Número Equivocado Capítulo 35 Esta vez no quiero imaginarlo
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Capítulo 35 Esta vez no quiero imaginarlo

Viernes, 15 de agosto 21:37

El ramo seguía sobre el escritorio de Danna.

Su tío había buscado el jarrón más grande de la casa, pero ni siquiera así habían conseguido colocar todas las flores sin que algunas quedaran inclinadas hacia los lados. El peluche, en cambio, ocupaba casi media cama y parecía observarla desde la almohada con aquel lazo azul alrededor del cuello.

Danna llevaba todo el día sonriendo cada vez que entraba en su habitación.

Había leído la carta de Andrés tantas veces que ya conocía algunas frases de memoria.

Gracias por aparecer en mi vida por un simple error.

Pasó el dedo suavemente por la tinta.

La letra de Andrés era especialmente bonita. Algunas palabras estaban inclinadas y otras parecían escritas con demasiada prisa. Pero aquello hacía que la carta fuera todavía más suya.

No era un mensaje en una pantalla.

Él había sostenido aquel papel.

Había pensado cada frase. La había escrito para ella.

Danna volvió a doblarla con cuidado y la guardó dentro del sobre.

Justo entonces, el móvil vibró sobre la cama.

Andrés: ¿Cómo sigue la cumpleañera?

Ella sonrió y se sentó junto al peluche.

Danna: Un día más vieja.

Andrés: Dramática.

Danna: Tengo diecisiete. Ya puedo quejarme de la edad.

Andrés: Yo también tengo diecisiete.

Danna: Pero a ti te queda menos para los dieciocho.

Andrés: No me lo recuerdes.

Danna soltó una pequeña risa.

Danna: ¿Te da miedo hacerte mayor?

Andrés tardó unos segundos en responder.

Andrés: Un poco.

Danna: ¿Por qué?

Los tres puntos aparecieron y desaparecieron varias veces.

Andrés: Porque todo el mundo espera que tengas claro lo que vas a hacer con tu vida.

Andrés: Y yo todavía no sé ni qué voy a desayunar mañana.

Ella se rio.

Danna: Eso sí que es preocupante.

Andrés: Muchísimo.

Danna apoyó la espalda en el cabecero.

Había algo especial en aquellas conversaciones. Podían pasar de una broma absurda a hablar de sus miedos sin que resultara extraño.

Danna: Yo tampoco tengo todo claro.

Andrés: ¿No?

Danna: No.

Danna: Pero creo que nadie lo tiene de verdad.

Andrés leyó el mensaje despacio.

Andrés: Tú siempre consigues tranquilizarme.

Danna sintió aquel pequeño cosquilleo que ya conocía demasiado bien.

Danna: Para eso estamos los números equivocados.

Andrés: Mi favorito, además.

Al otro lado de la ciudad, Andrés estaba sentado en el borde de su cama.

Había intentado concentrarse en una película, pero apenas sabía qué estaba ocurriendo. Llevaba todo el día pensando en la fotografía que Danna le había enviado esa mañana.

Aparecía abrazando el peluche, con el ramo detrás y una sonrisa enorme.

La había guardado en favoritos.

También la había mirado demasiadas veces.

Su padre pasó frente a la puerta y se detuvo al verlo con el móvil entre las manos.

—¿Le gustó el regalo?

Andrés levantó la vista.

—Mucho.

—Se nota.

—¿Por qué?

—Porque llevas desde ayer con la misma sonrisa.

Él negó con la cabeza, aunque no pudo evitar reírse.

Su padre entró en la habitación y se apoyó en el marco de la puerta.

—¿Cuándo vais a conoceros?

La pregunta lo dejó quieto.

—No lo sé.

—¿No habéis hablado de ello? —Sí. Muchas veces.

—¿Y qué os detiene?

Andrés bajó la mirada hacia la pantalla.

No había una sola respuesta.

Los nervios.

La distancia.

El miedo a que todo cambiara.

Y el hecho de que, hasta ese momento, imaginar aquel encuentro había sido mucho más sencillo que organizarlo de verdad.

