Número desconocido Capítulo 65
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Capítulo 65

David y Fallows habían bajado dos pisos con sigilo y ahora estaban en la galería que dominaba el vestíbulo de recepción.

De las sombras del salón de baile emergió Ed lentamente.

A David le pareció que tenía un aspecto algo distinto que cuando lo había visto por última vez en Northeastern, diez años atrás.

El chico se había convertido en un hombre.

Ese era el durmiente que había despertado pero que ahora estaba a punto de morir.

Que se jodiera Vermeulen. Apuntó y apretó el gatillo del Uzi.

David metió otro cargador. A través de la nube de humo provocada por los disparos, atisbó el cuerpo de Ed tumbado boca abajo.

Parecía que finalmente todo había acabado.

Ya no habría misión para esa Copa en particular, pero tampoco daría ya más molestias.

Había muchos más chicos descerebrados en Nuevo México capaces de ocupar su lugar.

La presa Hoover seguiría en su sitio dentro de un mes, o de un año.

—Vigila por si aparece el otro —le ordenó a Fallows, y bajó sigilosamente por las escaleras, moviendo el Uzi entre el cuerpo caído de Ed y las puertas de entrada del hotel.

Esperaba encontrar a este en un charco de sangre, pero vio en la penumbra que no era así y que aún respiraba.

La cabeza rota de la cariátide yacía a su lado.

Ni uno solo de los disparos le había dado directamente; todos los había recibido aquella absurda estatua.

Ed tenía un bulto en la sien, donde el mármol le había golpeado de refilón.

El Diablo lo había salvado. Soltó una maldición.

Todavía era posible llevárselo siguiendo el objetivo de la misión, y Fallows era testigo de ello.

Ed gimió y se removió en el suelo. Resultaba tentador vaciarle a bocajarro todo el cargador del Uzi, y a la mierda las consecuencias. Pero al levantar la vista, David vio que Fallows estaba observándole desde la galería.

Si el Diablo y el destino estaban contra él, que así fuera, pensó con resignación. La esposa no dejaba de ser una garantía. Ed ya había demostrado su ciega lealtad al tratar de proteger a Shannon. ¿A qué extremos sería capaz de llegar para salvar a su propia esposa y a su hijo aún no nacido?

De un puntapié, le dio la vuelta a Ed, recogió la Glock y se la metió en el cinturón. Luego volvió a ponerlo boca abajo, le sujetó las manos en la espalda, sacó de su chaqueta de camuflaje unas bridas de plástico y le ató las muñecas.

Justo cuando hubo terminado, oyó el crujido de unas botas a su espalda, en la entrada principal.

Un punto de luz bailó en la periferia de su campo visual; osciló en el brazo de la estatua y en la polvorienta cortina de terciopelo del salón de baile y finalmente se detuvo junto a su ojo y se quedó allí.

David se giró lentamente. La luz del sol destellaba en la mira telescópica de un rifle que lo apuntaba a la cabeza.

Reconoció al tipo. Era el dueño de la tienda de pesca, Jim Dove.

Él lo había visto diez años atrás, la mañana en la que habían perdido a Carl, alejándose de Seboomook con su camioneta.

—Suelta el arma muy despacio —le ordenó Dove.

David se agachó, dejó el Uzi en el suelo y se cubrió los ojos para protegerse de los reflejos de la mira telescópica.

—Si tienes un compañero, dile que se muestre —dijo Dove.

—Estoy solo —respondió David. ¿Dónde coño estaba Fallows? Había desaparecido de la galería.

Dove no le creyó; entró con cautela, moviendo el rifle alrededor del vestíbulo y de la galería. Lo que no podía ver era que Fallows había reaparecido en la parte de la galería situada inmediatamente por encima de él y que le estaba apuntando a la espalda con su pistola.

Jim descubrió de repente hacia dónde se dirigía la mirada de David.

Dio rápidamente un paso adelante, giró en redondo y alzó el rifle justo cuando el chasquido de la pistola de Fallows sonaba dos veces seguidas.

Una bala rebotó en las baldosas del vestíbulo y pasó sibilante junto a la cabeza de David, pero la segunda le dio en el muslo izquierdo.

El balazo arrojó una lluvia de sangre y jirones de tejido a los pies de David.

Jim dio un grito y se desplomó. El rifle se le escurrió de las manos.

Hubo un brusco silencio, solo interrumpido por los quejidos de Jim, que intentaba detener la hemorragia de su muslo con ambas manos. La herida, sin embargo, parecía de las malas. La sangre había empezado a acumularse bajo su cuerpo.

