Capítulo 67
Era un poco más de mediodía, pero, aunque el sol estaba a punto de alcanzar su zenit, apenas se elevaba por encima de la hilera de abetos y píceas que flanqueaban la Realty Road. Anochecería a las cuatro. Ed avanzó por la penumbra de la cuneta.
Al cabo de veinte minutos, divisó la punta de la estrella de Texaco asomando sobre las copas de los árboles.
Redujo la marcha, se agazapó. Los que estuvieran esperándole difícilmente habrían dejado de oír el estallido del helicóptero en medio de aquel silencio invernal, y menos aún habrían dejado de observar la columna de humo que se elevaba desde el lugar del accidente.
El peralte de la carretera le proporcionaría cierta cobertura.
Se deslizó hasta el punto donde el tramo de grava daba paso a la zona pavimentada.
El asfalto que se extendía por delante estaba resquebrajado y alabeado, con matojos resecos asomando entre las grietas y un fino manto de ramitas y piñas.
Había un silencio inquietante, a diferencia de las otras dos veces que había estado allí, en los años setenta y noventa, cuando el canto de las cigarras y de los gorriones de garganta blanca era casi ensordecedor.
En los diez años transcurridos desde la última vez, la naturaleza salvaje parecía haberse afianzado un poco más.
La marquesina de los cuatro surtidores de la gasolinera se había combado y vuelto gris con los años, y los propios surtidores, en tiempos de color rojo bombero, eran ahora de un rosa pálido.
La oficina situada detrás seguía tapiada con tablones, aunque ahora llenos de grafitis.
La entrada, desprovista de tablones como entonces, era solo una boca negra.
Había, sin embargo, dos elementos nuevos en el lugar.
Un Corolla polvoriento de matrícula canadiense estaba estacionado en el aparcamiento de detrás, en el mismo sitio donde había aparcado el autobús amarillo hacía tantos años.
Presumiblemente, era el coche al que se había referido David; el que se suponía que él iba a utilizar para ir a Colorado.
La segunda novedad eran dos maniquíes situados a uno y otro lado de la entrada de la oficina.
Uno de ellos estaba vestido con un ondeante vestido nupcial blanco; el otro, con un esmoquin.
Ambos conjuntos le resultaban bien conocidos; los había visto por última vez la noche de su boda, dos años atrás, tirados en la playa del hotel Fontainebleau.
Se quedó sin aliento al verlos; incluso en esto, Tifón había tenido una increíble clarividencia; había previsto ese día, esa escena.
Era solo un clavo más en la tortura mental a la que estaban sometiéndole, y casi consiguió que se derrumbara.
Aun así, se obligó a seguir adelante. Desde fuera, distinguió en el interior de la oficina los expositores metálicos tirados desordenadamente por el suelo y la silueta de la caja registradora hacia el fondo.
El silencio y la inmovilidad eran desconcertantes.
Él había previsto un gran comité de recepción, pero no había nadie a la vista.
Y se suponía que Sarah debía estar por alguna parte.
Es decir, si el accidente del helicóptero no había asustado a quienes la tenían en su poder y les había inducido a marcharse.
No quería admitir esa posibilidad, y sin embargo…
Se detuvo frente a las puertas rotas de la oficina.
Curiosamente, tratándose de una gasolinera que no había funcionado en más de tres décadas, había en el aire un intenso hedor.
En unos instantes, se sintió mareado. Gasolina en descomposición.
Era etanol lo que estaba entrándole en los pulmones.
Notó que sus botas chapoteaban. Había un charco de líquido en el umbral.
A la luz del sol invernal, percibió su irisado brillo aceitoso: gasolina derramada.
El charco se extendía formando un auténtico lago por el interior oscuro de la oficina. Habían preparado el lugar a conciencia.
Le pareció captar un movimiento en las sombras del fondo. Cruzó el umbral, chapoteando en aquel lago de gasolina, que debía alcanzar dos o tres centímetros de altura. Su tobillo entró en contacto con algo parecido a un sedal de pesca. Notó una breve resistencia; luego nada. Un cable trampa.
Se quedó paralizado, con el corazón en la boca. ¿Para qué una trampa? ¿Un dispositivo de aviso para que ellos supieran que estaba aquí?
Aguzó el oído. Ahora captó un goteo apenas audible.
Luego percibió un gemido entre las sombras.
Instintivamente supo que era ella.
—Sarah —dijo, levantando la voz. Levantándola más de la cuenta. No había hablado desde que había caído del helicóptero y en sus oídos todavía resonaba el estruendo de los rotores—. Soy yo, Ed.
Ella respondió en el acto.
—¿Ed? ¿De verdad eres tú? —Tenía la voz ronca; quizá la habían golpeado o drogado.
—Sí, soy yo —dijo él, hablando con más firmeza de la que sentía por dentro.
—Ed, no entres. ¡Vete! —cuchicheó Sarah.
—Tranquila.
—¡No! ¡Es una trampa! —respondió ella.
Ed dio unos pasos más, chapoteando. Sus ojos estaban adaptándose a la oscuridad. Ahí, en la pared del fondo de bloques de hormigón había una silueta pálida como un fantasma, con la cara enmarcada por el pelo oscuro y unos ojos despavoridos cuyo blanco resaltaba entre las sombras.
Estaba desplegada en una «X», como crucificada, con las muñecas y los tobillos fijados en la pared sobre dos soportes de acero oxidado.
Tenía un trapo ensangrentado alrededor de la mano izquierda, donde le habían cortado el dedo.
Llevaba solo un sujetador y unas bragas llenos de mugre.
El vientre de embarazada se le notaba ligeramente y tensionaba el elástico de las bragas.
Tenía la piel azulada a causa del frío. Había unos cables blancos enrollados alrededor de su cuerpo y muy cerca de ella, en la parte interior de los pilares de la oficina, unos paquetes de algo parecido a plastilina gris.
Ella lo miraba fijamente.
—No quería que me vieras así, Ed.
—Tranquila —dijo él
Sarah meneó la cabeza.
—Vete, Ed.
Antes de que él pudiera responder, sonó otra voz. Una voz distorsionada artificialmente. Él se sobresaltó y alzó la mirada. Por encima de la caja registradora, en la esquina del techo, había un altavoz que debía haber servido en su momento para emitir música y transmitir mensajes al personal.
Aparte de la distorsión electrónica, Ed reconoció la voz. La había oído todos los días durante su infancia.
Era la señora Frome.