Capítulo 33 El lugar perfecto
Miércoles, 13 de agosto 20:56
Danna llevaba toda la tarde pensando en la conversación del día anterior.
No podía dejar de imaginar aquel momento en el que, por fin, ella y Andrés se encontraran frente a frente.
Hasta hacía poco, la idea le provocaba más nervios que ilusión.
Ahora era diferente.
Seguía sintiendo miedo, claro.
Pero también tenía ganas.
Muchas.
Estaba sentada en la cama con el portátil abierto sobre las piernas cuando el móvil vibró.
Sonrió al instante.
Andrés: Ya estoy en casa.
Danna: ¿Qué tal el día?
Andrés: Largo.
Andrés: Pero ahora mejor. Danna negó con la cabeza mientras sonreía.
Danna: Cada vez eres más cursi.
Andrés: Y tú cada vez te quejas menos.
Ella soltó una pequeña risa.
No podía negarlo.
Durante unos minutos hablaron de sus días.
Andrés le contó que había ayudado a su padre en la tienda y que un cliente había pasado casi media hora intentando decidir entre dos cosas prácticamente iguales.
Danna le habló de la película que había visto con su madre y de cómo había terminado llorando aunque llevaba toda la tarde diciendo que no era triste.
Andrés: Te emocionas con facilidad.
Danna: Eso es mentira.
Andrés: Te emocionaste con la canción que te mandé.
Danna se quedó mirando la pantalla.
Danna: Eso fue diferente.
Andrés: Claro.
Andrés: Porque te la mandé yo.
Ella sintió cómo las mejillas empezaban a calentarse.
Danna: Qué creído eres. Andrés: Un poquito.
Pasaron unos segundos.
Después Andrés escribió:
Andrés: Oye…
Danna: Dime.
Andrés: He estado pensando en lo de vernos.
El corazón de Danna dio un pequeño salto.
Se incorporó sobre la cama.
Danna: Yo también.
Andrés: Pero no quiero buscar todavía una cafetería ni una plaza.
Danna frunció el ceño.
Danna: ¿Entonces?
Andrés: Quiero preguntarte algo diferente.
Los tres puntitos aparecieron y desaparecieron varias veces.
Finalmente llegó el mensaje.
Andrés: Si pudieras viajar a cualquier país del mundo…
Andrés: ¿Cuál elegirías?
Danna sonrió.
No esperaba esa pregunta. Dejó el móvil sobre las piernas y miró hacia la ventana.
Había demasiados lugares que quería conocer.
Danna: Es difícil.
Andrés: Tienes que elegir.
Danna: ¿Solo uno?
Andrés: Bueno…
Andrés: Podemos hacer una lista.
Ella soltó una risa.
Danna: A ti te encantan las listas.
Andrés: Funcionan.
Danna abrió el mapa en el portátil.
Empezó a observar distintos países.
Durante unos segundos imaginó todos los lugares que alguna vez había querido conocer.
Danna: Grecia.
Andrés: ¿Grecia?
Danna: Sí.
Danna: Me encantan las casas blancas, el mar y esas calles pequeñas llenas de flores.
Andrés buscó algunas imágenes. Andrés: Santorini parece muy bonito.
Danna: Muchísimo.
Andrés: Aunque seguro que te pasarías todo el viaje haciendo fotos.
Danna: Y tú quejándote.
Andrés: Pero saldría en todas.
Ella sonrió.
Podía imaginarlo perfectamente.
Andrés: Mi turno.
Danna: A ver.
Andrés: Japón.
Danna abrió mucho los ojos.
Danna: No me esperaba eso.
Andrés: ¿Por qué?
Danna: No sé.
Danna: Pensaba que elegirías algo más cerca.
Andrés: Siempre he querido conocer Tokio.
Andrés: Y probar comida que no sé pronunciar.
Danna soltó una carcajada.
Danna: Seguro que acabarías pidiendo pizza. Andrés: Probablemente.
El juego continuó.
Francia apareció enseguida.
Danna: París tiene que ser precioso de noche.
Andrés: Sí.
Andrés: Aunque está demasiado asociado con parejas.
Danna: ¿Y eso es malo?
Andrés tardó unos segundos en responder.
Andrés: Depende de con quién vayas.
Danna mordió suavemente su labio inferior mientras sonreía.
Después hablaron de Suiza.
De sus montañas.
De los trenes atravesando paisajes cubiertos de nieve.
Danna: Me encantaría ver un lago rodeado de montañas.
Andrés: Yo acabaría congelado.
Danna: Dramático.
Andrés: Realista.
Noruega fue el siguiente país.
Andrés dijo que quería ver una aurora boreal al menos una vez en su vida.
Danna estuvo de acuerdo.
Danna: Imagínate verla tumbados sobre la nieve.