—Mierda —gritó.

David se dispuso a recoger el Uzi y se incorporó mientras Fallows bajaba por las escaleras. El tipo seguía mascando chicle tranquilamente.

David se plantó junto al hombre caído.

—Tú eres el tipo de la tienda de pesca, ¿no? —preguntó.

—¿A ti qué te importa? —le soltó Dove.

—Te vi alejándote de Seboomook hace un montón de años. Ojalá lo hubiera deducido entonces. Nos habríamos ahorrado un montón de problemas y no habríamos tenido que perseguir al viejo Ed hasta aquí. Supongo que fuiste tú quien le disparó a Carl, ¿no?

Jim permaneció callado.

—Me lo imaginaba —prosiguió David—. Suerte que atrapamos a tu amigo Dumfries y que finalmente descubrimos la conexión.

El mismo equipo en Vietnam. Ingenieros de combate de los Marines.

Los dos teníais un buen historial en volar aldeas.

Te respeto por ello. Vosotros entendíais realmente el poder del terror.

—Que te jodan —dijo Jim—. No te vas a salir con la tuya. Todos los policías del estado y los agentes de la Guardia Nacional de cien kilómetros a la redonda vienen hacia aquí.

David se echó a reír.

—Amigo, nosotros somos para todo el mundo la Guardia Nacional.

Jim no respondió. Tenía la cara crispada de dolor y seguía tratando de taponar la hemorragia del muslo con ambas manos.

A David le pareció atisbar el hueso reluciente a través de sus pantalones.

Este ya no iba a dar más problemas. Seguramente acabaría desangrándose, pero no quería dejarlo allí y que lo encontrara la policía.

Le indicó a Fallows con un gesto que lo llevara al helicóptero.

Fallows lo sujetó por las axilas y lo arrastró por el vestíbulo y luego por los escalones.

La pierna inerte de Jim iba rebotando contra el suelo, lo que le arrancó más gritos de dolor.

Estaban dejando un buen rastro de sangre.

Los equipos forenses de la policía quizá se entretendrían con eso, pensó David, pero al menos la sangre no era de ninguno de ellos dos.

Se volvió hacia Ed. Ahora que Fallows había desaparecido momentáneamente, sintió de nuevo la tentación de terminar la misión de una vez, igual que cuando le había ordenado a Bailey que acabara con Ed.

Este se las arreglaba para escapar de cada peligro que le planteaba Tifón.

Y lo mismo podía suceder ahora, con Sarah o sin ella.

Apoyó el cañón del Uzi en la cabeza de Ed, que aún seguía inconsciente.

El seguro estaba quitado. Bastaría con una ligera presión en el gatillo para que sus sesos se esparcieran por todo el vestíbulo.

Fin de la historia. Él y Fallows podrían largarse con el helicóptero.

Y mala suerte si la libretita roja acababa jodiéndole la vida a Vermeulen.

Para entonces, él ya estaría en Nuevo México.

Sin embargo… sería una maravilla poner las noticias y contemplar cómo el río Colorado fluía a borbotones por un gran boquete de la presa, y luego ver la foto policial de Ed en la pantalla, tal como habían aparecido las de Shannon y Catrine en su momento. Apartó el cañón y esperó a Fallows.

Al abrir los ojos, Ed vio que David estaba observándolo desde arriba.

Una vez más, tenía la sensación de que le habían clavado un picahielos en el cráneo.

Lo único bueno del dolor era que le decía que no estaba muerto ni bajo el hechizo de Tifón.

Tenía las manos atadas detrás. Cuando su visión se enfocó, no le sorprendió demasiado ver a Mo Fallows junto a David.

La última vez que lo había visto había sido en las oficinas de Merriweather’s.

Daba la impresión de que hubiera pasado una eternidad, pero apenas había transcurrido una semana.

Fallows llevaba gafas de aviador y no dio señas de reconocerlo.

David sonrió. Tenía los dientes amarillentos, exactamente igual que el gorila al que había abatido en Boston. Quizá ninguno de ellos creía en los beneficios del flúor.

—Despierta, chaval —dijo David.

Ed consiguió finalmente mover la lengua.

—¿Dónde está Sarah? —preguntó.

—Ah, el fiel marido, ¿no? —respondió David—. Está carretera arriba, en la gasolinera Texaco. ¿Recuerdas? No te preocupes, tu bella mujercita está como una rosa, dejando aparte su dedo. Chico, cómo berreó cuando se lo cortamos.

