Número desconocido Capítulo 71
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Capítulo 71

Los investigadores del FBI le dijeron después que había sido el tropezón lo que le había salvado la vida.

Solo había dado media docena de zancadas y llegado al punto donde el autobús amarillo había dado la vuelta veinte años atrás, cuando tropezó y cayó al suelo.

La chaqueta de nailon con la viñeta amarilla de Snoopy que Shannon llevaba aquel día nunca había salido del aparcamiento de la gasolinera.

Ed la había encontrado diez años atrás y la había dejado colgada de la herrumbrosa bomba de aire.

La primera tormenta la arrojó contra los matorrales.

Allí, como el paciente ojo de Oso y todos los objetos encantados de su infancia, esperó.

No se había descompuesto, pero había volado de aquí para allá por el aparcamiento durante otros diez años, pasando un tiempo enganchada en la valla metálica, hasta que otro vendaval la llevó de nuevo al suelo de grava.

Snoopy se había descolorido y luego despegado, y el nailon se había deshilachado y desgastado, pero era lo bastante resistente como para seguir aún intacto.

El pie izquierdo de Ed pisó lo que quedaba de la chaqueta y luego el derecho se enganchó en lo que había sido la capucha, y él cayó de bruces sobre la grava.

Extendió el brazo derecho para tratar de parar el golpe.

Tenía el dedo en el gatillo del rifle semiautomático y al caer al suelo el arma se le disparó, soltando una descarga de tres proyectiles que zigzaguearon entre los surtidores de hierro forjado y rebotaron en el asfalto.

Trató de protegerse también con el brazo izquierdo.

Sus nudillos se estrellaron brutalmente sobre la grava, raspándose hasta el hueso, y el detonador se le escapó de los dedos.

Tal vez se tratase de un falso recuerdo posterior a la explosión, pero una vez más percibió algo extraño en lo que sucedió en los dos segundos siguientes.

El detonador rodó por el suelo y la palanca liberada se desprendió del cuerpo del dispositivo.

Quizá él gritó su nombre al ver cómo se abría la palanca.

Sin embargo, no hubo explosión. No en los dos segundos siguientes. La bomba no había detonado. Sarah estaba viva.

Durante dos segundos tuvo esa esperanza.

Solo durante dos segundos.

De repente, la gasolinera voló por los aires, como impulsada desde abajo por una mano gigantesca, y quedó suspendida a medio metro del suelo, todavía con la forma amazacotada de cualquier estación de servicio: el ladrillo rojo y el enlucido de yeso aún intactos durante unas décimas de segundo.

Luego una gran nube blanca con un núcleo rojo emergió del lugar donde había estado la gasolinera justo cuando el edificio se derrumbó sobre ella.

El tiempo, que se había detenido durante unos instantes, se aceleró de golpe, y entonces la oleada de calor que desplazó en su caída toda aquella mampostería se expandió en todas direcciones.

El calor pasó sobre Ed abrasándole la piel y quemándole el pelo.

La onda de sonido llegó un segundo más tarde.

En esa nube de fuego había fragmentos de roca, de metal y de tela.

El maniquí del traje nupcial salió disparado por encima de él.

Sus sentidos se dieron por vencidos. Ya no podían resistir más. Desde luego, no aquella vorágine. Las luces se apagaron. Todo se volvió negro.

La negrura estaba llena de dolor; y todavía lo sintió más cuando se despertó en la sala de urgencias de Portland, a donde lo habían evacuado. Ahora el dolor se volvió mental, además de físico. Sarah estaba muerta.

Cuando los investigadores del FBI pudieron hablar con él tras una semana de recuperación, lo encontraron encerrado en sí mismo y poco comunicativo.

Ellos llegaron al lugar de los hechos una hora después de la explosión, cuando el breve día invernal concluía.

Ed estaba inconsciente y era el único ser humano reconocible en las inmediaciones.

Tenía quemaduras de tercer grado en la cara y en las manos.

Más tarde, encontraron el cuerpo hecho trizas del señor Frome en los árboles situados debajo de Armagedón, y una momia carbonizada que debía ser la de Fallows en el Huey destrozado.

Todavía menos identificables eran los restos humanos encontrados en el cráter ruinoso de la gasolinera.

Los huesos hallados allí estaban totalmente descompuestos por el intenso calor y no era posible identificarlos: los tanques subterráneos de gasolina habían estallado y el furioso incendio había durado unas cinco horas, reduciendo a cenizas todo lo que se hallaba alrededor.

Había que deducir que aquellos huesos, meros restos de crematorio, eran los de Sarah Constance.

El supuesto detonador no era más que un engaño. La explosión de la gasolinera se había desencadenado a través de un cable.

Los investigadores habían registrado el búnker y recuperado las armas y los explosivos robados de los arsenales del ejército.

Por mucha suerte que hubiera tenido Ed al sobrevivir a la explosión de la gasolinera, todavía había tenido más suerte, según le explicó el FBI, al salir ileso de la bomba trampa colocada por un experto que había acabado con Frome.

Ellos suponían que esa bomba la había dejado Tifón para proteger su escondrijo y que Frome la había detonado accidentalmente.

Le aseguraron que encontrarían a los que habían asesinado a su esposa.

Pero antes había una pequeña cuestión pendiente, que era interrogarle sobre sus últimos diez años.

¿Qué había detrás de su suplantación de identidad?

¿Había sido él quien había secuestrado a su esposa?

¿Dónde había estado durante los días posteriores a su desaparición de las oficinas de Miami?

¿Por qué habían encontrado restos de su sangre y las marcas de sus dientes en la escena del crimen de Gail McReedy?

¿Qué sabía él del escondrijo lleno de armas?

A Ed no le hacía falta fingir: realmente no recordaba gran cosa.

