Capítulo 36 Italia, por fin
Domingo, 17 de agosto 10:42
Danna llevaba más de media hora mirando por la ventanilla del avión.
Debajo de las nubes comenzaban a distinguirse pequeñas carreteras, campos y edificios que parecían piezas colocadas cuidadosamente sobre un mapa.
Italia.
De verdad estaba viajando a Italia.
Y lo más increíble no era el país.
Era la persona que la esperaba allí.
—Como sigas apretando el móvil así, vas a romperlo —dijo su tío desde el asiento de al lado.
Danna aflojó los dedos y soltó una pequeña risa. —Estoy nerviosa.
—Eso ya lo había notado.
—¿Tanto se nota?
Su tío la miró con una sonrisa.
—Desde que salimos de casa has comprobado la hora unas treinta veces.
Danna volvió a mirar la pantalla.
No había ningún mensaje nuevo.
Andrés también estaría volando en aquel momento. Sus familias habían salido desde aeropuertos distintos y habían acordado encontrarse en el hotel de Roma.
La idea seguía pareciéndole imposible.
Unos días atrás hablaban de Italia como si fuera un sueño lejano. Una promesa para dentro de muchos años.
Ahora tenía una maleta a sus pies, un billete de avión en el bolso y una reserva de hotel donde también aparecía el apellido de la familia de Andrés.
Abrió la conversación.
El último mensaje era de aquella mañana.
Andrés: La próxima vez que te escriba, estaremos en el mismo país.
Danna sonrió y volvió a leer su respuesta. Danna: Intenta no perderte antes de llegar.
Andrés: Si me pierdo, tendrás que encontrarme.
Danna: Qué responsabilidad.
Andrés: Tú empezaste contestando a un desconocido. Ya no puedes abandonarme ahora.
Una voz anunció que pronto comenzarían el descenso.
Danna guardó el móvil.
Su corazón empezó a latir con más fuerza.
Ya no quedaban semanas.
Ni días.
Apenas unas horas.
Andrés estaba sentado junto a la puerta de embarque de otro aeropuerto, moviendo una pierna sin parar.
Habían aterrizado antes que Danna, pero todavía tenían que recoger las maletas y llegar al hotel.
Su padre lo observaba desde el asiento de enfrente.
—Vas a hacer un agujero en el suelo.
Andrés detuvo la pierna.
—No estoy nervioso.
Su hermana Irene soltó una carcajada.
—Claro que no. —No lo estoy tanto.
—Te has peinado cuatro veces desde que bajamos del avión —añadió ella.
Andrés se pasó una mano por los rizos negros.
—El vuelo me lo ha aplastado.
—Y ahora lo estás empeorando.
—Gracias por el apoyo.
Irene sonrió con picardía.
—Cuando vea a Danna voy a contarle que casi te dejas el pasaporte en casa.
—Ni se te ocurra.
—También puedo contarle que no dormiste anoche.
—Irene.
Su padre intervino antes de que empezaran a discutir.
—Déjalo respirar. Ya está suficientemente nervioso.
Andrés cogió el móvil.
Seguía sin tener mensajes de Danna.
Miró el estado de su vuelo. Había aterrizado hacía pocos minutos.
Una sonrisa apareció en su rostro.
Ya estaba en Italia. Apenas unos kilómetros los separaban.
Por primera vez, la distancia entre ellos no se medía en ciudades ni en horas de viaje.
Solo en el tiempo que tardaran en llegar al mismo hotel.
El trayecto desde el aeropuerto hasta Roma se le hizo eterno a Danna.
Intentaba prestar atención a lo que veía por la ventana: las calles, los edificios antiguos, los carteles escritos en italiano y las motocicletas que aparecían por todas partes.
Pero sus pensamientos siempre regresaban al mismo lugar.
¿Cómo sería verlo?
Habían hecho videollamadas. Conocía su sonrisa, sus gestos y la forma en la que se tocaba el pelo cuando estaba nervioso.
Aun así, verlo delante de ella sería diferente.
Ya no podría apagar la cámara si se ponía demasiado nerviosa.
No tendría tiempo para borrar una respuesta y escribir otra.