—¡Hijo de puta! —le espetó Ed.

—Chist —dijo David—. La señora Frome nos enseñó mejores modales.

—¿Qué quieres de mí?

—Bueno, Ed, lo que siempre hemos querido: cooperación. Como vimos que ya no podíamos darte órdenes, se nos ocurrió hacernos con una garantía. Tu esposa de nueve dedos y tu hijo por llegar. Si llevas a cabo la misión, ellos vivirán. Si nos vuelves a joder, morirán. Capisci?

—¿Cómo sé que no les haréis daño cuando yo ya no esté —preguntó Ed.

David se encogió de hombros.

—¿Sabes?, nosotros preferimos los vivos a los muertos. Los vivos pueden hacer cosas por nosotros. Los muertos… no tanto. Quizá nos los llevaremos a nuestro centro de Nuevo México. Tu esposa parece una buena reproductora. Tal vez incluso pruebe yo mismo con ella.

—Que te jodan —dijo Ed.

—Te he avisado —dijo David, dándole una fuerte bofetada.

La cabeza de Ed cayó hacia atrás. Intentó incorporarse, pero le resultaba imposible con las manos atadas en la espalda. David lo volvió a tumbar de un empujón—. Entonces ¿tenemos un trato? Lo único que debes hacer es subir al helicóptero sin resistirte. Nosotros te llevaremos junto a ella.

—¿Y luego qué? —preguntó Ed, con el labio partido.

—Allí arriba tenemos una bolsa de juguetes y un coche.

Cargaremos los explosivos en el maletero y te irás a Colorado.

Seguro que sabrás llegar a la presa Hoover.

Recuerda, los detonarás cuando estés en lo alto de la presa.

Y entonces se apagarán las luces para ti y para la mitad occidental del país.

—Suena genial.

—No te amargues, Ed. Te hemos reservado varios moteles estupendos por el camino. Un poco de comodidad antes de que alcances la gloria, ¿entiendes?

—¿Así todo el mundo creerá que soy otro de vuestros insurgentes comunistas, como Shannon, dispuesto a morir por la causa?

—Exacto, te convertirás en una leyenda. Lástima que hayas incendiado la cabaña.

Dejamos allí un montón de material. Los federales habrían creído que se había alojado ahí el Che Guevara.

Pero no te preocupes, cuando vayan a tu casa de Miami Beach descubrirán todo un santuario revolucionario, igual que en la de Shannon.

—¿Qué ha pasado con su hija?

—Vosotros estabais muy unidos, ¿no? Yo me preocuparía por tu matrimonio si Shannon no estuviera muerta... En fin, Alice May está muy bien. Ya debe haber llegado al desierto. Espero que salga mejor que su madre.

Ed dejó de mirarle.

—Muy bien, vamos —dijo David.

Fallows se agachó, agarró a Ed por la parte superior de la parka y lo puso de pie. Caminaron hasta el Huey. David lo colocó en el asiento trasero, al lado de Jim. Este tenía la cara muy pálida y respiraba con dificultad, pero aún seguía consciente. David se sentó junto a la escotilla abierta.

Fallows rodeó la cabina, subió y se puso los auriculares. Pulsó varios botones, ajustó las palancas y dispuso el aparato para alzar el vuelo. El motor cobró vida y las palas del rotor empezaron a girar lentamente mientras él iba dando potencia.

David cogió unos auriculares de un soporte y accionó el micrófono.

—Llévanos por encima de la montaña —gritó por encima del creciente estruendo del rotor—. Arrojaremos al viejo y luego iremos a Armagedón.

—¿Qué le digo al equipo? —preguntó Fallows.

—Diles que tenemos a Constance. Volvemos al plan inicial. Que tengan preparada a su esposa. Él querrá comprobar que está bien antes de que lo enviemos a cumplir la misión. Tardaremos una hora, quizá un poco más.

Fallows abrió el acelerador y accionó la palanca colectiva.

El helicóptero se elevó sobre el hotel y fue ascendiendo por encima de los abetos y de la cima nevada del Nakuset.

La enorme franja de bosque se extendía hacia el norte hasta Canadá.

Al sur, se divisaba la columna de humo de Brantwood, pero nada más.

—Dirígete al nordeste —dijo David a través de los auriculares, mirando la brújula por encima del hombro de Fallows. Este viró hacia allí. Tres mil pies más abajo, las copas de los árboles se desplegaban ante la escotilla abierta.