Número desconocido Epílogo. Final de juego
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Epílogo. Final de juego

EPÍLOGO

FINAL DE JUEGO

La gente de Berenson and McCatter cumplió su palabra.

La fiesta de despedida terminó en media hora.

Tras un breve discurso, brindaron. Entonces se produjo el incidente del regalo y, después, todo le resultó confuso.

Él creía que les había dado las gracias rápidamente antes de volver a toda prisa a su oficina.

Ahora estaba solo. Más allá de los grandes ventanales, se extendía la noche: Boston en diciembre.

El fin del milenio. En dos semanas, el puerto se iluminaría como nunca se había iluminado.

Caía una ligera nevada que espolvoreaba las aceras y salpicaba el cielo oscuro y las ventanas relucientes del distrito financiero.

Las luces navideñas parpadeaban en las calles.

Miró durante mucho rato hacia Nort End. Gail McReedy había muerto allí porque él había entrado en el bar del Marriott.

Esa era una de las muchas cosas que lamentaba.

Luego siguieron Jim y Sarah. Muertos por su culpa.

Contempló su reflejo. Instintivamente, se llevó la mano a la frente.

La tenía estriada y enrojecida a causa de las quemaduras sufridas por la explosión de la gasolinera; las manos también.

La cicatriz de la herida en el hombro le dolía cuando hacía frío.

Se había pasado el día recogiendo sus cosas.

Ya solo tenía que coger la caja de sus pertenencias y marcharse.

Diez años en una caja. Punto final. El taxi le esperaba fuera.

Berenson and McCatter le había dado una buena vida.

Ahora se había terminado. La casa se había vendido; su contenido, subastado.

Max había muerto el año anterior. Él pensaba subir a su coche y desaparecer.

Había pasado diez años esperando, sabiendo que aquello no había acabado. Muchos de los que figuraban en la libretita roja seguían libres. La señora Frome y Vermeulen habían desaparecido. Fitzgerald se había retirado sin ninguna imputación, sin una sola mácula en su expediente.

Había sido el fiscal del Estado quien le había encontrado ese trabajo, sin duda, pero al final a él le resultó tan falso como el de Merriweather’s.

Ed era el último Apóstol. No tenía ni idea de por qué había sobrevivido.

Algún ángel oscuro lo había preservado. ¿Para qué?

Para actuar en un futuro que desconocía.

Pese a sus años de terapia, él era una bomba de relojería esperando a ser detonada.

La gente no creía que los agentes sometidos a un lavado de cerebro existieran en la vida real.

Qué equivocados estaban. En 1973, cuando estalló el caso Watergate y los servicios de inteligencia quedaron en entredicho, el director de la CIA, Richard Helm, ordenó que todos los documentos relacionados con el proyecto MKUltra fueran destruidos.

A falta de pruebas de lo contrario, la versión oficial era que los servicios secretos nunca habían creado agentes robot.

Y, sin embargo, cada año parecía haber más incidentes: acciones cometidas no por potencias extranjeras o por yihadistas árabes, sino por ciudadanos norteamericanos.

El reino del terror de Ted Kaczynski había terminado en abril de 1996, pero al parecer había muchos otros como él.

A Ed no le cabía duda de que nadie conseguía salir nunca de Tifón: por muy lejos que huyeras, esos tentáculos como serpientes darían contigo y te atraparían.

Él había tratado de llevar una vida como los demás, pero más allá de conservar ese trabajo, solo lo había logrado fugazmente.

Hubo víctimas por el camino. Un matrimonio con una colega abogada había fracasado.

Por suerte, no hubo hijos. Sus amistades se habían marchitado a causa de su actitud distante.

Él funcionaba con un ritmo distinto que el resto de la gente.

Una de las cosas que tenía entre ceja y ceja era la promesa que le había hecho a Shannon.

Había dedicado sus vacaciones a buscar a Alice Mae: revisó los registros oficiales de Nuevo México, condujo por carreteras polvorientas, hizo preguntas en pueblos solitarios y en parques de caravanas del desierto donde los forasteros no eran bienvenidos.

No había ninguna pista. Ella, como todos los demás niños perdidos, había desaparecido sin dejar rastro.

Quizá ahora volviera a Nuevo México para vivir como un ermitaño en un terreno rocoso del desierto, en un viejo camastro de muelles oxidados, esperando a que lloviera o a que Alice Mae apareciera.