Todo sería real.
—¿Estás arrepentida? —preguntó su tío.
Danna levantó la vista.
—No.
—¿Segura?
Miró las calles de Roma a través del cristal. —Tengo miedo, pero no quiero volver atrás.
Su tío le apretó suavemente la mano.
—Entonces estás haciendo lo correcto.
El móvil vibró.
Danna lo cogió tan rápido que casi se le cayó.
Andrés: Hemos llegado al hotel.
Su corazón dio un salto.
Danna: Nosotros estamos a diez minutos.
Los tres puntos aparecieron inmediatamente.
Andrés: ¿Diez minutos de verdad o diez minutos de tío?
Danna soltó una risa.
Danna: De conductor italiano. Así que pueden ser tres o treinta.
Andrés: Perfecto. Nada estresante.
Danna: ¿Estás nervioso?
La respuesta tardó un poco más.
Andrés: Muchísimo.
Danna sonrió.
Danna: Yo también.
Andrés: Menos mal. Danna: ¿Por qué?
Andrés: Porque no quiero ser el único que olvide cómo hablar.
Ella apoyó el móvil sobre las piernas.
Era exactamente lo que necesitaba leer.
Cuando el coche se detuvo frente al hotel, Danna sintió que el estómago se le llenaba de mariposas.
El edificio era antiguo, de paredes color crema y balcones pequeños decorados con flores. Sobre la entrada había un letrero dorado y, a través de los ventanales, podía verse un vestíbulo amplio iluminado por enormes lámparas.
Su tío bajó primero para sacar las maletas.
Danna permaneció sentada.
—Tenemos que entrar —dijo su tío con suavidad.
—Ya lo sé.
—No parece.
Danna respiró profundamente.
Abrió la puerta.
El aire cálido de Roma la envolvió de inmediato.
Cada paso hacia la entrada parecía hacer que el corazón le latiera más deprisa.
Entraron en el hotel. Había varias personas esperando junto a la recepción. Familias con maletas, una pareja hablando con el recepcionista y un grupo de turistas consultando un mapa.
Danna buscó entre todos ellos.
No lo vio.
Sintió una mezcla extraña de alivio y decepción.
Quizá todavía estaba en su habitación.
Quizá había salido.
Quizá—
—Creo que estás buscando a alguien —susurró su tío.
Danna siguió la dirección de su mirada.
Y entonces lo vio.
Estaba al otro lado del vestíbulo, cerca de una de las ventanas.
Llevaba una camiseta blanca, unos vaqueros oscuros y las manos metidas en los bolsillos. Su pelo negro y rizado estaba mucho más arreglado que en las videollamadas.
Andrés también la estaba mirando.
Ninguno se movió.
Durante unos segundos, el ruido del hotel pareció desaparecer.
Danna conocía aquel rostro.
Lo había visto en fotografías. En llamadas.
En capturas de pantalla que nunca admitiría haber guardado.
Pero verlo allí era completamente diferente.
Era real.
Andrés sacó lentamente las manos de los bolsillos.
Sonrió.
La misma sonrisa que ella reconocería entre miles.
Danna sintió que todos los nervios se transformaban en algo más cálido.
En ilusión.
En tranquilidad.
En la certeza de que había llegado al lugar correcto.
Andrés empezó a caminar hacia ella.
Danna hizo lo mismo.
Cuando estuvieron a pocos pasos, ambos se detuvieron.
—Hola… —dijo él.
Ella levantó una ceja.
—¿Solo hola?
Andrés tardó un segundo en entenderlo.
Entonces sonrió todavía más. —Hola, pesada.
Danna soltó una risa que llevaba conteniendo desde que había entrado.
—Hola, pesado.
Los dos se quedaron mirándose.
Habían imaginado aquel momento demasiadas veces.
En algunas versiones se abrazaban enseguida.
En otras no conseguían pronunciar una sola palabra.
La realidad resultó ser una mezcla de ambas.
—¿Puedo darte un abrazo? —preguntó Andrés.
Danna sintió cómo se le calentaban las mejillas.
Asintió.
—Claro.
