Capítulo 60
Los ojos de ambos se encontraron durante una décima de segundo; luego la Magnum se disparó en la mano de Ed.
La bala le dio a Doc en la punta del codo, destrozándoselo, de manera que el disparo de este salió desviado y la Glock cayó a dos metros sobre la grava.
La bala de la Magnum, al rebotar, se le había incrustado por encima de la cadera, así que el hombre estaba tambaleándose por el doble impacto cuando Ed disparó de nuevo.
La segunda bala le dio a la derecha del plexo solar, justo por debajo de la caja torácica, perforándole el estómago, el hígado y el bazo.
Doc cayó hacia atrás. El maletín se le escapó de la mano izquierda, cayó de canto y los cierres se abrieron de golpe, derramando frascos de cristal, hipodérmicas y un estetoscopio.
En el corazón acelerado de Ed se impuso un sentimiento innoble y jactancioso.
Se había cargado al hijo de puta. Ahora solo debía rematarlo.
Pero entonces cayó en la cuenta de que ya no tenía munición.
Más le valía coger su pistola. Se movió rápidamente hacia ella.
El hombre intentaba incorporarse sobre el codo sano.
La sangre se acumulaba bajo su espalda arqueada; el hueso asomaba a través de su traje forense a la altura del codo.
Todavía echó la vista atrás e intentó extender el brazo espantosamente destrozado hacia la pistola caída, pero la mano le colgaba flácidamente como una marioneta rota.
La mascarilla se hundía sobre su boca cada vez que respiraba, marcando los contornos de su rostro.
Finalmente, se desplomó boca arriba, jadeando y mirando el cielo.
Ed se acercó, apuntándole al pecho con la Magnum vacía, pero le pareció que los intentos del hombre de recoger la pistola se habían acabado.
Miró a su alrededor. Ahora el extremo del cobertizo le mantenía a cubierto de la cima de la colina.
Quizá el tirador estaba esperando una señal para bajar.
O tal vez aún estaba atrapado en el tiroteo que se había oído en el sendero.
Se agachó, recogió la pistola y tiró la Magnum. La mascarilla del hombre seguía palpitando con su trabajosa respiración, y ahora empezaba a rezumarle sangre por la boca.
Ed lo miró tan impasiblemente como habría mirado a una mosca agonizante. Luego puso un pie sobre su brazo derecho, justo por debajo de donde asomaba el hueso. Un agudo alarido salió tras la mascarilla. Él se agachó y se la arrancó de la cara.
—Muy bien, hijo de puta —dijo—. Será mejor que me digas dónde está mi esposa, o te meteré otro balazo.
—Dispara, pues. —Su respiración era ronca y sibilante.
—A lo mejor prefieres esto —le soltó Ed, aplicando más peso sobre el brazo destrozado.
El hombre jadeó.
—¡Joder! No. Hablaré.
Ed apartó el pie de su brazo, sin dejar de apuntarle a la cara.
—¿Dónde está Sarah?
Ahora que ya no sentía el dolor espantoso en el brazo, el hombre cambió de expresión.
—¿Dónde aprendiste a matar, chico?
—Tuve buenos maestros. En Tifón, para empezar. Y ahora dime dónde está mi esposa, cabrón.
Pero la mente del hombre había empezado claramente a desvariar.
—Tenías que ser tú. David ya me lo advirtió.
—Apenas conseguía hablar de modo coherente—.
No hay nada, nada … —dijo, subrayando inútilmente la palabra.
Jadeó para tomar aire, con los ojos fijos en el cielo gris.
Desfalleció un momento; luego pareció reanimarse—.
Nada que puedas hacer por ella. Ella es…
una garantía. Servirá para que cumplas tu misión…
, incluso si esa mierda psicológica no funciona.
Mierda psicológica. Sí, eso venía a ser todo aquello, pensó Ed.
Mierda psicológica, simplemente. El rostro de Tifón.
El dedo seccionado en la Lenox Avenue. Prefería no remontarse aún más atrás.
No podía volver a sumirse en aquella oscuridad silenciosa.
Su cordura podía desaparecer con una palabra, con una imagen.
¿Acaso conocía ese hombre los detonantes necesarios para someterlo? Un sudor frío le cubrió la frente.
Ya se había cansado. Volvió a aplicarle el pie salvajemente y lo retorció. Los huesos se movieron a través del desgarrón del traje.