Cada vez que leía una noticia sobre un progenitor que había matado a su pareja y secuestrado a su hijo se preguntaba si ahí estaba empezando una historia como la suya.

Las Copas, los Utensilios y los Ángeles otra vez…

Su propia familia lo había entregado para que fuera criado en cautividad.

Una madre o un padre que nunca había conocido, que quizá habría preferido no conocer nunca…

Nadie, ni siquiera a esas alturas, sabía cuál era su verdadera edad.

Pero ateniéndose a su edad supuesta, era demasiado joven para retirarse.

Desde 1990, había recurrido a muchos médicos y psicólogos, y a muchos fármacos terapéuticos.

Nada había funcionado mucho tiempo. Todos los médicos, jóvenes o viejos, ingenuos o cínicos, lo sabían: era la vida entera lo que requería una curación, no simplemente un día, una semana, un mes, o incluso un año.

A él le habían robado su infancia. Después había habido demasiados muertos: personas abatidas por balas, explosiones, caídas de un helicóptero, o que simplemente habían desaparecido como si nunca hubieran existido.

Su despacho ya estaba recogido, no quedaba ni un solo adorno en el escritorio: la balanza de acero, el modelo de un velero, el globo de nieve del Empire State, las fotografías enmarcadas, los premios, los diplomas con sus sellos de lacre: todo estaba en la caja.

Solamente quedaba un recuerdo: un viejo brazalete blanco-amarillento con la leyenda: 1979 N Semana de Bienvenida.

A nadie se le había ocurrido preguntar nunca por ese brazalete. Se lo puso en la muñeca.

Lo nombraron socio un par de años después de los incidentes de Maine.

Socio con poco más de treinta años. Algo prácticamente inaudito.

Berenson and McCatter era una firma nueva que había prosperado con rapidez y conseguido numerosos contratos gubernamentales.

Y él había progresado en la misma medida.

Al propio Ed, y quizá también a los socios del bufete, le había sorprendido descubrir que, pese a su pasado y al hecho de haber sido impuesto por la fiscalía del Estado, no era tan abogado fiscal después de todo.

Sus rivales cuchicheaban sobre su suerte o, peor aún, sobre la injustificada influencia que le había proporcionado su pasado. Era un tipo, decían, que conocía demasiados secretos, y los que conocían tantos secretos solo podían acabar de dos modos: privilegiados o muertos.

La cabaña que había hecho construir en Tranquility sobre las ruinas carbonizadas de la antigua nunca le había atraído gran cosa.

Lo había hecho recordando tiempos mejores, pero esos tiempos ya eran agua pasada.

Nadie había comprado la antigua tienda de pesca de Jim Dove, y ahora estaba tapiada: otra reliquia del pasado de Tranquility, como el muelle del barco de vapor o como las ruinas del antiguo hotel al final del lago.

En las dos ocasiones en las que había ido a la nueva cabaña, le había costado olvidar al hombre con el traje Tyvek negro que se había abrasado en el incendio infernal de la antigua.

Ed soñaba con el ennegrecido fantasma de su enemigo.

En esos sueños, este se sentaba ante la nueva encimera de la cocina con la ropa chamuscada y la cara despellejada, con unos ojos sin pupilas cocidos como huevos y una sonrisa sin labios, y miraba tristemente la taza de café que Ed estaba tomando.

Luego decía: «¿Sabes?, nunca volveré a ver a mi familia.

Nunca volveré a ver a nadie. Y todo por tu culpa».

Entonces él se despertaba bañado en un sudor frío y con el corazón en un puño.

La última vez que había ido a la cabaña, solo había pasado allí una noche: aquel fantasma sin ojos le había obligado a regresar a Boston.

Uno puede huir, pero no puede pasarse la vida huyendo.

Su vida había sido básicamente una huida, incluso cuando estaba sentado ante su escritorio.

En ningún sitio estaba a salvo. Algún día serían pronunciadas las palabras de nuevo.

La Bestia y el Uno. Aunque viviera hasta los cien años, ellos acabarían viniendo.

Vendrían tal como habían hecho anteriormente, cuando estuviera desprevenido.

«No sabéis cuál será la hora», les había enseñado la señora Frome. Eso por encima de todas las cosas.

Una ráfaga de nieve golpeó el cristal y resbaló a lo largo del ventanal, difuminando el reflejo de su rostro.

