Capítulo 23 Una llamada que cambió algo
Domingo, 3 de agosto 21:47
El ventilador giraba lentamente sobre la mesa de la habitación de Danna.
A pesar de que ya era de noche, el calor seguía siendo insoportable.
Se dejó caer sobre la cama con un suspiro y cogió el móvil.
No tenía ningún mensaje nuevo.
Miró la hora.
Las nueve y cuarenta y siete.
Era raro. Muy raro.
Andrés siempre le escribía antes.
—Seguro que estará ocupado... —se dijo intentando convencerse.
Dejó el teléfono sobre la almohada.
Cogió un libro.
Leyó una página.
Después otra.
No entendió absolutamente nada.
Volvió a coger el móvil.
Nada.
Cinco minutos más tarde, la pantalla se iluminó. Una sonrisa apareció automáticamente en su rostro.
Andrés: Perdón por tardar.
Danna respondió casi sin pensarlo.
Danna: Ya pensaba que te habías olvidado de mí.
Cuando envió el mensaje, abrió mucho los ojos.
—¿Por qué he escrito eso?
Quiso borrarlo.
Pero Andrés ya estaba escribiendo.
Andrés: Imposible.
Andrés: ¿Sabes cuántas veces he mirado el móvil hoy?
Danna sonrió.
Danna: ¿Cuántas? Andrés: He perdido la cuenta.
Ella apoyó la espalda en el cabecero de la cama.
No sabía por qué, pero aquellas pequeñas confesiones conseguían alegrarle el día.
Danna: ¿Qué has estado haciendo?
Andrés: Ayudando a mi padre.
Danna: ¿En la tienda?
Andrés: Sí.
Andrés: Hemos recibido mercancía y parecía que nunca íbamos a terminar.
Danna: Pobrecito.
Andrés: Lo peor no ha sido eso. Danna: ¿Entonces?
Andrés: Que no podía responderte.
Danna mordió su labio inferior intentando esconder la sonrisa que acababa de aparecer.
Aquel chico tenía la extraña capacidad de hacerla sonreír con muy poco.
Mientras hablaban, al otro lado de la ciudad, Andrés estaba tumbado en el sofá del salón.
Su padre pasó por delante con una cesta llena de ropa.
—¿Otra vez con el móvil? —preguntó sonriendo.
Él levantó la vista.
—Un rato solo.
Su padre miró la pantalla de reojo.
—¿Es la chica del número equivocado? Andrés se quedó completamente quieto.
—¿Cómo sabes que es ella?
—Porque desde que apareció no dejas de sonreír cuando miras el teléfono.
Él negó con la cabeza, avergonzado.
—No sonrío tanto.
—Claro que sí.
Su padre soltó una pequeña risa antes de seguir su camino.
Andrés volvió a mirar la conversación.
No podía negar que tenía razón.
Danna: Oye.
Andrés: Dime.
Danna: ¿Tu padre sabe que hablas conmigo?
Él soltó una carcajada.
Andrés: Justo acaba de descubrirlo.
Danna: ¿En serio?
Andrés: Sí.
Andrés: Dice que sonrío demasiado cuando escribo.
Danna soltó una risa.
Danna: Pues tiene razón.
Andrés: Tú también sonríes.
Ella abrió mucho los ojos.
Danna: ¿Cómo lo sabes? Andrés: Porque ya empiezo a conocerte.
Durante unos segundos, Danna no respondió.
Simplemente dejó el móvil sobre las piernas.
Era increíble cómo Andrés parecía conocerla un poquito más cada día.
Después de un rato hablando, Andrés envió un mensaje inesperado.
Andrés: Tengo una propuesta.
Danna arqueó una ceja.
Danna: Me das miedo.
Andrés: Tranquila.
Andrés: No quiero que nos veamos todavía.
Ella sintió un pequeño alivio que no esperaba. No porque no quisiera conocerlo.
Sino porque aún necesitaba un poco más de tiempo.
Danna: Entonces…
Andrés: Quiero llamarte.
Danna: ¿Ahora?
Andrés: Sí.
Andrés: Echo de menos escuchar tu voz.
Danna notó cómo el corazón empezaba a latir más deprisa.
Todavía le seguían poniendo nerviosa las llamadas.
Pero ya no tanto como la primera vez.
Respiró hondo. Y escribió.
Danna: Vale.
Apenas unos segundos después, el móvil comenzó a sonar.
Llamada entrante…
Sonrió antes incluso de responder.
—Hola…
—Hola.
La voz de Andrés sonó acompañada de una pequeña risa.
—¿Sabes una cosa?
—¿Qué?
—Cada vez me da menos vergüenza llamarte.
Danna rió. —A mí también.
Hubo un pequeño silencio.
Pero ya no era incómodo.
Era de esos silencios que aparecen cuando dos personas están tan a gusto que no necesitan llenar cada segundo con palabras.
—¿Qué has hecho hoy? —preguntó Andrés.
Danna comenzó a contarle cómo había pasado la tarde con su tío, cómo había intentado leer un libro sin éxito y cómo había acabado mirando el móvil cada pocos minutos.
Él la escuchaba sin interrumpirla.
Solo hacía pequeñas preguntas.
Como si de verdad quisiera conocer hasta el detalle más pequeño de su día.
Después fue el turno de Andrés. Le habló de la tienda de su padre.
De un cliente que había confundido dos productos y había terminado llevándose el equivocado.
Los dos acabaron riéndose.
—Al final hoy todo el mundo se ha equivocado de algo —dijo Danna.
—Sí…
—Pero menos mal que yo me equivoqué aquel primer día.
Danna guardó silencio.
Aquella frase hizo que el corazón le diera un pequeño vuelco.
—Yo también pienso eso.
Los dos sonrieron al mismo tiempo.
Aunque ninguno podía verlo. La conversación continuó durante más de una hora.
Hablaron de viajes.
De los lugares que soñaban visitar.
De cómo imaginaban su futuro.
Y de todas las cosas que todavía les quedaban por descubrir el uno del otro.
Cuando colgaron, eran casi las once y media.
Danna dejó el móvil sobre la mesilla.
Miró el techo.
Y sonrió.
No sabía en qué momento Andrés había dejado de ser el chico del número equivocado.
Solo sabía que, ahora, era la persona con la que más le gustaba terminar el día.
Antes de cerrar los ojos, el teléfono vibró una última vez.
Andrés: Buenas noches, Danna.
Andrés: Gracias por hacer que mis días sean un poco mejores.
Ella leyó el mensaje dos veces.
Después escribió una única respuesta.
Danna: Buenas noches, Andrés.
Danna: Gracias por aparecer por error.
Apagó la pantalla.
Y, mientras el silencio llenaba la habitación, pensó que quizá las mejores historias no empezaban con un beso.
A veces… Solo necesitaban un mensaje enviado al número equivocado.