Número desconocido Capítulo 62
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Capítulo 62

Una vez que Max se hubo ido, Jim empezó a preparar la lancha de goma mientras Ed entraba a toda prisa en el cobertizo.

Había algunas prendas colgadas de un gancho: una parka, unos pantalones de trabajo y unas botas.

Ed se lo puso todo. Luego sacó la carta que había encontrado en el viejo reloj, enrolló su traje desgarrado y, protegiéndose del calor del incendio que había reducido la cabaña a sus cimientos, arrojó ambas cosas a las llamas.

Suponía que las pistas que había ido dejando desde Boston bastarían para que le cayeran varias cadenas perpetuas, pero al menos todo lo que había en el Volvo, las bolsas de basura, la Biblia y las pruebas sembradas contra él en la cabaña se habían convertido en cenizas.

Las sirenas ya sonaban más cerca y sabía que le quedaban apenas unos minutos.

A través de la neblina provocada por el calor, miró a los hombres que yacían en el sendero.

No sabía lo que le esperaba en el otro extremo del lago, cuando encontrara ese helicóptero; tampoco si la tripulación, al ver que no aparecía nadie, se asustaría y levantaría el vuelo antes de que él y Jim pudieran llegar allí.

Pero si no se asustaban, y tenía alguna ventaja sobre ellos, aquel rifle de mira telescópica le vendría muy bien.

Corrió renqueando a donde había caído el francotirador, cerca del hombre carbonizado, cogió el rifle equipado con su grueso silenciador y estudió el mecanismo.

Expulsó el cargador y luego abrió la cremallera del traje del tipo y encontró dos cargadores rebozados de sangre.

Volvió cojeando al cobertizo. Jim estaba llenando el fueraborda con una lata de combustible.

—¿Listo? —preguntó.

—Sí —respondió Ed.

Colocó el rifle sobre las tablas del fondo de la lancha y sujetó la amarra mientras Jim subía a bordo.

Luego tiró del cordón de arranque del motor Yamaha, que volvió a cobrar vida.

Le indicó a Jim que tomara el timón y él se sentó en la bancada central, sujetando el rifle.

El rugido del fueraborda se volvió más agudo a medida que Jim aceleró.

La lancha describió un amplio arco alejándose de la rampa y avanzó hacia los confines del lago, dejando atrás las orillas cubiertas de pinos.

Ed miró atrás. La cabaña incendiada se volvió más y más pequeña hasta convertirse en un furioso círculo anaranjado. No divisaba aún ningunas luces parpadeantes. La embarcación levantaba un leve oleaje a medida que Jim aceleraba.

Llegaron al extremo norte del lago en veinte minutos.

Frente a la entrada del hotel, donde el barco de vapor solía amarrar antaño, había un viejo embarcadero, ahora medio derruido, con los pilotes hundidos en el fondo.

Pero Jim no tenía intención de llevar la lancha hasta allá.

En la orilla occidental, un kilómetro y medio más abajo, había una pequeña y preciosa ensenada que quedaba oculta desde el hotel por un promontorio rocoso.

Confiando en que nadie los viera, puso la proa hacia allí.

Apagó el motor y la lancha se deslizó silenciosamente hacia la ensenada. Cuando tocaron fondo, que allí era poco profundo, Ed saltó y ató la amarra a una raíz de cedro expuesta por la acción del agua. Una senda subía zigzagueando por el promontorio y se adentraba en el bosque.

Ed cargó con el pesado rifle del tirador y Jim abrió la marcha con su Winchester.

A pesar de que había árboles caídos y una gruesa capa de piñas y agujas de pino, Jim subía por aquella senda abandonada como un fantasma.

Llegaron a un mirador donde había unas barandillas caídas y un banco.

En algún momento habían colocado allí un cartel informativo, en cuyo marco estaba grabada la leyenda ARROWHEAD PATH, pero el panel de cristal estaba roto desde hacía mucho y la lámina de información había desaparecido.

Siguieron adelante durante media hora. El lago gris asomaba de vez en cuando a su derecha entre los pinos y las rocas.

La riolita volcánica que había atraído a los nativo-americanos hasta allí estaba esparcida en fragmentos caídos sobre la senda.

Jim se detuvo de pronto y se agachó. Ed se preguntó si había visto u oído algo, pero lo que hizo su amigo fue recoger una afilada punta de flecha de aspecto especialmente dañino y deslizársela en el bolsillo de su chaleco de camuflaje.

La luz del sol se fue abriendo paso entre el follaje que tenían por encima de sus cabezas y la senda empezó a descender.

Ed vio al fondo un extenso prado cubierto de maleza.

Un muro de piedra seca, provisto de una cerca de madera que colgaba torcida de una de las bisagras, separaba el prado del bosque.

Más allá, se divisaba el reluciente estuco blanco del edificio del hotel y, como un insecto extraterrestre caído del cielo, el helicóptero.