—Creo que los dos tenemos miedo —admitió.

Su padre asintió.

—Eso es normal.

—¿Y si en persona no es igual?

—No será igual.

Andrés levantó la vista, sorprendido.

—Gracias por los ánimos.

Él soltó una risa.

—No he dicho que vaya a ser peor. Solo que será distinto. Una pantalla te permite pensar cada respuesta. En persona habrá silencios, nervios y momentos torpes.

—Eso no ayuda demasiado.

—La pregunta no es si será perfecto, Andrés. La pregunta es si quieres conocerla aunque no lo sea.

Él volvió a mirar la fotografía.

No necesitó mucho tiempo para encontrar la respuesta.

—Sí.

Su padre sonrió.

—Entonces habladlo con calma. En un lugar especial, durante una noche o tarde con un atardecer y con nosotros informados. No necesitas convertirlo en una misión secreta.

Andrés dejó escapar una pequeña risa.

—Tenía pensado aparecer debajo de su ventana con música.

—Ni se te ocurra.

Ambos rieron.

Pero, cuando su padre salió de la habitación, Andrés continuó pensando en sus palabras.

No quería seguir imaginando aquel día.

Quería vivirlo.

El móvil de Danna volvió a vibrar.

Andrés: Oye.

Danna: Dime.

Andrés: ¿Tus tíos saben toda nuestra historia?

Ella miró la pantalla con curiosidad.

Danna: Mi tío sabe bastante.

Andrés: ¿También sabe que quieres conocerme?

Danna tardó un poco más en responder.

Había mencionado a Andrés muchas veces. Su tío sabía cómo se habían conocido, conocía las llamadas y había visto el ramo que le había enviado.

Pero nunca se habían sentado a hablar seriamente sobre un encuentro.

Danna: Creo que lo sospecha.

Andrés: Eso no responde a mi pregunta.

Danna: Ya lo sé.

Andrés: Tramposa.

Ella sonrió.

Danna: Todavía no se lo he preguntado directamente.

Pasaron unos segundos.

Andrés: Yo acabo de hablar con mi padre.

El corazón de Danna dio un pequeño salto.

Danna: ¿Sobre nosotros?

Andrés: Sí.

Danna: ¿Y qué ha dicho?

Andrés: Que, si algún día quedamos, tiene que ser en un lugar especial, durante una noche o tarde con un atardecer y con nuestras familias sabiendo dónde estamos.

Danna leyó el mensaje dos veces.

No le parecía una condición extraña.

De hecho, la tranquilizaba.

Danna: Mi tío seguramente diría lo mismo.

Andrés: ¿Te parecería mal?

Danna: No.

Danna: Creo que sería lo mejor.

Andrés dejó el móvil sobre las piernas durante unos segundos.

Aquella respuesta le dió el valor que le faltaba.

Andrés: Entonces pregúntaselo.

Danna se quedó inmóvil.

Danna: ¿Ahora?

Andrés: Sí.

Danna: Andrés…

Andrés: No tienes que decir que sí a nada.

Andrés: Solo quiero saber si sería posible. Danna miró hacia la puerta de su habitación.

Su tío estaba abajo, viendo la televisión.

Podía ir hasta allí.

Sentarse junto a ella.

Contarle que quería conocer al chico que le había enviado las flores.

Parecía fácil.

No lo era.

Danna: Me da vergüenza.

Andrés: A mí también me dio.

Danna: ¿Y qué dijiste?

Andrés: “Papá, quiero conocer a la chica del número equivocado”.

Danna se echó a reír.

Danna: No dijiste eso.

Andrés: Casi.

Danna: Seguro que te pusiste rojo.

Andrés: Eso no se puede demostrar.

Ella sonrió, pero los nervios seguían allí.

Andrés: Ve.

Andrés: Yo me quedo aquí.

Danna: ¿Y si dice que no?

La respuesta llegó enseguida.

Andrés: Entonces esperaremos.

Andrés: No voy a desaparecer porque tengamos que esperar un poco más.

Danna respiró hondo.

Aquella frase le dio la tranquilidad que necesitaba.

