonrisa enorme escribió:
C onocer ̶Ita̶lia.̶ Los dos se quedaron mirando la pantalla durante unos segundos.
No parecía gran cosa.
Pero significaba mucho.
Era el primer sueño que cumplían juntos.
Después de la visita decidieron pasear sin rumbo.
Sin mapas.
Sin prisas.
Solo caminando.
Entraron en pequeñas tiendas.
Probaron un trozo de pizza italiana.
Compraron un imán para la nevera.
Y discutieron durante casi diez minutos porque Andrés aseguraba que el mejor helado era el de vainilla.
—Chocolate —insistía Danna.
—Vainilla.
—Chocolate.
—Vainilla.
El heladero los observó divertido.
Finalmente les preparó un helado mitad chocolate y mitad vainilla.
—Así dejáis de discutir.
Los dos empezaron a reír.
—Ha ganado él —dijo Andrés.
—No.
Ha ganado el heladero.
Al caer la tarde llegaron a una plaza llena de artistas callejeros.
Un hombre tocaba el violín mientras varias parejas bailaban alrededor.
Danna se quedó observando la escena.
—Qué bonito...
Andrés la miró unos segundos.
Después extendió la mano.
Ella lo observó sorprendida.
—¿Qué haces?
—Invitarte a bailar.
Los ojos de Danna se abrieron de golpe.
—¿Aquí?
—¿Por qué no?
Ella empezó a reír.
—Porque no sé bailar. —Yo tampoco.
—Entonces haremos el ridículo.
Andrés sonrió.
—Pero lo haremos juntos.
Danna dudó unos segundos.
Después colocó su mano sobre la de él.
No bailaban especialmente bien.
De hecho, Andrés casi le pisó el pie dos veces.
Y Danna no podía dejar de reír.
Pero ninguno de los dos parecía preocupado por hacerlo perfecto.
Solo querían disfrutar del momento.
Cuando terminó la música, ambos seguían riéndose.
—Creo que nunca volverán a dejarnos bailar aquí —bromeó Danna.
—Seguramente nos han prohibido la entrada.
Aquella noche regresaron al hotel cansados.
Las familias subieron a descansar.
Antes de despedirse en el pasillo, Andrés miró a Danna.
—Hoy ha sido uno de los mejores días de mi vida. Ella sonrió.
—Del mío también.
Él metió las manos en los bolsillos.
—¿Sabes qué es lo mejor?
—¿Qué?
—Que todavía nos quedan seis días aquí.
Danna levantó la vista.
Era verdad.
Aquel viaje acababa de empezar.
Y aún les quedaban muchos recuerdos por crear.
Sonrió.
—Entonces será mejor aprovecharlos.
Andrés asintió.
—Buenas noches, pesada.
Ella soltó una pequeña risa.
—Buenas noches, pesado.
Los dos entraron en sus habitaciones. Y, antes de dormirse, Danna abrió la libreta que Andrés le había regalado.
Escribió con cuidado:
18 de agosto.
Hoy entendí que hay ciudades preciosas… pero todavía son más bonitas cuando las descubres con la persona adecuada.
Cerró la libreta.
Apagó la luz.
Y sonrió. Porque el viaje de sus sueños apenas acababa de comenzar.