Sí, era diciembre: un clima mortal.

Quedaba solo una cosa sobre el escritorio. El regalo. Se lo había dado el socio gerente, envuelto en un papel plateado. A él no se le había ocurrido qué regalo podían haber considerado adecuado. Una pluma, tal vez.

Pero al desenvolverlo, había visto que era un caja azul y blanca con la leyenda: NOKIA 3210 en letras mayúsculas, una foto del teléfono móvil y el eslogan: «Nosotros lo llamamos “tecnología humana”».

Se desató una oleada de risas entre sus compañeros al ver la cara que él había puesto.

Muchas veces habían comentado que Ed Constance era el único abogado de Boston que no tenía móvil.

Y a lo largo de los años, en momentos de emergencia, cuando no conseguían contactar con él, habían tenido que buscarlo frenéticamente varias veces.

Junto al regalo, había una nota irónica: «Ey, Ed, hemos pensado que quizá ahora tengas tiempo para aprender a usar un cacharro de estos. ¡Disfrútalo! Maria McCatter».

Tras las risas, hubo una salva de aplausos.

Quizá fueron esos aplausos los que desataron los acúfenos.

Sus tímpanos perforados por la mina Claymore y el explosivo plástico nunca se curaron del todo.

Pero quizá aquel timbre lejano no lo habían provocado sus lesiones, sino otra cosa: el propio teléfono.

Nadie de Berenson and McCatter sabía lo que había sucedido en la Lenox Avenue.

¿O sí lo sabían? ¿Acaso Tifon había estado allí, junto a él, durante esos diez años?

El timbre se había vuelto más fuerte, casi ensordecedor, y de repente su campo visual se había reducido a un puntito.

La sala de reuniones desapareció. De nuevo volvía a estar en la Lenox Avenue, bajo las luces intensas y el chorro gélido del aire acondicionado.

Y ahí, tan reales como la noche que los había visto, estaban la placa manchada de barro, el dedo seccionado y el charco de sangre…

Una vez que les hubo dado las gracias, Maria le preguntó si se encontraba bien.

Él respondió que necesitaba tomar un poco el aire, así que cogió la caja, salió a tientas de la sala y regresó a su despacho.

Allí, dejó la caja sobre el escritorio y se pasó un minuto respirando profundamente, tratando de recuperar la visión.

El ataque de pánico por fin pasó. Algunos de sus colegas asomaron la cabeza por la puerta para comprobar que estaba bien y desearle buena suerte. Ahora ya se habían ido todos.

Eran las 21.09. Las tuberías de la calefacción central empezaron a gemir, indicando que el sistema acababa de ser apagado. Una política estándar de la oficina: reducir la factura de la energía. Poco a poco, a medida que el aire de la noche helara los ventanales, se iría notando el frío.

Sin embargo, ¿por qué ahora, mientras miraba hacia el hotel Marriott donde Gail McReedy había muerto, parecía que la temperatura hubiera caído repentinamente unos ocho grados?

El termostato marcaba aún 22 ºC, pero el frío le recorría la espalda.

Mucho más allá del hotel, en la oscuridad de la noche invernal, en los bosques, estaban todos los huesos: Carl, Jim, David, Fallows… Sarah.

Se estremeció. Tenía que librarse de esa sensación. Ahora estaba solo, tal como deseaba. Nada podía alcanzarle allí. Se volvió y cogió el regalo. Se lo daría al primer indigente que viera en la calle. Sin duda le darían unos dólares por él en una tienda de electrónica de segunda mano.

Inesperadamente, la caja empezó a vibrar y, a causa del sobresalto, se le escapó de las manos y cayó de nuevo sobre el escritorio.

La tapa se abrió con el golpe.

Ahí estaba el teléfono.

Con la pantalla iluminada.

Y el mensaje: «Número desconocido».

Su campo visual volvió a reducirse. Solo veía el teléfono, nada más.

Respiró hondo. Aquella broma, si de eso se trataba, tenía que acabar de una vez. No estaba para chistes. El compañero que le estaba llamando, fuese quien fuese, se iba a enterar.

Sacó el aparato de la caja y, pulsando el botón verde, se lo llevó al oído.

Sonó un silbido de interferencias y luego una voz dijo:

—Hola, Ed. —Hubo una breve pausa—. Supongo que no esperabas volver a saber de mí.

Era Sarah.