Número desconocido Capítulo 63
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Capítulo 63

La organización que le había lavado el cerebro y programado su muerte prematura lo había indultado y sacado de la oscuridad para transformarlo en un líder.

El líder del futuro, cuando los viejos —Vermeuelen, Fitzgerald y otros— hubieran desaparecido.

Coughlin ya estaba en la tumba. Ahora había llegado su hora.

El mundo no podía estar peor, dominado por los incrédulos, los izquierdistas y las minorías: gente de voluntad débil.

Él nunca había especulado sobre sus padres biológicos, pero de algo estaba seguro: a diferencia de los demás niños de la Granja, su sangre era puramente aria.

Había Utensilios, Copas y Ángeles, tal como estipulaba el Libro.

Él era de estos últimos: el ángel vengador de Dios contra la corrupción del mundo y de sus gentes.

Solo que esta rendición de cuentas final había estado llena de obstáculos Habían transcurrido diez largos años desde lo sucedido en Northeastern y en Seboomook.

Hoy esa larga espera estaba a punto de llegar a su fin.

Tal vez ya había terminado, si podía fiarse del mensaje por radio de Doc.

Y, sin embargo, mientras miraba la lejana nube de humo sobre Brantwood, algo le decía que Ed Constance aún seguía vivo.

El ajuste de cuentas definitivo iba a ser cara a cara.

No había vuelto a tener noticias de Doc. Pero mientras él tuviera en su poder a Sarah, estaba seguro de que Ed iría a buscarlo.

Dio una patada a una piedra del camino hacia el prado lleno de maleza que lo separaba del embarcadero.

Echó un vistazo atrás. A su espalda se alzaba la montaña gris.

Nakuset. Sun Mountain. Desde luego, no hacía sol.

El pico de seiscientos metros estaba envuelto por la niebla y las nubes bajas.

Por un momento, le inquietó que la nubosidad descendiera aún más y que el helicóptero fuera a quedarse allí varado justo cuando apareciera la policía.

Miró con ansiedad la carretera del hotel.

Aunque no se había utilizado regularmente en casi veinticinco años, todavía era transitable.

Durante el último kilómetro y medio, la carretera de carril único trazaba una curva por la orilla del lago y atravesaba un páramo rocoso desprovisto de árboles antes de cruzar un pequeño puente algo encorvado que conducía a los terrenos del hotel.

David la había estado vigilando desde que habían aterrizado hacía media hora, pero seguía tan desierta ahora como cuando habían tocado tierra.

Su único acompañante era Fallows. El encargado de seguridad de Merriweather’s, que era quien había dirigido el equipo de Miami, había llegado con Sarah el día anterior al aeropuerto de Logan en un jet privado.

Además de haber servido en las fuerzas especiales de la Marina, Fallows había llegado a convertirse en un seawolf , un piloto de helicóptero de combate.

No le habían afectado el cielo cubierto ni el terreno accidentado mientras volaban desde Bangor y, cuando las nubes bajas lo dejaron sin visibilidad, confió tranquilamente en los instrumentos de vuelo.

Fallows estaba en la cabina, manejando la radio.

Pese al cielo encapotado, llevaba gafas de sol.

Cuando David se acercó, abrió la puerta lateral.

—¿Nada? —preguntó.

—Nada —dijo Fallows—. No los recibo.

David miró el tramo de carretera desierto que bordeaba la orilla oriental del lago y soltó una maldición.

—¿Abortamos la operación? —preguntó Fallows.

David miró su Rolex. Las 9.41.

—Vamos a darles hasta las diez.

Fallows alzó la cabeza y miró el cielo a través del panel de plexiglás. David no sabía hasta qué punto podía ver con claridad a través de las gafas de sol y de aquel plástico polvoriento.

—El viento sopla hacia el este. El tiempo aguantará por ahora.

Bueno, eso era un alivio. Lo último que les faltaba era una ventisca procedente de Canadá.

—De acuerdo —dijo David—. Voy ver si tengo una panorámica más amplia desde ahí arriba —dijo, señalando el balcón de la cuarta planta del hotel.

Fue a la escotilla abierta de la parte trasera del helicóptero, donde había dejado su equipo, y sacó un subfusil Uzi, así como dos cartuchos de repuesto, que se guardó en un bolsillo de su traje de camuflaje.

Luego cruzó el sendero resquebrajado y cubierto de matojos hasta la entrada principal.

En las últimas dos décadas, alguien había decidido liberar al hotel de sus puertas.