Dejó el móvil sobre la cama y bajó las escaleras.

Su tío estaba sentado en el sofá con una taza de té entre las manos.

Al verla aparecer, bajó el volumen del televisor.

—¿Pasa algo?

—No.

Danna se sentó a su lado.

Durante unos segundos no dijo nada.

Su tío la observó con paciencia.

—Esa cara significa que quieres preguntarme algo.

—Puede ser.

—Te escucho. Danna juntó las manos sobre las piernas.

—Es sobre Andrés.

Su tío no pareció sorprendido.

—Me lo imaginaba.

—Llevamos bastante tiempo hablando.

—Lo sé.

—Y hemos hecho videollamadas. También conoces toda la historia.

—Y el peluche ocupa media habitación —añadió su tío con una sonrisa.

Danna soltó una pequeña risa.

—También.

Hizo una pausa.

—Queremos conocernos en persona.

Su tío dejó la taza sobre la mesa.

No respondió de inmediato.

Danna sintió cómo los nervios crecían en su estómago.

—¿Dónde? —preguntó finalmente.

—Todavía no lo sabemos.

—¿Cuándo? —Tampoco.

Su tío levantó una ceja.

—Tenéis el plan muy avanzado.

—Solo queríamos saber si nos dejaríais.

El hombre guardó silencio durante unos segundos.

—No voy a decirte que no sin escucharte. Pero tampoco voy a dejar que vayas sola a un lugar que no conozco para encontrarte con alguien a quien nunca has visto en persona.

—Hemos hecho videollamadas.

—Lo sé. Y eso ayuda. Pero sigues siendo mi responsabilidad.

Danna asintió.

No quería discutir porque entendía perfectamente su preocupación.

—Su padre ha dicho que tendría que ser en un lugar especial, durante una noche o tarde con un atardecer y con las dos familias informadas.

Aquello pareció tranquilizarlo.

—Eso ya suena mejor.

—Entonces… ¿podría?

Su tío la miró con ternura.

—Podríamos organizarlo. Quizá acompañarte y quedarme cerca. Sin estar sentado en vuestra mesa, prometido. Danna abrió mucho los ojos.

—¿De verdad?

—De verdad. Pero antes quiero hablar con su padre.

—Claro.

Una sonrisa enorme apareció en el rostro de Danna.

Abrazó a su tío casi sin darle tiempo a reaccionar.

—Gracias.

—Todavía no hemos fijado nada.

—Cómo lo de viajar a Italia para la primera cita?

Danna se apartó de golpe.

—¿Cómo sabes lo de Italia?

Su tío soltó una carcajada.

—Dejaste el portátil abierto con veinte fotografías de Roma.

Danna escondió la cara entre las manos.

—Qué vergüenza.

—Ve a contárselo antes de que piense que te he secuestrado.

Ella se levantó rápidamente y subió a su habitación.

Habían pasado casi veinte minutos.

Andrés no había enviado ningún mensaje durante ese tiempo. Solo estaba esperando.

Danna se sentó en la cama y escribió.

Danna: He hablado con él.

La respuesta llegó en menos de cinco segundos.

Andrés: ¿Y?

Danna quiso alargar el misterio.

Solo un poco.

Danna: Ha hecho muchas preguntas.

Andrés: Danna.

Danna: Muchísimas.

Andrés: Me vas a matar.

Ella soltó una risa.

Danna: Ha dicho que sí.

Durante varios segundos no llegó respuesta.

Después aparecieron los tres puntos.

Desaparecieron.

Volvieron a aparecer.

Andrés: ¿De verdad?

Danna: Sí.

Danna: Quiere hablar con tu padre y acompañarme, pero se quedaría cerca.

Andrés: Mi padre ha dicho exactamente lo mismo.

Danna sonrió.

De repente, ya no era un sueño lejano.

No era una lista.

Ni una conversación sobre cómo se imaginarían aquel día.

Ahora podía ocurrir de verdad.

Andrés: Entonces podemos hacerlo.

Ella apoyó el móvil sobre el corazón.

Los nervios empezaron a mezclarse con la ilusión.

