Número desconocido Capítulo 59
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Capítulo 59

Joder, pensó. Todo se iba alejando… Pero no estaba tan mal: el oscurecimiento gradual de su visión amortiguaba en cierto modo el dolor, como una amable enfermera que corriera las cortinas para tapar una luz demasiado intensa.

Sí, todo estaba oscureciendo, pero había un punto blanco que se hacía más y más grande en la oscuridad e inundaba su visión.

Algo emergía de la noche inminente, tomaba forma, desplazaba las sombras…

Era una foto de periódico: aquella antigua fotografía de la mujer vieja dando gritos junto a su hija muerta… Y luego incluso eso desapareció.

Un solo disparo. Un disparo excelente, maldita sea, pensó Jim.

El tipo estaba tendido boca arriba, con los brazos extendidos a los lados y el rifle a sus pies.

Había caído a solo unos pasos del cuerpo carbonizado.

No le cabía duda de que estaba muerto. Había visto cómo se agitaba su pecho varias veces, pero ahora ya no se movía.

Jim permaneció inmóvil, mirando la loma a través de los árboles. Ningún movimiento. El otro hombre había desaparecido en dirección a la cabaña. ¿Habría oído el disparo?

Ahora Max reapareció por aquel lado, meneando la cola.

—Quieto, chico —le ordenó Jim, y el perro se tumbó en el suelo, ladeando la cabeza con curiosidad.

Jim no sabía cómo iba armado el segundo hombre.

¿Otro francotirador? El humo y la neblina del calor hacían difícil distinguir la ladera más próxima al cobertizo.

Él no iba a cometer el error que acababa de cometer el francotirador al cruzar el sendero.

Iba a tener que abrirse paso entre la densa maleza.

Se quitó el cinturón y lo ató con un lazo a la correa de Max.

—Ahora estate quieto, muy quieto —le susurró.

El perro gimoteó y luego se agazapó en el suelo.

A Jim los pantalones de camuflaje se le escurrían un poco por sus estrechas caderas, e incluso con el calor del fuego no dejaba de sentir el frío de diciembre.

Se internó entre los árboles y recogió la chaqueta colgada de la rama.

La habían perforado cuatro balas, pero tendría que servirle igualmente.

Dejó el gorro de pesca granate en el sitio al que había ido volando tras el primer disparo.

Respiró hondo. Uno más, y luego tenía que encontrar a Ed.

Ed había encontrado un blíster de paracetamol en el suelo y se había tragado en seco un par de pastillas. Pese al frío, estaba sediento. Sentía su lengua como si fuera una serpiente muerta.

Miró a su izquierda: las puertas abiertas, la rampa de cemento y la lancha cabeceando en el agua. Una última oportunidad. Se preguntó si el fueraborda funcionaría después de tantos años sin usarlo. ¿Por qué no lo había comprobado? Se imaginó que el contacto estaría corroído, inerte…

Ahora oyó un nuevo sonido: la detonación de un rifle. Era un sonido conocido. Lo había oído miles de veces en su juventud. Un Winchester. Jim estaba allí.

Quizá su llegada distrajera al tipo que lo había mantenido acorralado.

Se puso de rodillas, rezando para que el tirador ya no tuviera el cobertizo en su mira telescópica, corrió a gachas por la rampa hasta la lancha y tiró del cordón de arranque del fueraborda.

Se maldijo a sí mismo por no haberlo hecho antes.

El cordón estaba flojo, pero hacia la mitad de su recorrido notó una resistencia característica, sonó un rugido repentino y empezó a salir un humo gris azulado por el escape.

Presionó el puño del acelerador, lo ató con tres vueltas de la cinta adhesiva que había dejado al lado, empujó la lancha hacia el lago y dejó caer el motor fueraborda en el agua.

La embarcación salió casi en línea recta mientras él volvía rápidamente al cobertizo.

Doc empezó a descender por la empinada pendiente, maldiciendo el calzado que había elegido.

Sus mocasines de suelas delgadas eran adecuados para trabajar en una oficina.

Iba mirando con mucho cuidado dónde los ponía, para no tropezar con las rocas y los retoños de abeto, pero le resultaba difícil mantener el equilibrio con el maletín en una mano y la pistola en la otra.

Tardó unos cinco minutos en bajar por la ladera.

Frente a él, el fuego había alcanzado el porche delantero de la cabaña.

La madera estaba siendo devorada por unas frenéticas llamas rojas y anaranjadas que proyectaban un resplandor infernal a su alrededor.

Al aproximarse al cobertizo, los árboles eran más escasos.

Respiró hondo y corrió de un tronco a otro; luego se agazapó tras un grueso pino, en el borde del sendero, y se arriesgó a asomarse.

El aire, allí abajo, estaba cargado de humo.

Las puertas del cobertizo quedaban ahora ocultas por la esquina de la cabaña.

El único punto visible de salida era la ventana destrozada que daba al garaje. Ningún movimiento por ahí.

¿Acaso alguno de los disparos del Francotirador había acabado con Ed?

De repente, oyó a su izquierda unos ladridos y luego un disparo.

Inmediatamente, se agachó todavía más. Debía de ser el viejo, enfrentándose al Francotirador.

A causa del silenciador del Barrett, él no podía saber si este último había disparado a su vez.

El único disparo que se había oído podía ser una buena señal, o una muy mala…

Oyó otro ruido. El rugido de un fueraborda por el lado del cobertizo que daba al lago.

Así que Constance tenía un plan de huida desde el principio.

Doc salió de su escondrijo, cruzó corriendo el sendero de grava y se deslizó por el costado del cobertizo.

Delante de él, más allá de la orilla y la rampa de cemento, una lancha avanzaba resueltamente a través de las aguas revueltas hacia la orilla norte, que estaba envuelta en la niebla.

Distinguió una especie de bulto en la popa, junto al motor fueraborda.

Alzó la Glock. Había algo que no encajaba, sin embargo.

El bulto parecía más un saco que una persona y, además, en la parte trasera de la lancha había una amarra que salía del agua y serpenteaba hasta el cobertizo.

Se volvió de nuevo y ahí, a su espalda, plantado en la entrada del cobertizo, estaba Ed Constance con el aspecto de un fantasma manchado de mugre y sangre.

Iba con ropa de calle: un traje beige chamuscado y hecho jirones, con manchas sanguinolentas en los muslos.

Tenía un orificio de bala en la parte superior de la manga izquierda.

El blanco de sus ojos y sus dientes resaltaba en su rostro tiznado y lleno de sangre.

Doc hizo todas estas observaciones solo de pasada.

Lo que ahora ocupaba su atención por completo era el orificio negro del cañón de una Magnum apuntado hacia él.

Sin esperar más, Doc apretó el gatillo de la Glock al mismo tiempo que el revólver daba una sacudida en la mano de Ed.