Sin duda aquella madera noble debía estar sirviendo de mesa de comedor o de mostrador de una tienda en alguna parte del condado.

Los administradores habían tapiado después la puerta de entrada y todas las ventanas de la planta baja con planchas de contrachapado.

Pero en el caso de la entrada, las planchas habían sido arrancadas y nadie había vuelto a colocarlas.

De hecho, parecía que nadie había vuelto por allí desde hacía años.

Entró. Una doble escalinata ascendía trazando un arco a cada lado del vestíbulo hasta una galería del segundo piso por la que se accedía a las plantas superiores.

La luz grisácea se filtraba por la cúpula de cristal en lo alto del atrio, iluminando la moqueta, que en tiempos había sido roja, pero ahora era de un rosa pálido fantasmal.

Los mostradores de recepción y conserjería, sin duda de madera noble también, habían sido retirados, con lo que el amplio espacio parecía aún más vacío de lo que estaba.

Los herrajes metálicos se los habían llevado igualmente, como los paneles de las paredes, que habían dejado al descubierto un enlucido feo y desigual con cables colgando y enchufes vacíos.

Al otro lado del vestíbulo, había un ascensor de jaula que había sido despojado de los herrajes de latón.

Incluso se habían llevado la rejilla de la cabina.

Los únicos adornos que habían dejado los saqueadores eran dos enormes cariátides ligeras de ropa que, al fondo del vestíbulo, sostenían el entablamento de las puertas del salón de baile. David supuso que habría hecho falta una grúa para llevarse esas esculturas y que por eso se habían quedado allí.

Subió por las escaleras hasta la cuarta planta.

Frente a él, había un largo pasillo donde se hallaban las mejores habitaciones que estaban encaradas al lago.

Giró a la derecha y se dirigió a la suite del fondo.

Las puertas habían desaparecido. Más allá de lo que debía haber sido una gran antesala, había una amplia estancia interior con dos dobles puertas acristaladas que daban a un largo balcón.

Aquella era la suite presidencial, a juzgar por su aspecto.

Lo que parecía un dormitorio con baño quedaba a la izquierda.

En la suite no había lámparas ni mobiliario.

Las puertas acristaladas no habían aguantado bien las tormentas de los últimos inviernos y ya solo quedaba un par de paneles de cristal.

Sobre la deslucida moqueta estampada, había esparcidos trozos de cristal y hojas secas.

David abrió una de las puertas y salió al balcón.

Toda la vista de Traquility se desplegaba ante sus ojos.

Una extensión de quince kilómetros que se difuminaba a lo lejos en una bruma gris.

Por encima de la niebla, sin embargo, se alzaba como una señal bíblica la columna de humo de la cabaña de los Constance.

Estaba a punto de volverse para inspeccionar de nuevo el tramo visible de la carretera, cuando captó un movimiento a unos dos o tres kilómetros de distancia.

Un puntito con una estela en forma de «V» detrás.

Era lo único que se movía en el lago. Sacó unos prismáticos del bolsillo superior de su chaqueta de camuflaje, se los llevó a los ojos y reguló el enfoque.

Una lancha inflable con dos figuras en su interior.

No se dirigían directamente al hotel, sino hacia la orilla occidental.

La embarcación desapareció tras un promontorio rocoso.

David se percató de que, por aquel lado, subía una senda por la espesura que rodeaba el hotel.

Fuesen quienes fuesen los que venían, pretendían hacerlo disimuladamente.

Era Constance, estaba seguro. Quizá con el tipo de la tienda de pesca.

¿Cómo habían logrado acabar con uno de los mejores equipos que Tifón había formado?

El crío enclenque que se dormía todas las noches llorando en la Granja de la señora Frome había llegado a ser un asesino de primera categoría, aunque no del modo que Tifón había previsto.

Bueno, ahora la irritante frustración que suponía ver cómo los demás la cagaban se había acabado. Ahora la cosa dependía de él: matar o capturar.

Llamó con un grito a su compañero.

—¡Fallows! ¡Tenemos compañía!

Aun sabiendo que la historia de Constance debía terminar ya de un modo u otro, David no dejaba de tener ciertas dudas.

Fallows solo tenía una pistola Glock. Y el Uzi no era el arma ideal para combatir a distancia.

Por otro lado, sabía que el Francotirador iba armado con un Barrett, y si Ed y el otro tipo, aunque costara creerlo, habían derrotado al equipo de Doc, quizá tenían ahora ese rifle de mira telescópica en su poder.