—¡Para! —gritó el tipo—. ¡Para, joder!
—Dime dónde está.
—De acuerdo. En la vieja gasolinera junto a la Granja.
Le vino entonces ese recuerdo, incluso con los detalles más nimios. Los Frome, el autobús amarillo, los niños cantando… Ahora lo recordaba todo.
—¿En la gasolinera Texaco? ¿Por qué? —preguntó.
—Krige y los demás pensaban que era más probable que les obedecieras si la veías con vida.
—Esa gasolinera está a trescientos kilómetros. ¿Cómo ibas a llevarme allí?
—En helicóptero. Ya está en camino.
Ed miró la orilla flanqueada de árboles y los densos bosques de detrás.
—Aquí no hay sitio para aterrizar.
—Allá arriba, en el hotel. —Al tipo se le pusieron los ojos en blanco y se desvaneció un momento. Ed creyó que estaba muerto hasta que volvió a abrirlos y parpadeó—. Necesito algo para el dolor —musitó.
—¿Y dónde crees que vas a conseguirlo?
—Ahí —dijo el hombre, señalando con la cabeza el maletín plateado abierto y el contenido esparcido por el suelo.
Ed empujó el maletín de una patada hacia él.
—Chútate tú mismo —dijo.
Con los dientes castañeándole, el hombre extendió su brazo bueno y se acercó el maletín. Entre otras cosas, en los moldes de gomaespuma había tres jeringas ya precargadas y etiquetadas: Tiopental Sódico, Bromuro de Pancuronio, Cloruro de Potasio.
Con dedos temblorosos, cogió la tercera jeringa y apretó el émbolo, haciendo que saliera un poco de líquido.
Por un instante, lo recorrió otro estremecimiento de dolor.
Alzó la mirada al cielo, como para armarse de valor, se clavó la aguja en el muslo y apretó el émbolo a fondo.
Luego volvió a tumbarse. Le sonrió a Ed de un modo extraño.
Su ruidosa respiración se alivió; dejó de moverse y la sonrisa se le quedó fija en la cara.
Sus ojos habían dejado de ver, ya solo reflejaban las nubes grises del cielo.
—¿Qué coño…? —exclamó Ed. Le dio otra patada al brazo herido. No hubo reacción. Se agachó y le puso los dedos en el cuello. No tenía pulso.
Ed se incorporó y soltó una maldición. En ese momento captó entre la nube de humo un movimiento a su izquierda. Se volvió rápidamente. Se le había olvidado por completo el francotirador.
Entonces, a través de la bruma, vio que era Jim Dove el que venía, con la cara cubierta de barro y el traje de camuflaje de siempre.
Su amigo parecía más viejo de lo que recordaba.
Más encogido, atisbando casi con timidez a través del humo, como si su vista ya no fuera la de antes.
Sin embargo, sujetaba el Winchester con firmeza.
Un collie caminaba pegado a sus talones, pero no era Laramie.
No tenía una mancha negra sobre el ojo derecho.
El perro mantenía la cola pegada al suelo, asustado por el fuego rugiente y el olor a sangre.
Cuando Jim estuvo más cerca, Ed vio que su chaqueta de camuflaje tenía varios orificios de bala. Pero no se veía sangre. Todavía estaba intentando entenderlo cuando Dove se detuvo a unos pasos y lo miró guiñando los ojos.
—¿Ed?
—Sí, soy yo, Jim.
—Bueno, vaya pinta tienes.
—Supongo que yo podría decir lo mismo.
Ed señaló hacia el sendero con la cabeza.
—¿Y el otro tipo?
—Muerto. Le he dado de lleno. El hijo de puta ha matado a mi amigo Pollitt —dijo Jim, bajando la mirada hacia Doc—. ¿Qué ha pasado aquí?
—Este se ha quitado la vida con esa jeringa. Ha dicho que era un calmante. Supongo que no quería seguir aquí cuando llegara la policía.
—Supongo.
—¿Hay alguien más por ahí?
—No. Pero Pollitt había pedido refuerzos.
—Escucha, Jim. Yo no puedo estar aquí cuando llegue la policía.
—Entendido. He oído lo de esa mujer de Boston. ¿Eso tiene algo que ver contigo?
—Me han incriminado a mí.
—Te creo, chaval. Pero no veo cómo puedes salir de este lío si no es entregándote. Demasiados muertos.
