Capítulo 28 El silencio también asusta
Viernes, 8 de agosto 18:16
El sonido de la lluvia había desaparecido por completo. Aquel viernes el sol brillaba con fuerza, pero Danna apenas le prestaba atención.
Llevaba toda la mañana ayudando a su madre a limpiar la terraza y, por primera vez en varios días, no había cogido el móvil cada cinco minutos.
O al menos... lo había intentado.
Cuando por fin terminó, se sentó en el sofá con un vaso de limonada bien fría.
Cogió el teléfono.
Ningún mensaje. Frunció ligeramente el ceño.
Era raro.
Muy raro.
Andrés siempre le escribía algo, aunque fuera un simple "Buenos días".
Pensó que seguramente seguiría durmiendo.
O estaría con su padre.
No quiso darle importancia.
Dejó el móvil sobre la mesa.
Cinco minutos después volvió a cogerlo.
Nada.
—¿Qué te pasa hoy...? —murmuró. A cientos de metros de allí, el móvil de Andrés permanecía apagado sobre la mesa de su habitación.
Había salido temprano con su padre para llevar a arreglar una furgoneta.
Con las prisas, se había olvidado el cargador.
Y la batería había decidido abandonarlo en el peor momento.
—Genial... —dijo al ver la pantalla completamente negra.
Intentó encenderlo.
Nada.
Miró la hora en el reloj del coche.
Las doce y media.
—Seguro que Danna pensará que me pasa algo…
Mientras tanto… Danna intentaba distraerse viendo una película.
No podía.
Cogió un libro.
Leyó dos páginas.
No recordaba nada de lo que acababa de leer.
Incluso abrió la conversación con Andrés.
Leyó los últimos mensajes.
Sonrió al encontrarse con la foto que él le había enviado de pequeño.
Después llegó al mensaje de la noche anterior.
"Cuando me pasa algo bonito, lo primero que pienso es en contártelo."
Sin darse cuenta, sonrió.
Pero esa sonrisa desapareció enseguida.
Miró la hora.
Las cuatro y veinte.
Seguía sin noticias.
Lucía: ¿Todo bien?
El mensaje de su amiga apareció de repente.
Danna: Sí.
Lucía: No te creo.
Danna: ¿Tan mal disimulo?
Lucía: Muchísimo.
Lucía: ¿Qué ha pasado? Danna dudó unos segundos.
Después escribió.
Danna: Andrés no me ha hablado en todo el día.
La respuesta llegó enseguida.
Lucía: ¿Solo eso?
Danna soltó una pequeña risa.
Leyó el mensaje otra vez.
"Solo eso."
Quizá Lucía tenía razón.
Solo eran unas horas.
Pero para ella ya no era "solo eso".
Andrés: Danna.
Ella respiró profundamente.
No sabía que había estado conteniendo el aire hasta ese momento.
Danna: ¡¿Dónde estabas?!
Los tres puntitos aparecieron al instante.
Andrés: Perdón. A las seis y cuarenta y siete de la tarde…
El móvil vibró.
Danna lo cogió tan rápido que casi se le cayó al suelo.
Andrés: Mi móvil se quedó sin batería esta mañana.
Andrés: Llevo horas intentando llegar a casa para escribirte. Danna apoyó la espalda en el sofá.
Toda la preocupación desapareció de golpe.
Danna: Pensaba que te había pasado algo.
Pasó casi un minuto.
La respuesta de Andrés fue mucho más rápida de lo habitual.
Andrés: ¿Te has preocupado?
Ella miró la pantalla.
Podía mentir.
Decir que no.
Pero sabía que con Andrés ya no le apetecía esconder lo que sentía.
Danna: Sí.
Mucho.
Al otro lado de la pantalla, Andrés sonrió con una mezcla de ternura y culpa.
Se imaginó a Danna mirando el móvil durante todo el día.
Y no le gustó nada esa imagen.
Andrés: Lo siento de verdad.
Andrés: No quería que pasaras un mal día.
Danna: Lo sé.
Danna: Pero la próxima vez…
Avísame antes de desaparecer.
Andrés soltó una pequeña risa.
Andrés: Lo intentaré. Danna: Prometido.
Andrés: Prometido.
La conversación continuó durante toda la tarde.
Andrés le contó todo lo que había pasado.
La avería.
La batería.
El calor insoportable.
Y cómo había intentado encontrar un cargador sin éxito.
Danna terminó riéndose.
—Solo a ti pueden pasarte estas cosas.
Andrés: Ya…
Andrés: Pero hoy me he dado cuenta de algo.
Danna: ¿Qué?
Él tardó unos segundos en responder.
Andrés: Que el peor momento del día no fue quedarme sin móvil.
Danna esperó.
Andrés: Fue no poder hablar contigo.
Ella sintió que el corazón se aceleraba.
No respondió enseguida.
Simplemente sonrió.
Y escribió lo único que le salía decir.
Danna: A mí también me faltó algo hoy.
Aquella noche hablaron más de lo normal. Como si ambos quisieran recuperar el tiempo perdido.
Ninguno quería despedirse.
Hasta que el reloj marcó las doce menos diez.
Andrés: Creo que deberíamos dormir.
Danna: Creo que tienes razón.
Andrés: Buenas noches, pesada.
Danna: Buenas noches, pesado.
Andrés: Y gracias…
Danna: ¿Por qué?
Andrés: Porque hoy he entendido que ya no eres solo una persona con la que hablo.
Danna sintió un nudo en el pecho. Danna: ¿Entonces qué soy?
Los tres puntitos aparecieron.
Desaparecieron.
Volvieron a aparecer.
Finalmente…
Andrés: Eres la persona con la que más ganas tengo de hablar cada día.
Danna dejó el móvil sobre la almohada.
No respondió.
No porque no quisiera.
Sino porque, por primera vez, sintió que algunas emociones eran demasiado grandes para convertirlas en palabras. Apagó la luz.
Y sonrió en la oscuridad.
Porque comprendió que el silencio de aquel día solo había servido para demostrarles una cosa.
Ya no hablaban por costumbre. Hablaban porque se echaban de menos.