Capítulo 64
El Huey estaba estacionado en el aparcamiento lleno de matojos, con las hélices caídas como las patas de una mosca grulla. Sus escotillas estaban cerradas y no había ni rastro de sus ocupantes.
—Creo que nos están esperando, chaval —dijo Jim—. Deben habernos visto venir.
—No podemos esperar a que llegue la policía.
—Ahí no hay donde cubrirse —dijo Jim.
—Tengo una idea —dijo Ed—. Toma —añadió, pasándole el Barrett.
Jim dejó el Winchester en el suelo y cogió el rifle del tirador. Lo inspeccionó meticulosamente; luego lo sujetó y atisbó por la mira telescópica, que enfocó la fachada del hotel. Recorrió poco a poco las ventanas y los balcones.
—Eureka. —Asomado al balcón más cercano de la planta superior, se veía una cabeza y un atisbo de una parka azul, así como el cañón recortado de un subfusil apoyado en el parapeto.
¿Realmente los habían visto llegar? Ellos estaban a unos doscientos metros, lo cual, calculó Jim, debía ser la distancia máxima de tiro de un subfusil de aquel tipo.
Pero no del Barrett. Quitó el seguro y bajó gradualmente la retícula de la mira sobre el blanco hasta que su cabeza quedó justo en el centro de las cruces—.
Hay un tipo ahí arriba mirando hacia aquí. Lo tengo en la mira.
—No dispares —cuchicheó Ed—. Podría ser el piloto. Tenemos que llegar al norte, ¿recuerdas?
Jim soltó una maldición.
—Entonces ¿qué quieres que haga?
Ed sacó la Glock y revisó el cargador. Estaba casi lleno, dejando aparte la bala desviada que Doc había disparado antes de que él lo abatiera—. Abre fuego para cubrirme. Yo entraré por la parte trasera.
—¿Estás loco, chaval? Podría haber media docena de hombres ahí dentro.
—Yo diría que esto es solo un equipo de rescate. Necesitaban sitio en el helicóptero para llevarme a mí y a los cuatro de Brantwood. Creo que deben de ser dos como máximo.
—Eso espero, joder.
Ed miró a su izquierda. El muro de piedra rodeaba lo que tal vez en su momento había sido un jardín, pero que ahora ya no era más que un prado lleno de matojos, con un montón de rododendros que se hacinaban en el extremo norte al abrigo de la montaña.
Había varias glorietas desvencijadas y un pabellón derrumbado en torno a un campo de croquet rodeado de parterres abandonados.
Unos escalones conducían a una amplia terraza y a una entrada lateral.
En la parte posterior estaban los anexos de servicio y, supuso Ed, las puertas traseras del hotel.
—Voy a dar un rodeo por ahí —dijo—. Cuando llegue a los arbustos, abre fuego sobre la posición de ese tipo y mantenlo inmovilizado. Yo me colaré corriendo hacia la parte de detrás.
Jim meneo la cabeza.
—Es un plan estúpido.
—Es el único que tengo.
—Ten cuidado.
Ed le dio una palmada en el hombro a su amigo, cogió aire y se alejó rápidamente, parapetándose tras el muro de piedra seca.
Jim volvió a observar a través de la mira telescópica.
El tipo seguía ahí arriba, mirando hacia Arrowhead Path.
Era el blanco más fácil de toda su carrera.
Pero no podía abatirlo. Siguió durante un par de minutos el avance de Ed, que corría agazapado y sin despegarse del muro.
Cuando vio que llegaba al final y alzaba una mano con el pulgar levantado, Jim respondió haciendo una seña con la cabeza, aunque suponía que difícilmente podría verlo entre la espesura.
Luego volvió a concentrarse en el tipo del balcón.
Apuntó a unos treinta centímetros por encima de su cabeza y apretó el gatillo.
Los bosques del oeste eran muy oscuros. David estaba vigilando desde el balcón la senda y la pequeña cerca del muro.
De repente, hubo una agitación en el aire y un abejorro supersónico zumbó por encima de su cabeza a novecientos metros por segundo.
La pared de estuco que tenía detrás explotó, arrojando una lluvia de polvo de cemento sobre su cuello y su espalda.
Inmediatamente, se agazapó por debajo del parapeto.
No había sonado ninguna detonación. Era el M90 del Francotirador, no cabía duda.
La mampostería podrida que tenía delante se abombó de repente hacia dentro con la fuerza de otro impacto, lanzando sobre su rostro fragmentos de pintura y polvo de cemento que casi lo cegaron.
David se escabulló a la desesperada por las puertas acristaladas y volvió adentro justo cuando Fallows entraba corriendo en la suite.
Otro disparo abrió un enorme boquete blanco en el yeso de la pared del fondo.
—Agáchate, joder —gritó David, aunque Fallows ya se había tumbado boca abajo—. Es solo fuego de cobertura. Ve a la parte trasera. —Pero entonces oyó un estrépito de cristales abajo y comprendió que ya era demasiado tarde. Alguien había entrado en el hotel. La cacería había comenzado.
Ed encontró un panel de cristal suelto en la zona de servicio de la parte trasera del hotel.
No había oído ninguna detonación, pero sí una serie de sordos impactos que sin duda correspondían a los disparos con silenciador del Barrett.
Esa había sido la señal que esperaba para salir corriendo hacia allí.
El cristal suelto estaba intacto, así que tuvo que romperlo con la culata de la Glock.
Metió la mano y quitó el pestillo de la ventana.
El pasillo que había detrás debía conducir al vestíbulo principal y a la zona acristalada del otro extremo.
En la pared había un sistema de timbres para el servicio.
Una doble puerta daba a una sala de baile de suelo ajedrezado que a su vez debía conectar con la zona de recepción.
Cruzó la enorme sala de baile, donde resonaban los pasos de sus botas de trabajo recién adquiridas.
Desde lo alto de la cúpula de un atrio descendía una tenue luz verdosa, como de fondo submarino.
En el otro extremo, unos pesados cortinajes cubrían las puertas de cristal que llevaban al vestíbulo.
Aunque fuera armado, ahora que estaba realmente en el interior del hotel, su plan parecía descabellado.
Jim tenía razón. Conseguir que el piloto se rindiera y los sacara de allí en helicóptero era una fantasía absurda.
Por lo que él sabía, el tipo podía ser otro zombi de Tifón con las mismas posibilidades de doblegarse que de combatir a muerte.
Llegó a la zona de recepción y apartó con cautela los polvorientos cortinajes.
Dos cariátides de mármol custodiaban la entrada al salón.
Al fondo del vestíbulo estaban las enormes puertas abiertas que daban al lago y, a través de ellas, se veían los rotores del helicóptero que asomaban por encima de los escalones exteriores.
Todo aquel espacio enorme estaba vacío. No había dónde parapetarse, y quien estuviera arriba oiría cómo entraba. Respiró hondo y avanzó.
El tipo que Jim tenía en la mira telescópica había desaparecido.
Había un boquete del tamaño de un puño en el yeso de la pared, justo por encima de donde había estado agazapado, y otro en el parapeto del balcón.
No se veía ningún otro blanco. Los que estaban allí dentro debían haberse retirado y ahora estarían esperando…
, previendo, sin duda, lo que Ed había planeado.
No fue una decisión consciente. Jim se puso de pie lentamente y se preparó para oír un disparo procedente del hotel, pero no sonó ninguno. Corrió a gachas hasta la cerca del muro y luego cruzó el prado cubierto de maleza. Le quedaban cincuenta metros hasta la entrada.