Capítulo 34
Hay promesas que se cumplen
Jueves, 14 de agosto 00:00
Danna estaba tumbada en la cama.
Las luces de la habitación estaban apagadas.
Solo la iluminaba la pantalla del móvil.
Miró la hora.
23:59.
Sonrió.
No sabía por qué.
Pero tenía la sensación de que alguien iba a escribirle.
Los segundos parecían avanzar despacio.
Cinco…
Cuatro…
Tres…
Dos…
Uno. El móvil vibró.
00:00
Andrés: Feliz cumpleaños, pesada.
Los ojos de Danna se llenaron de brillo.
Sonrió de inmediato.
Había cumplido su promesa.
Era la primera persona en felicitarla.
Danna: ¿Has esperado despierto solo para esto?
Andrés: Claro.
Te prometí que sería el primero.
Y las promesas no se rompen.
Danna se quedó mirando la pantalla durante unos segundos.
No sabía cómo podía hacerle tanta ilusión un simple mensaje.
Pero no era un simple mensaje.
Era él.
La mañana transcurrió entre abrazos, llamadas y felicitaciones.
Su tío había preparado un desayuno especial y la casa estaba llena de globos y pequeñas decoraciones.
A media mañana sonó el timbre.
—¿Esperamos a alguien? —preguntó Danna. Su tío negó con la cabeza.
Fue a abrir la puerta.
Desde el pasillo se escuchó una voz.
—¿Es aquí donde vive Danna?
—Sí.
Un repartidor apareció con un enorme ramo de flores envuelto en papel blanco y un peluche de color crema con un lazo azul.
Danna abrió mucho los ojos.
—¿Eso… es para mí?
El repartidor sonrió.
—Sí.
Firme aquí, por favor.
Con las manos temblando, cogió el ramo.
Entre las flores había un pequeño sobre.
Reconoció el nombre de inmediato.
Para la cumpleañera más pesada que conozco.
Sonrió antes incluso de abrirlo.
Dentro había una carta escrita a mano.
Feliz cumpleaños, Danna. Ojalá pudiera darte este regalo en persona, pero, mientras ese día llega, quería que hoy supieras que alguien, aunque esté a kilómetros de distancia, ha pensado en ti desde que empezó el día.
Gracias por aparecer en mi vida por un simple error.
Espero que este sea el primero de muchos cumpleaños que pueda felicitarte.
Con cariño…
Andrés.
Cuando terminó de leer, levantó la vista.
Tenía los ojos llenos de lágrimas.
Su tío sonrió desde la cocina.
—¿Es de ese chico del que tanto hablas?
Danna asintió en silencio.
Abrazó el peluche con fuerza.
No porque fuera un regalo.
Sino porque detrás de él había tiempo.
Esfuerzo.
Y alguien que había querido hacerla feliz.
Un rato después cogió el móvil.
Danna: Eres idiota.
Andrés tardó apenas unos segundos en responder. Andrés: ¿Te ha llegado?
Danna: Sí.
Andrés: Pensaba que no iba a llegar a tiempo.
Danna sonrió mientras acariciaba una de las flores.
Danna: ¿Cómo has hecho esto?
Andrés: Llevo semanas ahorrando.
Ella dejó de respirar durante un instante.
Danna: ¿Semanas?
Andrés: Quería que tuvieras un cumpleaños especial.
Aunque yo no pudiera estar allí.
Danna sintió que el corazón se le encogía.
Nunca nadie había hecho algo así por ella.
Danna: No hacía falta…
Andrés: Sí hacía falta.
Porque te lo mereces.
Esa noche, antes de dormir, Danna colocó el ramo sobre su escritorio.
El peluche quedó sentado encima de la cama.
Miró la carta una vez más.
Después abrió el chat. Escribió un mensaje.
Lo borró.
Escribió otro.
También lo borró.
Finalmente envió uno muy sencillo.
Danna: Gracias por hacer que este haya sido el mejor cumpleaños de mi vida.
Andrés leyó el mensaje varias veces.
Sonrió.
Y respondió: Andrés: El año que viene intentaré superarlo.