Lo que sí recordaba era que había actuado en defensa propia.

Tras un registro de las consultas médicas de Miami y Boston, quedó demostrado que los datos relativos a su sangre y su dentadura habían sido robados y que se habían sembrado pruebas falsas en la escena del asesinato de McReedy para incriminarle.

De modo retrospectivo, la grabación de las cámaras de seguridad confirmó que él no podía haber estado en su habitación el tiempo suficiente para cometer el crimen.

El detective que había sugerido esa hipótesis inicialmente fue apartado del caso.

Los interrogadores de Ed no cuestionaron ninguna de las demás muertes: Carl, los dos matones de City Point, Bailey junto al Kennebec, el equipo de Doc, Fallows, David Krige y Jim Dove…

Tampoco se le relacionó públicamente con las muertes de Catrine y Shannon.

Se consideró que ambas mujeres habían actuado como lobos solitarios: desquiciadas por sus experiencias infantiles, se habían convertido en extremistas enfrentadas con la sociedad, y la acción de Catrine había inspirado la de Shannon… Casos cerrados.

Ed les habló de los nombres de la libretita roja y ellos dijeron que lo investigarían, pero la información no condujo a ningún arresto. La libreta y las páginas que él había rescatado de la Granja habían ardido en Brantwood.

Él dedujo que la falta de progresos en la investigación formaba parte del trato.

Los federales sabían que había agentes corruptos en su organización y preferirían resolver el problema discretamente.

Cuantas menos indagaciones, mejor para él y para ellos.

Era un modo de encubrirlo todo. Hubo algunos retiros forzados, pero ninguna detención.

En el nuevo año, se efectuó una redada en una casa de Mount Lebanon.

Los agentes pudieron constatar que estaba vacía y abandonada desde hacía tiempo, sin el menor indicio incriminatorio.

Había un dato curioso: los agentes descubrieron que una de las ventanas superiores había sido destrozada.

Abajo, en el jardín, encontraron trozos de vidrio emplomado.

Al ensamblarlos, apareció parcialmente una imagen: un monstruo de forma humana con serpientes surgiendo de su cabeza, sus manos y sus pies.

Un agente conocedor de los clásicos dictaminó que se trataba de Tifón.

El bufete Merriweather’s acabó yéndose a pique.

Los federales ni siquiera necesitaron el testimonio de Ed para hundirlo.

Sus bienes habían sido confiscados y sus principales directivos habían desaparecido o estaban en prisiones federales, acusados de una serie de delitos graves, aunque no de asesinato.

Finalmente, Ed fue exonerado de cualquier acto ilícito en los hechos de diciembre de 1989.

La oficina del fiscal del Estado lo recomendó discretamente a un bufete de Boston, Berenson and McCatter, que gestionaba numerosos asuntos fiscales para el Gobierno.

Dada la red de favores mutuos entre el fiscal y Berenson and McCatter, estos aceptaron gustosamente que Ed continuara su carrera como asociado en el bufete.

Después, las autoridades se lavaron las manos respecto a su caso. Ed se preguntó si habían alcanzado una especie de cierre entre todos. Aunque, de ser así, no era un cierre que él pudiera permitirse.

Nadie fue detenido por el asesinato de Sarah Constance.

Los forenses le explicaron que los restos que él iba a enterrar eran inevitablemente simbólicos.

Fragmentos diminutos de hueso reducidos a cenizas.

El ataúd que él ayudó a cargar en el templo de Our Lady of Perpetual Help no pesaba nada.

No asistió ningún familiar: él nunca había tenido ninguno y ella había perdido a todos los suyos.

Solo se hallaban presentes algunas plañideras profesionales y varios agentes que permanecieron al acecho por si algún criminal sentía la tentación de presenciar el último acto de la historia.

Ed supuso que tenían la esperanza de que se presentara la señora Frome. Si era así, se llevaron una decepción.

No se celebró ningún funeral por Jim Dove. Sus restos nunca aparecieron. Se había convertido en parte del bosque, como él mismo había presagiado en Chesuncook aquella última noche de calma antes de que diera comienzo la matanza.

Ed se llevó a Max de la perrera de Madison y decidió buscarle un hogar.

Alice Mae y los demás niños aguardaban a la siguiente ola de terror contra Norteamérica en el desierto de Sonora, Nuevo México.

Dos años más tarde, en otoño, cerca de Chesuncook, un cazador siguió a un ciervo herido por una espesa arboleda, perdió el rastro de su presa y regresaba por un sendero hacia el albergue del lago cuando vio algo extraño: los restos de una parka azul colgados por encima de su cabeza entre las ramas de unos árboles.

Al acercarse, descubrió que la parka contenía un tronco humano amarillento.

El cazador notó un crujido bajo sus botas y, al bajar la vista, vio un cráneo.

Entre el mantillo de hojas, había otros huesos humanos amarillentos.

El forense, al que trajeron en avión, encontró una punta de flecha de diez centímetros alojada bajo la última costilla del esqueleto.

Como el cadáver se había descompuesto totalmente, no pudo determinar si la causa de la muerte había sido esa punta de flecha o bien, como indicaban muchos huesos destrozados, una caída desde gran altura.

El hombre ya estaba a punto de recabar información sobre el fallecido cuando intervino el FBI.

Le dijeron que sin duda se trataba del cadáver de un agente de la DEA desaparecido dos años antes.

Todo indicaba que un cártel de la droga lo había asesinado y arrojado desde un helicóptero en un lugar remoto.

No había que darle publicidad al caso; la operación en la que participaba el agente seguía en curso.

Los restos de David Krige fueron enterrados en un rincón del cementerio común de Blue Plains, Washington D.C., cerca del último lugar de reposo de seis saboteadores nazis ejecutados en la Segunda Guerra Mundial.