—Si se tratara solo de mí, lo haría, Jim. Pero se han llevado a mi esposa.
—Joder.
—Sí, ella es un mero instrumento para ellos. Pero este tipo de aquí me ha dicho antes de matarse dónde la tienen. En la antigua gasolinera.
—¿El sitio adonde fui la semana pasada? ¿Por qué?
—Ya te lo expliqué: debo ir allí. Ella es la garantía de que me presentaré. —Miró a su viejo amigo a los ojos. Jim le devolvió la mirada—. ¿Hiciste lo que te pedí? —preguntó Ed.
—Lo hice, que Dios me perdone.
—No puedo arriesgarme a que me vuelvan a controlar, Jim.
Ellos son capaces de apoderarse de mi mente en cualquier momento.
Apuesto a que en las jeringas de este tipo hay drogas capaces de hacer que te olvides de tu propio nombre.
Tal cual. Se apagan las luces. Esta vez he escapado por los pelos, pero ¿después?
Me tienen pillado por un montón de motivos: drogas, terrorismo, asesinato.
Si llevo a cabo la misión que tienen prevista para mí, la cosa será terrible, realmente terrible.
—Aquí los hemos derrotado.
—Habrá más. Pero primero debo encontrar a Sarah.
—¿Cómo piensas hacerlo?
Ed señaló al hombre que tenía a sus pies.
—Un helicóptero va a aterrizar en el hotel, supuestamente para llevarnos a él y a mí. Cogeremos la lancha y los sorprenderemos.
Antes de que Jim pudiera responder, se vieron interrumpidos por un ruido, al principio lejano, luego más fuerte: una especie de martilleo siniestro por las montañas del este.
Una forma oscura emergió entre las nubes.
Era un helicóptero gris de camuflaje que avanzaba por el cielo como un dinosaurio volador salido del jurásico.
Por un momento, dio la impresión de que se dirigía directamente hacia ellos y ambos se agazaparon bajo las sombras del cobertizo, pero luego ladeó, azotando las nubes con las aspas del rotor, y viró hacia el norte, en dirección a la cabecera del lago y el antiguo hotel.
—Qué demonios…, un Huey —masculló Jim. Justo en ese momento, el transmisor guardado en el maletín cobró vida con un zumbido de interferencias, sobresaltándolos a los dos.
Sonó una voz distorsionada.
—Salt Cracker, aquí Deep Harbor. ¿Me oyes? Cambio.
Jim miró el transmisor.
—¿Qué hacemos? —preguntó.
—No lo toques —respondió Ed.
A juzgar por su expresión, Jim más bien preferiría coger una serpiente.
—Aquí Deep Harbor —dijo otra vez la voz—. Acercándonos a la terminal. Salt Cracker, informe de la hora estimada de llegada. Cambio.
Mientras el estrépito de los rotores se alejaba, oyeron otro ruido: el sonido lejano de una sirena aproximándose por la Three Mile Road.
Ambos miraron la lancha.
—Será mejor que nos pongamos en marcha —dijo Jim.
Se colgó el Winchester del hombro, entró en el cobertizo y empezó a remolcar la embarcación con la soga, luchando con el motor fueraborda, que seguía intentando llevar la lancha hacia el norte.
Pronto consiguió acercarla hasta la rampa, mientras la barca cabeceaba y levantaba un ligero oleaje.
Jim apagó el motor y se volvió hacia Max, que estaba tendido en el sendero de grava, mirando con un ojo el fuego rabioso y con el otro el cadáver de Doc.
—No nos lo podemos llevar con nosotros —dijo Jim—. Ya ha estado a punto de delatarme.
Se puso dos dedos en un lado de la boca y emitió un agudo silbido. Max alzó las orejas.
—Ven aquí, chico —dijo.
El animal se levantó y se acercó, meneando la cola a ras del suelo y sacando la lengua. Jim le dio unas palmadas y luego le dijo:
—A casa, chico. Largo. ¡Largo! —Max gimoteó—.
¡Ahora! —ordenó con mayor firmeza. A regañadientes, el perro dio media vuelta y se alejó trotando por el sendero.
Al cabo de unos metros, se detuvo y lo miró a través de la neblina del humo.
Jim volvió a gritarle—: ¡A casa! —y Max arrancó otra vez y desapareció por la curva del sendero.