Número Equivocado Capítulo 27 Lo primero que pensé
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Capítulo 27 Lo primero que pensé

Jueves, 7 de agosto 20:58

El sonido de la lluvia golpeando el cristal acompañaba a Danna mientras terminaba de ordenar su habitación.

Había sido un día largo.

Su tío había decidido hacer limpieza general en casa y, como era de esperar, ella había acabado vaciando cajones que ni siquiera recordaba que existían.

Encontró fotografías antiguas.

Un peluche que había perdido cuando era pequeña.

Y una caja llena de cartas que se escribía con su prima cuando apenas tenían diez años.

Sonrió.

Era curioso cómo algo tan pequeño podía traer tantos recuerdos.

Justo en ese momento, el móvil vibró.

No necesitó mirar la pantalla para saber quién era.

Aun así, lo hizo.

Y volvió a sonreír.

Andrés: Buenas noches, pesada.

Danna negó con la cabeza entre risas.

Danna: Algún día tendrás que dejar de llamarme así.

Andrés: Lo pensaré.

Danna: Eso significa que no.

Andrés: Exacto.

Ella dejó escapar una pequeña carcajada.

Había algo en aquellas conversaciones que conseguía hacer desaparecer cualquier preocupación.

Andrés: ¿Qué has hecho hoy?

Danna miró la caja que seguía abierta sobre la cama.

Danna: Limpiar mi habitación.

Andrés: Lo siento mucho.

Danna: Gracias por tu apoyo en estos momentos tan difíciles.

Andrés: Estoy contigo.

Aunque sea moralmente.

Danna volvió a reír. Después escribió:

Danna: He encontrado fotos de cuando era pequeña.

Andrés: Seguro que eras muy graciosa.

Danna: Muy despeinada, más bien.

Andrés: Eso también tiene su encanto.

Ella sintió cómo el calor le subía a las mejillas.

Cada cumplido de Andrés parecía dicho con una naturalidad que la desarmaba por completo.

Al otro lado de la ciudad, Andrés acababa de salir de la ducha.

Con el pelo todavía mojado, se dejó caer sobre la cama mientras sostenía el móvil con una mano.

Su hermana pequeña, Irene, apareció en la puerta.

—¿Estás hablando con Danna? Andrés levantó la vista sorprendido.

—¿Cómo sabes que es ella?

—Porque llevas sonriendo cinco minutos.

Él soltó una risa.

—¿Tanto se nota?

—Muchísimo.

Irene sonrió con picardía.

—Cuando la conozca le voy a contar todas tus vergüenzas.

—Ni se te ocurra.

—¿Ah, sí? Pues ahora tengo más ganas.

Antes de que Andrés pudiera responder, su hermana salió corriendo entre risas.

Él negó con la cabeza.

—Qué pesada…

Pero, en el fondo, también sonreía.

El móvil volvió a vibrar.

Danna: ¿Sigues ahí?

Andrés: Sí.

Andrés: Mi hermana acaba de amenazarme.

Danna: ¿Con qué?

Andrés: Dice que cuando te conozca te contará todas mis vergüenzas.

Danna soltó una carcajada.

Danna: Ya me cae bien. Andrés: Traidora.

Danna: Necesito información.

Andrés: No pienso colaborar.

Los dos continuaron bromeando durante varios minutos.

Después de un rato, Danna envió una foto.

No era una foto suya.

Era una imagen de una fotografía antigua donde aparecía con cinco años, el pelo completamente revuelto y una enorme sonrisa.

Danna: No te rías.

Andrés abrió la imagen.

Se quedó observándola unos segundos. Sonrió.

No porque la foto fuera graciosa.

Sino porque Danna acababa de enseñarle un recuerdo de su infancia.

Eso significaba mucho.

Andrés: ¿Sabes qué?

Danna: ¿Qué?

Andrés: Sigues sonriendo igual.

Danna miró la pantalla.

No esperaba esa respuesta.

Pensó que Andrés se reiría de su peinado.

O de la ropa. Pero se había fijado en otra cosa.

Y eso le hizo ilusión.

Pasaron unos minutos.

Hasta que Andrés escribió: Andrés: Ahora me toca a mí.

Un instante después apareció otra fotografía.

Era un niño de unos seis años, con el pelo rizado completamente despeinado y una camiseta del equipo de fútbol que todavía seguía apoyando.

Danna empezó a reír.

Danna: ¡Pero mira ese pelo!

Andrés: Oye.

Andrés: No ha cambiado tanto. Ella amplió la imagen.

Volvió a compararla con la foto actual de Andrés.

Y sonrió.

Danna: Tienes razón.

Danna: Sigue siendo igual de rizado.

Andrés: Eso era un cumplido, ¿verdad?

Danna: Claro.

La conversación continuó durante casi una hora.

Recordaron las travesuras que hacían de pequeños.

Las caídas en bicicleta.

Las veces que se habían perdido en un supermercado siguiendo un juguete.

Y las tardes interminables de verano.

Todo parecía tan sencillo cuando hablaban.

Como si el tiempo dejara de correr.

Antes de despedirse, Andrés escribió:

Andrés: Oye…

Danna: ¿Sí?

Andrés: Hoy me he dado cuenta de una cosa.

Danna: ¿Cuál?

Pasaron unos segundos.

Andrés: Cuando me pasa algo bonito…

Lo primero que pienso es en contártelo.

Danna sintió un vuelco en el pecho. Miró la pantalla durante unos instantes.

Después apoyó el móvil sobre el corazón.

Y respondió con total sinceridad.

Danna: A mí me pasa exactamente lo mismo.

Durante unos segundos ninguno escribió.

No hacía falta.

Los dos sabían que aquello ya era mucho más que una simple conversación.

Esa noche, antes de dormir, Danna volvió a mirar la fotografía de Andrés cuando era pequeño.

Sonrió.

Y pensó que era extraño cómo alguien podía llegar a ser tan importante en tan poco tiempo.

Sin embargo…

Había una cosa que tenía aún más clara. Cada día le costaba un poco más imaginar su vida sin él.