Andrés abrió los brazos con cierta timidez.
Ella se acercó.
El abrazo comenzó con cuidado, como si ambos tuvieran miedo de hacer algo mal. Pero, después de unos segundos, Danna apoyó la mejilla sobre su hombro y Andrés la rodeó un poco más fuerte.
No fue un abrazo perfecto.
Las asas del bolso de Danna quedaron atrapadas entre los dos y Andrés casi pisó una de sus maletas al separarse. Pero fue real.
Y eso lo convirtió en el mejor abrazo que cualquiera de los dos había imaginado.
—Casi me caigo —dijo él.
Danna empezó a reír.
—Habría sido una primera impresión inolvidable.
—Todavía estamos a tiempo.
—Ni se te ocurra.
Las familias se acercaron sonriendo.
Los hombres se saludaron primero. Habían hablado varias veces por teléfono para organizar el viaje, pero también era la primera vez que se veían.
Irene se colocó junto a Andrés y observó a Danna con curiosidad.
—Así que tú eres la chica del número equivocado.
Danna sonrió.
—Y tú debes de ser la hermana que conoce todas sus vergüenzas.
Andrés abrió mucho los ojos.
—No llevamos ni cinco minutos y ya os habéis aliado.
—Era inevitable —respondió Irene.
Todos comenzaron a reír. El ambiente se volvió mucho más cómodo.
Los adultos se dirigieron a la recepción para completar el registro. Mientras esperaban, Danna y Andrés se quedaron unos pasos detrás.
No sabían muy bien qué hacer con las manos.
Ni hacia dónde mirar.
Cada pocos segundos sus ojos se encontraban y los dos sonreían.
—Eres más alta de lo que parecía en la pantalla —dijo Andrés.
—Tú tienes el pelo más rizado.
Él se lo tocó instintivamente.
—El avión.
—Claro. Toda la culpa es del avión.
—Exacto.
Volvieron a reír.
Danna se dio cuenta de que su madre tenía razón.
No iba a ser igual que hablar a través del móvil.
Era mejor.
Había nervios y momentos torpes, sí. Pero también estaban sus gestos, su risa sin altavoces y la forma en la que la miraba cuando ella hablaba.
Después de dejar las maletas en las habitaciones, los adultos acordaron salir a comer juntos.
Caminaron por las calles de Roma, rodeados de edificios antiguos, balcones llenos de plantas y pequeñas cafeterías con mesas en las aceras.
Danna y Andrés avanzaban unos pasos detrás de sus padres.
Al principio, ninguno sabía qué decir.
—Qué raro se hace no tener que esperar a que respondas — comentó Andrés.
Danna sonrió.
—Ahora no puedo borrar lo que digo.
—Yo tampoco.
—Eso puede ser peligroso.
—Muchísimo.
Pasaron frente a una heladería.
Andrés se detuvo.
—Tenemos una deuda pendiente.
Danna miró el escaparate lleno de sabores.
—¿La lista?
—La lista.
Los adultos aceptaron detenerse. Danna eligió chocolate. Andrés pidió vainilla, aunque aseguró que solo lo hacía para poder probar el de ella.
—Pide chocolate tú también —dijo Danna.
—Eso sería demasiado fácil.
—No voy a darte del mío.
—Ya veremos.
Cinco minutos después, Andrés había conseguido probarlo.
Danna negó con la cabeza.
—Eres insoportable.
—Pero has compartido.
—Porque me estabas dando pena.
—Mentira.
Ella lo miró sorprendida.
—¿Cómo lo sabes?
Andrés sonrió.
—Porque ya te conozco un poquito.
La frase era la misma que había escrito semanas atrás.
Pero escucharla en persona hizo que sonara diferente.
Más cercana.
Danna bajó la mirada hacia su helado para esconder la sonrisa. Por la tarde llegaron frente al Coliseo.
Danna se detuvo en cuanto lo vio.
El edificio se alzaba ante ellos, enorme y dorado bajo la luz del sol. Había turistas por todas partes, cámaras, guías y vendedores de recuerdos.
Pero ella solo podía pensar en aquella conversación.
