Número desconocido Capítulo 68
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Capítulo 68

—Hola, Edward. Así que al final has venido. Me sorprende un poco que David no esté contigo.

¿Dónde estaba escondida? ¿Podía verle? Y si él hablaba, ¿podría oírle? Miró a su alrededor. No había cámaras, solo el altavoz. Pero sobre el mostrador había un anticuado micrófono en un soporte, orientado hacia donde él estaba. Quizá funcionaba.

—David está muerto —dijo—. Y Fallows también, igual que los otros cuatro matones. Y el helicóptero se ha estrellado. Me temo que está acorralada. La policía llegará muy pronto.

Hubo un deje divertido en la respuesta de la señora Frome.

—Ah, la policía siempre está a punto de llegar, Edward. El problema es que nunca llega a tiempo, ¿verdad? Creo que ya sabes por qué.

—Basta de juegos —respondió Ed—. Tengo una pistola. Voy a llevarme a Sarah y dispararé a cualquiera que intente detenerme.

—Todo muy admirable, Edward —dijo la señora Frome—.

No esperaba menos de ti. Siempre el chico intrépido que protege a las chicas.

Primero Shannon, ahora Sarah… Lo que ocurre es que no estás en condiciones de negociar.

Habrás observado que tu amada esposa está un poco…

nerviosa, digamos. Lleva un detonador encima.

Si tratas de ayudarla, explotará. El señor Frome me dice que hay suficiente explosivo plástico para derribar el Empire State, no digamos para volar una diminuta gasolinera perdida en mitad de la nada.

Además, se ha divertido derramando toda esa vieja gasolina.

Un poco exagerado, podrías decir, pero ya lo conoces.

Le encanta una buena explosión. Y una incineración.

Ed se volvió hacia Sarah.

—¿Nos puede ver? —cuchicheó.

Ella meneó la cabeza.

—No lo sé. Quizá… Sal de aquí, Ed. Vete.

Él no le hizo caso y se volvió de nuevo hacia el micrófono.

—De acuerdo. ¿Qué quiere que haga?

—Lo que tenías que haber hecho hace diez años —respondió la señora Frome—. Tú sigue las instrucciones. Sube a Armagedón con el señor Frome y recoge el paquete que te está esperando allí. Y luego lleva a cabo la misión.

—Así de fácil, ¿no? —dijo Ed.

—Así de fácil. La verdad es que tendríamos que haberte liquidado hace años, Edward.

En Miami podríamos haber acabado contigo cualquier día.

Incluso en aquella playa, después de tu boda.

Debo decir que no esperábamos que fuerais a bañaros desnudos.

Pero eso nos dio la oportunidad de llevarnos unos recuerdos de aquel día señalado.

Espero que te haya gustado ese toque personal de ahí fuera, ¿no?

En fin, pese a la irritación inevitable, convencí a Vermeulen para que te diera una última oportunidad.

Si le conocieras, sabrías lo sorprendente que fue que accediera: es un hombre bastante despiadado.

Eso sí, cuando tú hagas lo que debes hacer, estarás consciente, a diferencia de Catrine y Shannon.

Lo cual volverá especialmente amargo tu final, Edward.

Para eso servía toda esa historia de la Bestia y Uno, ¿sabes?

Para anestesiar el cerebro. Las cosas resultan así más fáciles.

Estoy segura de que Catrine y Shannon apreciaron las ventajas de ese sistema.

Tú no dispondrás de ellas. Tú tendrás los ojos abiertos.

Y supongo que ya sabes cuál será tu legado.

Suplantador de identidad, comunista, drogadicto, terrorista, violador y asesino múltiple.

El Caníbal de North End…, ¿quién lo habría dicho?

Una lástima lo de esa chica tan guapa del hotel.

Lamento decirlo delante de tu esposa, pero las marcas de mordiscos en el cuerpo de aquella mujer eran propias de una fiera salvaje.

La policía te considera una especie de monstruo, Edward.

Estoy segura de que te dispararían con gusto nada más verte.

Pero tú no vas a permitir que suceda tal cosa, ¿verdad?

Tú tienes que llegar a la presa Hoover sin más interrupciones.

Tienes que pensar en tu esposa y en el bebé.

—Váyase a la mierda —dijo Ed.

—Vamos, vamos. Yo te enseñé mejores modales, Edward. Pero ya basta de charla. Lo primero es lo primero: tira esa pistola por la puerta.

Ed miró la Glock y luego a Sarah. Nada había salido como esperaba.

Se había liberado de Tifón, pero ¿para qué?

Había sido solo una ilusión. Todo lo ocurrido desde City Point había sido una mera improvisación.

Una decisión desesperada tras otra. Hasta los planes que había urdido el antiguo Ed antes del «apagón» habían resultado inútiles.

E incluso si Jim había hecho lo que él le había pedido, estaba seguro de que ellos también lo habrían previsto.

Le dio la vuelta a la pistola, sujetándola por el cañón, y la lanzó por encima de los expositores caídos hacia el charco de gasolina de la entrada. El arma se deslizó hasta detenerse en el umbral.

Una figura corpulenta apareció entonces y ocupó prácticamente todo el marco de la entrada.

Metro noventa, ciento veinte kilos, una gigantesca chaqueta a cuadros rojos y negros y una gorra con visera.

Ahora la barba de Frome estaba canosa y le cubría casi toda la cara.

Sus labios rojos se abrieron en un simulacro de sonrisa.

Sus ojos de verdugo estaban muertos. Eso no había cambiado.

