Número desconocido Capítulo 69
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Capítulo 69

En su mente destellaban imágenes como flashes. Los momentos antes del zumo de naranja. El crucifijo oscilando. Los niños cantando.

Ahí estaba la puerta de la herrumbrosa valla metálica. El candado colgaba del pestillo.

Notó otra vez la presión del cañón en la espalda.

—Muy bien. Pon la contraseña —le ordenó Frome.

Él se volvió.

—Va a ser difícil con este artilugio —dijo, señalando el detonador.

—No tienes que sujetarlo con las dos manos. Con una basta.

Se miraron el uno al otro; finalmente, Ed retiró la mano derecha de la palanca, manteniéndola apretada con la izquierda con todas sus fuerzas.

Luego levantó con cuidado el candado. Tenía ocho ruedas numéricas.

El mecanismo debería haber estado totalmente rígido después de haberlo dejado a merced de los elementos durante veinte años, sin embargo las ruedas giraban con bastante facilidad.

Introdujo los números: 66161614.

La mandíbula de bronce del candado se abrió. Frome apartó a Ed con el cañón de la escopeta, retiró el candado y empujó la puerta, que soltó un chirrido al abrirse. Luego le señaló el camino con el arma.

Ed volvió a poner la mano derecha sobre la palanca y siguió adelante.

El bosque húmedo se cerró en torno a ellos, sumiéndolos en la penumbra.

Estaban bajo cero y, con solo una camisa, tenía el frío suficiente como para que se le fueran entumeciendo las manos.

Temía que el detonador se le acabara escurriendo de sus dedos congelados.

La senda estaba parcialmente bloqueada por ramas y árboles caídos cubiertos de musgo, y enseguida empezaba a ascender por la ladera.

Las rocas y los socavones embarrados y llenos de hielo volvían muy traicionero el camino.

Ed miraba el suelo atentamente por si detectaba alguna señal de que Jim hubiera pasado por allí la semana anterior, pero no veía nada.

Él y Frome ya no hablaban; estaban concentrados mirando dónde ponían los pies.

Ed resbaló una vez, pero mantuvo sujeto el detonador.

Frome, a juzgar por el ruido de su respiración, estaba sufriendo con la cuesta.

A saber dónde había pasado los últimos veinte años, pero desde luego no había sido en un gimnasio.

Al cabo de media hora, llegaron jadeando a una cresta y salieron de entre los árboles a la luz del día.

Estaban en un terreno llano cubierto de rocas grises.

Desde allí, se dominaba un panorama de unos cuarenta kilómetros hasta los montes Apalaches.

Las oleadas de árboles se extendían hacia el oeste, tan apretadas como los tallos de un campo de centeno, ondulándose sobre las estribaciones y las montañas.

Por debajo, entre la inmensidad verde, brillaba el ojo azul de un lago.

A lo lejos, un águila calva volaba perezosamente en círculos.

No había un camino evidente hacia delante. El terreno caía a pico en todas direcciones.

—¿Y ahora? —preguntó Ed.

Frome señaló a la derecha. Y entonces Ed lo vio: había un estrecho saliente rocoso, de solo un par de metros de ancho, que se inclinaba hacia el precipicio. Sesenta metros más abajo, las copas de los árboles oscilaban al viento.

—Sigue —le ordenó Frome, moviendo el cañón de la escopeta. Ed descendió por allí. Frome volvió a empujarlo y él estuvo a punto de tropezar.

—Con cuidado —masculló Ed entre dientes.

Siguió bajando con cautela por la roca ribeteada de hielo y aguanieve.

El precipicio a su izquierda constituía una presencia abrumadora.

Trató de contrarrestar el vértigo pegándose a la pendiente de granito cubierta de liquen de la derecha.

Unos veinte metros más allá, había un hueco en la cara rocosa del precipicio.

De entre todas las anomalías de origen humano de aquella tierra salvaje, esta superaba con creces a las demás. Enclavada en la pared del precipicio había una puerta de hierro con una rueda de acero en medio. La puerta estaba sujeta por un marco metálico de un metro veinte de lado aproximadamente.

Era el tipo de escotilla que podrías encontrar en un búnker nuclear, con la superficie remachada y reforzada con bandas de acero, y las bisagras a la izquierda.

Obviamente, cuando estuviera del todo abierta, quedaría a ras de la pared de roca.

Debajo de la rueda de acero, había una placa de latón incrustada de cinco centímetros de alto y quince de ancho, con ocho ruedas numéricas y un botón de desbloqueo.

Unos pasos más allá de la puerta, el saliente terminaba bruscamente.

—Bienvenido a Armagedón, chico —dijo Frome.

—¿Y ahora qué? —preguntó Ed.

—Introduce los números otra vez.

Él respiró hondo. Ahora todo dependía de lo que hubiera hecho Jim.

Repitió la operación de antes, soltando una mano del detonador y girando lentamente las ruedas de la combinación.

Los ojos le lagrimeaban de frío; su mano estaba totalmente entumecida, de manera que le costaba alinear los números con la barra indicadora.

Era consciente todo el tiempo del abismo que tenía solo a dos pasos detrás de él.