Andrés: Imagínate que sobrevivo al frío.
Ella soltó una carcajada.
Danna: Llevaríamos mantas.
Andrés: Entonces acepto
También hablaron de Irlanda.
Andrés dijo que le atraían los acantilados, los campos verdes y los castillos antiguos.
Danna eligió Portugal por sus calles, sus azulejos y las vistas de Oporto.
Cada país se convertía en una conversación diferente.
En un plan imposible.
En una pequeña escena que los dos imaginaban juntos.
Y, aunque sabían que eran demasiado jóvenes para organizar un viaje así, ninguno quería detener el juego.
Era bonito imaginar.
Después de casi una hora, Andrés escribió:
Andrés: Vale.
Andrés: Última pregunta.
Danna: ¿La definitiva?
Andrés: Sí.
Andrés: Si solo pudiéramos hacer un viaje juntos…
Andrés: Uno en toda nuestra vida.
Andrés: ¿Qué país elegirías?
Danna se quedó quieta.
Volvió a mirar el mapa.
Grecia era preciosa.
Francia parecía romántica.
Suiza tenía paisajes increíbles.
Noruega tenía las auroras.
Portugal tenía ese encanto tranquilo que siempre le había gustado.
Pero había un país que reunía todo lo que ella imaginaba cuando pensaba en un viaje especial.
Calles antiguas.
Ciudades llenas de historia.
Mar.
Atardeceres.
Comida.
Arte. Sonrió.
Y escribió una sola palabra.
Danna: Italia.
Esperó.
Durante unos segundos no llegó respuesta.
Después aparecieron los tres puntitos.
Andrés: Iba a decir exactamente lo mismo.
Danna abrió mucho los ojos.
Danna: ¿En serio?
Andrés: Sí.
Andrés: Siempre he querido conocer Roma.
Andrés: Ver el Coliseo.
Andrés: Lanzar una moneda en la Fontana di Trevi.
Andrés: Y comer pizza en Nápoles.
Danna sonrió mientras imaginaba cada lugar.
Danna: Yo quiero recorrer la Costa Amalfitana.
Danna: Ver el atardecer en Venecia.
Danna: Y comer helado mientras caminamos sin saber adónde vamos.
Andrés tardó unos segundos. Andrés: Eso suena perfecto.
Danna: Demasiado perfecto.
Danna abrió varias fotografías de Italia.
Roma al atardecer.
Las calles estrechas de Florencia.
Los canales de Venecia.
Los pueblos de colores frente al mar.
Cuanto más miraba, más fácil le resultaba imaginar a Andrés a su lado.
Riéndose.
Haciendo bromas.
Quejándose de que ella quería hacer demasiadas fotos.
Andrés: Entonces ya está decidido.
Danna: ¿El qué?
Andrés: Italia es el lugar perfecto.
Danna sintió un pequeño vuelco en el pecho.
Danna: Algún día.
Andrés: Algún día.
Aquellas dos palabras parecían una promesa.
Lejana. Quizá imposible.
Pero compartida.
Danna: Prométeme una cosa.
Andrés: Dime.
Danna: Si algún día vamos…
Danna: La primera foto tiene que ser delante del Coliseo.
Andrés sonrió al otro lado de la pantalla.
Andrés: Trato hecho.
Danna: Y no puedes salir con los ojos cerrados.
Andrés: Eso no depende de mí.
Danna: Entonces haremos veinte.
Andrés: Sabía que acabarías llenándome la galería.
Danna: Y tú fingirás que te molesta.
Andrés: Seguramente.
Hubo unos segundos de silencio.
Danna observó una imagen de Roma iluminada de noche.
No sabía cuánto tiempo pasaría antes de que pudieran cumplir aquel sueño.
Meses.
Años. Quizá nunca.
Pero, por alguna razón, la idea no le parecía absurda.
Porque ya no se trataba solo de viajar.
Se trataba de hacerlo con él.
Andrés: Oye…
Danna: ¿Sí?
Andrés: Antes quería conocer Italia.
Andrés: Ahora quiero conocerla contigo.
Danna dejó de respirar durante un instante.
Leyó el mensaje varias veces.
No era una declaración.
Pero se parecía demasiado a una.
Apoyó el móvil sobre el pecho y cerró los ojos.
Después respondió:
Danna: Creo que a mí me pasa lo mismo.
Antes de despedirse, guardaron varias fotografías del país.
Una de Roma.
Otra de Venecia.
Otra de la Costa Amalfitana. Y una última del Coliseo.
Danna creó una carpeta en su galería.
La llamó:
Italia, algún día.
Se quedó mirando el nombre durante unos segundos.
Sonrió.
Después añadió la fotografía del Coliseo. La primera de un viaje que todavía no había empezado.