Frome le apuntaba con una escopeta de corredera.

—Eh, amigo —dijo con aquella sonrisa amarillenta asomando entre la barba. Quitó la mano izquierda del cañón de la escopeta, se agachó y recogió la Glock. Revisó el seguro y se la metió en el cinturón que ceñía su abultada barriga. Luego volvió a poner la mano en el cañón y señaló con él a Sarah.

—Tenemos que ponernos en marcha —dijo—. Pero seamos justos…

¿Por qué no le echas un vistazo a tu encantadora esposa y compruebas que está bien?

Te confieso que no he hecho tonterías con ella…

Bueno, no mucho, ya me entiendes. —Le volvió a dirigir aquella sonrisa sarcástica—.

Hay una cantimplora y un cubo de agua por ahí.

Dale un trago; y también un remojón, si quieres. Está un poco colocada.

Ed se acercó rápidamente a Sarah. Cogió la cantimplora que había en el suelo, desenroscó el tapón y se la puso en los labios.

Ella apartó la cabeza.

—No tienes que hacer eso, Ed —dijo.

Él respondió en voz baja, confiando en que Frome no le oyera.

—Te sacaré de aquí, te lo prometo.

—¿Cómo? —dijo ella.

Ed echó un vistazo hacia Frome y volvió a mirarla.

—Ya se me ocurrirá algo —dijo.

Él mismo odió la desesperación de su tono.

Había un rollo de papel higiénico junto al cubo.

Cortó un trozo, lo humedeció un poco y le limpió la cara a Sarah.

Luego se quitó la chaqueta de camuflaje.

Todavía estaba mojada por su caída en la zanja, pero eso era mejor que nada.

Se la puso alrededor de los hombros con mucho cuidado, manteniendo las manos lejos de los cables.

—Volveré pronto, ¿de acuerdo? —dijo.

Al darse la vuelta, vio que ahora eran dos las personas que había en la puerta.

La señora Frome había llegado. También ella había envejecido.

El pelo gris, los ojillos azules reluciendo tras las gafas, un maquillaje completo incluso para los bosques de Maine.

La única concesión era su atuendo: parka azul claro, pantalones informales y zapatos planos.

En la mano derecha tenía una pistola con la que le apuntaba.

Una Beretta. Parecía diminuta en comparación con la escopeta de Frome, pero sin duda era igual de mortífera a tan poca distancia.

Con la mano izquierda sujetaba otra cosa.

—Muy bien, Edward, ven aquí —dijo.

Ed miró una vez más a Sarah y luego se acercó a la entrada.

La señora Frome le mostró el objeto que tenía en la mano.

—Esto es un detonador inalámbrico de última generación, una gentileza del ejército americano.

Me dicen que tiene un radio de acción de tres kilómetros.

No lo hemos probado, así que vete con mucho cuidado cuando lo cojas.

Para ser sincera, podría activarse igualmente.

Está programado para detonar el explosivo plástico que tiene alrededor tu encantadora esposa.

Ed lo observó. Parecía una granada envuelta en cinta adhesiva. Tenía unos cables colgando, como una antena siniestra, y también, igual que en una granada, una palanca en un lado que la señora Frome estaba apretando.

—Muy bien, Edward —dijo la mujer—. Cógelo con mucho tiento. Una vez que lo tengas, mantén apretada la palanca; si intentas algo durante el camino, ten la seguridad de que el señor Frome te disparará y tú soltarás la palanca, de manera que tu esposa morirá. Capisci?

Ed se acercó más. Las manos le temblaron al disponerse a coger el detonador.

De no haber sido por Sarah, él habría soltado deliberadamente la palanca, haciendo que volaran todos por los aires.

Pero lo que hizo fue mirar la escuálida garganta surcada de venas azules de la señora Frome, muriéndose de ganas de estrujarla.

La sangre le zumbaba en los oídos, pero consiguió dominarse y extendió la mano, cerrándola sobre la de ella.

Estaba fría. Como la de un cadáver. Ella sonrió ante el contacto, aunque la sonrisa no alcanzó sus ojos azules.

—Vaya, tienes la mano caliente. Espero que tu esposa lo aprecie en las noches de invierno. Bueno, sujétalo bien y no lo sueltes.

La señora Frome apartó la mano bruscamente. Ahora era él quien apretaba la palanca. Pese al frío, le cayeron gotas de sudor sobre los ojos.

—Bien, creo que has entendido lo esencial —dijo ella—. ¿Listo, señor Frome?

—Claro —respondió el gigantón.

—Entonces, lo dejo en sus manos. —La mujer miró a Ed de arriba abajo, como si le pasara revista.

Él supuso que no debía tener muy buena pinta entre sus ropas andrajosas, la sien magullada y la herida del brazo, por donde empezaba a rezumar sangre—.

Adiós, Edward —añadió con la voz un poco estrangulada.

¿Por qué? Luego dio media vuelta y se alejó de la gasolinera.

Ed la siguió con la mirada. Frome hizo un gesto con la cabeza.

—Bueno, gilipollas. Vamos a dar un paseíto juntos. Por aquella puerta, ¿recuerdas? Armagedón.

Salieron los dos. Vio que la señora Frome caminaba por la carretera hacia Ashland.

Ahora observó que había otro coche, una especie de sedán rojo, aparcado cerca de una curva, a unos doscientos metros.

Antes de seguir adelante, volvió un momento la cabeza, pero no pudo ver a Sarah entre las sombras de la oficina.

—Volveré —gritó.

No hubo respuesta.