Finalmente, consiguió alinear las ocho cifras: 66161614.

Pulsó el botón y el mecanismo de cierre se desbloqueó con un chasquido.

—Bien. Ahora gira la rueda —dijo Frome.

—¿Cómo? —preguntó Ed, sujetando el detonador—. Necesito las dos manos.

—Te crees muy listo, ¿no? —replicó Frome. Le señaló con la escopeta la zona donde terminaba el saliente—. Bueno, vete hacia allí. Hasta el final.

Ed se deslizó hasta el límite mismo del saliente. Miró hacia abajo. Las copas nevadas de los pinos y los abetos oscilaban lánguidamente bajo el viento invernal. Pensó que probablemente aquello sería lo último que vería en su vida.

—Ahora, levanta las manos y mantenlas así —le ordenó Frome. Ed obedeció, pegándose contra la fría roca gris mientras seguía presionando con firmeza la palanca del detonador.

—Eh, chaval. No hace ninguna falta que te folles la roca, ¿sabes?

—dijo Frome con una risotada, y apoyó la escopeta en la pared rocosa, sin quitarle a Ed los ojos de encima, dispuesto a volver a cogerla si se movía.

Luego sujetó la rueda y la giró en sentido antihorario hasta que sonó el clic del mecanismo.

Sonrió, tiró de la rueda y la puerta se abrió.

En una fracción de segundo, sin embargo, su sonrisa se desvaneció.

Ed tuvo apenas el tiempo suficiente para atisbar una O de sorpresa en aquella barba enmarañada.

Luego se apresuró a cerrar los ojos. Hubo un destello blanco y una fuerte detonación semejante a un trueno.

La pared de roca se sacudió a causa de la explosión y empezaron a caerle piedras encima.

Una del tamaño de un puño le dio de refilón en el hombro y a punto estuvo de desequilibrarlo.

Cuando la cascada de piedras hubo cesado, permaneció pegado a la pared todavía unos segundos.

Se había protegido la vista del destello cegador, pero, una vez más, se había quedado sordo a causa de la detonación.

Tenía la sensación de que le habían estallado los tímpanos.

La puerta había salido despedida contra la pared del precipicio y no le había golpeado a él por unos centímetros.

Ahora colgaba torcida de una sola bisagra.

Todavía seguía saliendo humo del interior.

De Frome y de la escopeta no había ni rastro.

Empezó a separarse con cuidado de la pared, pero al ver que se tambaleaba hacia el abismo y que estaba a punto de caer, volvió a aferrarse a ella. Con los oídos dañados, había perdido el sentido del equilibrio.

Se agarró a la escotilla abierta. De su mecanismo interior colgaba un cordón cortado; la otra mitad estaba en el suelo y se perdía en las sombras del interior anegado de humo.

Un hedor a cordita que le irritaba los ojos salía de allí dentro.

Más allá del umbral, había una pequeña cueva.

A través de la nube de humo, distinguió cajas amontonadas de tono verde oliváceo que parecían del ejército y tenían números de serie estampados.

Un par de ellas estaban abiertas y contenían paquetes blancuzcos de explosivo plástico.

Esparcidos por el suelo había trozos de chalecos antibalas que parecían partes corporales desmembradas.

Una de las cajas estaba vacía. Jim había escogido bien cuando había ido la semana anterior.

Estampado en un lado de la caja, figuraba el rótulo Claymore M18A1.

El soporte retorcido de la mina antipersonal había sido despedido hacia atrás y estaba metido entre otras cajas, con las dobles patas de tijera volcadas como los miembros de un insecto muerto.

Él le había dicho a Jim a dónde debía ir y qué debía hacer. Y su amigo, aquella mañana de Acción de Gracias, había hecho lo que le había pedido.

Setecientos balines de acero habían impactado en Frome a mil doscientos metros por segundo.

Ed entró tambaleante en la cueva llena de humo.

En la parte del fondo, había una caja abierta con rifles semiautomáticos, y al lado, una caja metálica más pequeña de munición que había reventado.

Uno de los rifles ya tenía metido un cargador-banana.

Eso era cosa de Jim tal vez. Ed lo sujetó torpemente con una mano y se colgó la correa del hombro.

Si en el último momento la cosa había funcionado milagrosamente, ahora el detonador amenazaba con acabar con todo.

La señora Frome debía haber oído la explosión de la Claymore desde allá abajo.

Por lo que él sabía, allí solo estaban ella y el señor Frome.

¿Qué haría ahora aquella mujer? Volvió renqueando al saliente rocoso y miró por el precipicio.

Muy abajo, se veían restos rojos y negros diseminados sobre las copas de los pinos.

La chaqueta a cuadros de Frome y fragmentos de su cuerpo.

La cabeza le daba vueltas. Cerró los ojos con fuerza y apretó los dientes.

Rehízo el trayecto por el saliente, llegó a la cresta y se internó otra vez entre los árboles.

Se apresuró mientras bajaba por la resbaladiza senda llena de rocas, aunque temía tropezar y que se le escapara el detonador de la mano.

Cada vez que sus botas patinaban, sentía un escalofrío en el corazón.