Número desconocido Capítulo 66
94%

Capítulo 66

El viento helado le daba a Ed en la cara violentamente. Era como si un mazo le hubiera roto un lado de la cabeza. En su campo visual no cesaban de girar unos puntos de luz

David se incorporó y se agarró a la escotilla, con medio cuerpo dentro y medio fuera, y miró hacia abajo. Hablaba por los auriculares, pero el ruido de los rotores ahogaba su voz.

Jim se hallaba recostado en el asiento, al lado de Ed.

Tenía la cara lívida y se sujetaba la herida de la pierna izquierda con una mano.

La pernera de sus pantalones cargo estaba completamente teñida de rojo y Ed observó que estaba exhausto por el dolor y la pérdida de sangre.

Pero también advirtió que se había sacado algo del bolsillo con la mano libre: una afilada punta de flecha que había recogido en la senda hacia el hotel.

Entonces, sin mirarle, Jim extendió el brazo por detrás de él, encontró el hueco entre sus manos atadas y empezó a serrar a la desesperada las bridas de plástico.

A Ed se le subió el corazón a la garganta.

Durante unos instantes hubo resistencia, pero enseguida las bridas cedieron con un chasquido que resultó inaudible con el estrépito del helicóptero.

David volvió a hablar por los auriculares, hizo un movimiento de corte con la mano, y Fallows tiró de la palanca de control hacia atrás. La cabina se alzó ligeramente. Mientras las nubes borrascosas pasaban frente a la escotilla abierta, el helicóptero quedó precariamente suspendido en el aire.

David se volvió. Sus ojos azules tenían una expresión gélida.

Entonces, con un movimiento fluido, se echó hacia delante y agarró a Jim de las solapas de su chaqueta de caza.

Luego, con la misma facilidad con la que alzaría a un bebé, y no a un adulto de noventa kilos, lo puso de pie.

La pierna herida de Jim se dobló, pero David, sin prestar atención, lo giró hasta colocarlo de espaldas a la escotilla abierta y al torbellino de nubes del exterior.

Los dos hombres se miraron a los ojos un instante.

Los labios de Jim se torcieron en una mueca mientras David lo empujaba a trompicones hacia la escotilla.

Jim había agarrado con una mano la pechera de la parka de David, pero, sin que él lo viera, sujetaba todavía con la otra la punta de flecha.

Diez centímetros de sílice afilados como una cuchilla.

Jim echó el brazo hacia atrás y hundió salvajemente bajo el esternón la punta aguzada, que desapareció por completo en la tela de la parka.

David apenas se inmutó, pero bajó la mirada, desconcertado, y soltó a Jim para palparse con una mano el sitio donde se había alojado la punta de flecha.

Sus dedos se mancharon de sangre. Miró a Jim.

Este alzó su mano libre, que también estaba ensangrentada por un corte en la palma que le llegaba al hueso, pues la punta de flecha se le había clavado profundamente al asestar el golpe.

El rostro de David se contorsionó. Gritó algo que Ed no pudo oír, y este intentó ponerse de pie.

Sin embargo, entre la oscilación del helicóptero suspendido en aquel cielo turbulento y el impacto que había sufrido en la cabeza, todo le daba vueltas.

Extendió el brazo para agarrarse a un soporte y mantener el equilibrio, pero no lo consiguió y estuvo a punto de caerse.

Con la mano libre, David agarró a Jim por el cuello.

Este le arañó los ojos con la suya, pero eso no pareció afectar la fuerza de su adversario, que siguió empujándolo.

Jim fue retrocediendo hasta que su bota derecha se enganchó en el borde metálico de la escotilla y tropezó hacia atrás.

Sus manos soltaron la parka y la cara de David y cayó al vacío, desapareciendo en el acto.

David se asomó y miró hacia abajo, sujetándose con una mano en el borde de la escotilla.

Con la otra mano agarraba la punta de flecha que tenía aún en la pechera desgarrada, por donde no dejaba de manar sangre que iba empapando su parka azul.

La punta de la flecha subía y bajaba con cada respiración entrecortada.

Ed, tras recuperar el equilibrio, osciló y avanzó tambaleante. David debió percibir el movimiento a su espalda, porque tuvo el tiempo suficiente para volverse y mirarle a los ojos justo cuando Ed le embestía con el hombro.

Ahora fue la bota de David la que se enganchó en el umbral de la escotilla. Por un segundo se quedó allí suspendido, moviendo los brazos en aspa, pero había perdido su centro de gravedad y lenta, muy lentamente, empezó a caer para atrás hacia las turbulentas nubes grises.

Uno de sus brazos dejó de agitarse y se lanzó hacia la chaqueta de Ed, agarrándola del cuello.

Él, a causa del tirón, se tambaleó hacia delante y tuvo que sujetarse en el borde de la escotilla.

David, ya sin poder sostenerse, cayó hacia atrás.

Los auriculares saltaron y quedaron colgando en el aire.

La mano libre de David todavía se aferró al patín del helicóptero y, por un instante, pareció que podría sujetarse, pero luego sus dedos ensangrentados resbalaron uno a uno y se precipitó al vacío.

Mientras se desplomaba hacia la mancha gris verdosa de los bosques, sus ojos no se apartaron de los de Ed. Y aunque ahora ya debía haber caído unos mil pies, pareció que sus labios esbozaban una sonrisa. Diez segundos más tarde, su cuerpo fue engullido por los árboles.

El helicóptero dio otro bandazo. Ed estuvo a punto de salir despedido por la escotilla.

Se giró en redondo. Fallows lo miró fijamente con sus gafas de piloto y volvió a tirar de la palanca de control.

El aparato se ladeó y las botas de Ed patinaron sobre los remaches metálicos del suelo.