Danna: Podemos hacerlo.

Hablaron durante casi una hora sobre los detalles.

Descartaron lugares demasiado alejados.

Buscaron opciones con vuelos directos.

Sitios para visitar en Italia.

Una heladería.

El coliseo romano.

La torre de pisa.

La Fontana di Trevi. Aquella última opción les gustó a los dos.

Andrés: La Fontana di Trevi y un helado.

Danna: Ya podemos tachar dos cosas de la lista.

Andrés: Todavía no.

Danna: ¿Por qué?

Andrés: Primero tenemos que conseguir no morir de nervios.

Ella se rio.

Danna: Eso no estaba en la lista.

Andrés: Debería.

Después llegó la pregunta más importante.

Andrés: ¿Cuándo?

Danna abrió el calendario.

El sábado siguiente parecía libre.

Pero faltaba más de una semana.

Entonces vio el domingo.

Domingo, 17 de agosto.

Solo faltaban dos días.

Su corazón empezó a latir con fuerza.

Danna: ¿Este domingo sería demasiado pronto? Andrés leyó el mensaje.

Se sentó más derecho sobre la cama.

Domingo.

Dos días.

Cuarenta y ocho horas.

Sintió miedo.

Pero también una certeza que llevaba semanas creciendo.

Ya no quería seguir esperando.

Andrés: Para mí no.

Danna respiró hondo.

Danna: Tendría que confirmarlo con mi tío.

Andrés: Yo también con mi padre.

Danna: Entonces mañana lo hablamos.

Andrés: Vale.

Pasaron unos segundos.

Andrés: Danna.

Danna: ¿Sí?

Andrés: ¿Estás asustada?

Ella miró el ramo de flores. Después el peluche.

La carta.

La conversación abierta en la pantalla.

Todo aquello había empezado con miedo.

Miedo a responder.

Miedo a enviar una foto.

Miedo a escuchar su voz.

Miedo a una videollamada.

Y, aun así, cada paso había merecido la pena.

Danna: Muchísimo.

Andrés: Yo también.

Danna: Eso no ayuda.

Andrés: A mí sí.

Andrés: Significa que no voy a ser el único al que le tiemblen las manos.

Danna sonrió.

Danna: Nos va a salir fatal.

Andrés: Seguramente.

Danna: Habrá silencios incómodos.

Andrés: Muchos. Danna: Y puede que no sepamos ni cómo saludarnos.

Andrés: Entonces podemos empezar como siempre.

Ella frunció el ceño.

Danna: ¿Cómo?

La respuesta de Andrés apareció unos segundos después.

Andrés: Tú me llamas pesado.

Andrés: Yo te llamo pesada.

Andrés: Y después improvisamos.

Danna soltó una carcajada.

De repente, todo parecía un poco menos aterrador.

Aquella noche, Andrés abrió la galería de su móvil.

Miró la fotografía de Danna abrazando el peluche.

Después abrió la carpeta de capturas de pantalla.

Leyó aquel mensaje que había guardado semanas atrás:

Creo que ha sido el mejor error que he cometido.

Sonrió.

Hasta ese momento, toda su relación había vivido dentro de un teléfono.

Mensajes.

Fotografías. Audios.

Llamadas.

Promesas.

Pero algo estaba a punto de cambiar.

Abrió el chat una última vez.

Andrés: Buenas noches, Danna.

Danna: Buenas noches.

Andrés: Quizá la próxima vez que te diga hola…

Andrés: No sea desde una pantalla.

Danna sintió un vuelco en el pecho.

Miró el mensaje durante varios segundos.

Después respondió:

Danna: Quizá esta vez el mensaje sí nos lleve al lugar correcto.

Apagó el móvil.

Se abrazó al peluche que Andrés le había enviado y cerró los ojos.

No sabía si el encuentro sería el domingo.

Todavía faltaban permisos, horarios y una conversación entre sus madres.

Pero, por primera vez, ya no hablaban de algún día. Hablaban de una fecha.

Y esa fecha estaba mucho más cerca de lo que cualquiera de los dos se sentía preparado para admitir.