La primera foto tiene que ser delante del Coliseo.
Miró a Andrés.
Él ya la estaba mirando.
—Te acuerdas —dijo ella.
—Claro que me acuerdo.
Andrés sacó el móvil.
Buscaron un lugar desde el que se viera bien el monumento. Irene se ofreció a hacerles la fotografía.
Danna se colocó junto a Andrés.
Al principio dejaron cierta distancia entre ambos.
Irene bajó el teléfono.
—Así parece que no os conocéis.
—Es la primera vez que nos vemos —protestó Andrés.
—Lleváis semanas hablando. Acercaos.
Danna soltó una risa. Andrés dio un pequeño paso hacia ella.
Sus hombros se rozaron.
Ambos se quedaron quietos durante un instante.
—¿Preparados? —preguntó Irene.
Andrés miró a Danna.
—¿Esta era la promesa, no?
Ella asintió.
—La primera foto.
Los dos sonrieron.
Irene pulsó el botón.
La imagen capturó el Coliseo detrás de ellos, la luz del atardecer y dos personas que, semanas atrás, no sabían que la otra existía.
Cuando vieron la fotografía, Danna sintió un nudo en la garganta.
No era perfecta.
El pelo de Andrés estaba todavía más despeinado por el viento y Danna tenía los ojos entrecerrados por el sol.
Pero era suya.
La primera foto juntos.
—Voy a guardarla en favoritos —dijo Andrés. —Yo también.
—Y esta vez no es una captura de pantalla.
Danna sonrió.
—Esta vez estábamos en el mismo lugar.
Aquella noche, después de cenar, las familias regresaron al hotel.
Antes de entrar en sus habitaciones, Danna y Andrés se quedaron unos segundos en el pasillo.
—Ha sido raro —dijo ella.
Andrés levantó una ceja.
—¿Raro mal?
—Raro bien.
—Menos mal.
Danna lo observó.
Apenas habían pasado unas horas desde que se habían conocido en persona y, aun así, sentía que algo había cambiado.
No lo que sentía por él.
Eso seguía igual.
Lo que había cambiado era la distancia. Ahora podía poner un recuerdo real detrás de cada mensaje.
Sabía cómo sonaba su risa en una calle llena de gente.
Cómo caminaba cuando estaba nervioso.
Cómo la miraba antes de hacer una broma.
—Gracias por venir —dijo Andrés.
—Tú también has venido.
—Ya, pero…
Hizo una pausa.
—Gracias por confiar en mí.
Danna sonrió.
—Gracias por escribir aquel mensaje.
Andrés soltó una pequeña risa.
—Otra vez hemos vuelto al principio.
—Siempre volvemos.
Hubo unos segundos de silencio.
Después él abrió los brazos.
—¿Otro abrazo?
Danna se acercó sin dudar tanto como la primera vez.
—Otro. Esta vez el abrazo fue más natural.
Más tranquilo.
Cuando se separaron, ambos seguían sonriendo.
—Buenas noches, pesada —dijo Andrés.
—Buenas noches, pesado.
Danna entró en su habitación.
Dejó el bolso sobre la cama y sacó el móvil.
Tenía un mensaje nuevo.
Andrés: Ya te echo de menos.
Ella soltó una carcajada.
Solo los separaban unas pocas habitaciones.
Danna: Estamos en el mismo hotel.
Andrés: Lo sé.
Danna: Eres un exagerado.
Andrés: También lo sé.
Danna se tumbó en la cama y abrió la fotografía del Coliseo.
La observó durante varios segundos.
Después la guardó en la carpeta que había creado semanas atrás.
Italia, algún día. Cambió el nombre.
Italia, por fin.
Sonrió antes de apagar la pantalla.
El viaje acababa de empezar.
Y, por primera vez desde aquel mensaje equivocado, Danna y Andrés ya no necesitaban imaginar cómo sería estar juntos.
Ahora tenían Roma.
Un helado compartido.
Una fotografía frente al Coliseo.
Y varios días por delante para descubrir qué ocurría cuando dos personas que se habían conocido mediante palabras comenzaban a escribir su historia en el mismo lugar.