Se agarró al asiento, avanzó por la empinada pendiente de la cabina.

Fallows abandonó sus intentos de lanzarlo al vacío y se llevó la mano libre a la funda de la Glock de su cinturón.

Abrió el cierre y sacó la pistola, pero antes de que pudiera quitar el seguro, Ed le sujetó la muñeca.

Forcejearon durante unos momentos. Fallows se fue hacia un lado, arrastró la palanca de control, y el helicóptero se inclinó bruscamente en el sentido contrario, de manera que se golpeó la cabeza con el parabrisas de plexiglás.

En el panel de control parpadearon las luces de emergencia y, bruscamente, el aparato empezó a perder altura girando sobre sí mismo.

A Fallows se le cayó la pistola al intentar sujetar la palanca con ambas manos para levantar el helicóptero.

Ed se desplomó en el asiento y observó cómo la Glock se deslizaba por el suelo hasta detenerse con una de sus botas.

Se apresuro a cogerla, quitó el seguro y deslizó la corredera.

La vertiginosa caída del aparato se interrumpió.

Fallows parecía haber recuperado el control.

Ed se levantó y le puso el cañón de la pistola en el oído derecho.

El ruido del rotor y del viento que entraba por la escotilla abierta impedía mantener una conversación.

Los auriculares de David seguían colgando junto a la puerta de la escotilla.

Ed los sujetó cuando oscilaron hacia él y se los colocó con la mano libre. Accionó el micrófono.

—Muy bien. Escucha, Fallows —dijo—, si haces exactamente lo que yo te diga, quizá salgas vivo de esta.

Fallows tragó saliva y asintió.

—¿Sabes dónde está mi esposa?

El otro volvió a asentir.

—Llévame allí.

—¿Y luego qué? —preguntó Fallows.

—Luego puedes irte.

—¿Crees que me voy a tragar eso?

—Recuerda que yo no soy un cabrón de los vuestros. Yo me he liberado.

—Llevo décadas en esto, Constance. Nadie se libera.

—Ahórrame tu filosofía. Te estoy ofreciendo un trato. Cuando lleguemos, te mantienes a unos pies del suelo. Yo salto del helicóptero y tú puedes volar al campo aéreo de Nevada o al lugar de mierda de donde hayas venido.

—De acuerdo. Si es eso lo que quieres, adelante —dijo Fallows, virando el helicóptero hacia el nordeste. Abajo, Ed divisó el contorno de treinta kilómetros del lago Chesuncook, donde había acampado con Jim diez años atrás.

Continuaron volando, ahora por encima del Eagle Lake. No se veían las locomotoras del claro, pero Ed sabía que aquellos cíclopes herrumbrosos seguían allí, esperando el fin de los tiempos.

El Huey sobrevoló el curso del Allagash, por donde él había huido tantos años atrás, y luego descendió por encima del gigantesco pozo negro donde se había alzado la Granja de Eriksson. Los recuerdos le venían en cascada.

El aparato fue perdiendo altura a medida que se aproximaron a la gasolinera Texaco.

Fallows señaló un tramo recto de la Realty Road. Un incendio forestal había acabado con los árboles, dejando solamente algunos troncos ennegrecidos a cada lado.

—Ahí está el punto de aterrizaje —dijo a través de los auriculares—. Alrededor de la gasolinera hay demasiados árboles. —Retrocedió lentamente, dejó el helicóptero en vuelo estacionado, y luego empezó a descender hacia la carretera de grava.

—Déjame a tres metros del suelo —dijo Ed, quitándose los auriculares.

Todavía apuntando a Fallows a la cabeza con la Glock, retrocedió hacia la escotilla y miró hacia abajo.

La superficie de la carretera se iba acercando.

Diez metros, seis… Sin dejar de apuntarle, se deslizó fuera del aparato y apoyó los pies en el patín.

Quizá Fallows era consciente de que ya no podía volver con Tifón después de lo ocurrido.

Justo cuando Ed iba saltar, se agachó y tiró de la palanca, y el Huey volvió a levantar el morro de golpe.

La Glock se disparó en la mano de Ed. Estaba a corta distancia y solo se veía la parte superior de la cabeza de Fallows por encima del asiento del piloto, pero la cubierta de plexiglás detrás de él se llenó de salpicaduras rojas y grises.

Inmediatamente, Ed cayó hacia atrás y la Glock se deslizó de su mano y salió volando.

Aguardó al impacto demoledor sobre la carretera, pero lo que sintió fue un brusco chapoteo que lo dejó helado y le llenó la boca de agua gélida.

Volvió a la superficie, jadeando. Había salido despedido hasta una zanja de la cuneta.

El agua glacial le llegaba a la cintura.

Si hubiera caído solo un metro más allá, se habría estrellado brutalmente contra la superficie de la carretera.

El Huey, ahora a unos cuatrocientos metros, seguía ascendiendo en el aire, aunque trazando un arco hacia el oeste, y cada vez más ladeado, hasta que alcanzó la cima de su curva ascendente y empezó a caer, primero de lado y luego del revés.

Acabó desapareciendo entre los árboles, más allá de la zona incendiada, y acto seguido surgió una enorme bola de llamas negras y anaranjadas.

Ed salió de la zanja y se puso de pie. Se examinó rápidamente.

No tenía nada roto, pero iban a salirle un montón de magulladuras.

Los dientes le castañeaban de frío. Su entumecimiento tenía una ventaja, sin embargo; ahora las heridas del hombro y la cabeza no le dolían tanto.

Captó un destello en mitad de la Realty Road y vio que era la Glock.

La recogió y echó a andar hacia el este, hacia la gasolinera, hacia Armagedón.