Capítulo 58
A diez metros del margen del bosque, Jim había empezado a avanzar a gatas, con los codos y las rodillas, sujetando el Winchester sobre los antebrazos.
Un sistema brutal para los codos, pero efectivo porque tendría el arma lista en un segundo en caso de necesitarla.
El resplandor anaranjado de la cabaña en llamas se colaba entre las ramas de los pinos de su izquierda.
Frente a él, estaba el cuerpo tendido en el sendero que había visto antes al acercarse.
Daba la impresión de que había venido de la dirección opuesta.
Se detuvo y lo observó. Justo entonces, el hombre alzó la cabeza: un horroroso amasijo de piel roja y negra, sin un solo mechón de pelo.
Un ojo blanco, como un huevo escalfado, miraba fijamente desde aquella devastación.
El hombre pareció observarle por un momento.
Luego sonó un chasquido y toda la cabeza desapareció en una explosión blanca, roja y gris.
Una lluvia de materia gris trazó un arco y salpicó el tramo de grava que Jim tenía delante.
Su corazón, que se había apaciguado durante unos minutos mientras avanzaba a rastras, parecía que fuera a estallarle en el pecho. Rodó por el suelo y apuntó con el Winchester hacia la colina. No hubo más disparos.
Por un instante, distinguió algo que se movía en la cima; una cabeza, dedujo, aunque estaba cubierta con una mascarilla y la capucha de un traje forense: un traje negro, no blanco.
También divisó el extremo de un rifle con mira telescópica.
El tirador. Apuntó hacia allí. La cabeza quedó alineada durante un segundo en la mira abierta del Winchester, pero enseguida desapareció. Jim soltó una maldición.
Daba la impresión de que el tirador estaba bajando de la colina por el lado derecho, en dirección al desvío.
Debía creer que Jim se dirigía de vuelta hacia los coches.
Mientras pensaba esto, otra cabeza asomó fugazmente en la cima para desaparecer enseguida.
La misma extraña capucha. Ese bajaba por el otro lado hacia la cabaña.
Él se encontraba entre ambos; iban a rodearlo por los flancos.
Obedeciendo a un impulso, se sacó del bolsillo el gorro de pesca granate y se quitó la chaqueta de camuflaje; el gorro lo colgó de una rama baja y la chaqueta de la rama contigua; luego tomó hacia la izquierda, hacia el incendio.
En la ladera de la colina había pocos árboles y el Francotirador, después de bajar serpenteando la cuesta, avanzó a trechos cortos, poniéndose a cubierto detrás de los arbustos y las rocas.
No había ningún motivo lógico para que el otro tipo, con su anticuado rifle, se hubiera quedado en su sitio; cualquiera con dos dedos de frente habría retrocedido hacia su vehículo.
Era probable que hubiera caminado en círculo para salir otra vez al sendero, ya lejos de la cabaña, y se hubiera dirigido hacia el desvío lo más rápidamente posible.
Una parte de su ADN le decía que esta hipótesis era cierta, que debía abandonar su avance cauteloso, subir rápidamente por el sendero y sorprenderlo a plena vista mientras huía. Pero otra parte le decía que los extraordinarios reflejos del tipo hablaban de un adversario del que debía desconfiar.
Estaba a unos cinco metros de la curva, con el policía muerto delante, el incendio a su derecha y la subida hacia el desvío a la izquierda, cuando vio venir por el sendero no al dueño de la tienda de pesca, sino la mancha blanca y negra de su perro.
Se apresuró a ponerse a cubierto mientras el chucho se acercaba en esa posición agazapada típica de los perros pastores, con la panza pegada al suelo.
Tras detenerse un momento junto al cadáver, el animal husmeó a su alrededor.
El Francotirador esperaba que siguiera el rastro de su amo entre los árboles, pero lo que hizo fue olfatear otra vez y bajar sinuosamente por el sendero hacia el cadáver de Woody, arrimando las patas al suelo y moviendo furiosamente la cola, como si temiera que fueran a castigarlo.
—¿Qué demo…? —masculló el Francotirador.
El perro meneaba la cola cada vez más frenéticamente y soltó un ladrido medio alegre, medio nervioso, no hacia el cuerpo de Woody, sino hacia algo oculto entre los árboles.
El Francotirador alzó el Barrett. La imagen del bosque se enfocó en la mira telescópica.
Aquello estaba tan oscuro como la boca de un lobo, pero encontró lo que andaba buscando.
El viejo gorro de pesca, con sus señuelos de plumas entretejidos alrededor, y debajo, aunque costaba más verla, una chaqueta de camuflaje.
Apoyó el rifle en una roca, colocó el selector en automático y apretó el gatillo.
Las cinco balas de la recámara salieron silenciosamente en menos de dos segundos.
El árbol y las ramas junto a la chaqueta explotaron, y el gorro salió girando por los aires.
El perro, desconcertado por aquel alboroto de madera astillada, corrió sendero abajo hacia el incendio.
Nada más se movió. Debía haberle dado. Ahora tenía que comprobarlo. Metió otro cargador en la recámara, salió de su escondite y cruzó corriendo el sendero de grava.
Jim no se había olvidado de Max, pero confiaba en que el perro, desconcertado por el giro de los acontecimientos, hubiera retrocedido hasta el desvío y esperado allí.
Max estaba bien adiestrado. Pero también era leal.
Esto último le preocupaba. Acababa de apostarse a unos metros a la izquierda de donde había dejado el señuelo, cerca del tipo carbonizado, y estaba mirando de derecha a izquierda una y otra vez, para tratar de captar alguna señal por ambos flancos, cuando apareció Max por la curva del sendero y empezó a bajar con aire furtivo.
Jim soltó una maldición por lo bajo. Seguro que Max iba a olfatear su rastro, incluso con el hedor a sangre y humo que había en aquel rincón del infierno.
En efecto, el perro se detuvo, husmeó las salpicaduras de sangre y sesos que había junto al cadáver y luego dejó escapar un ladrido nervioso, como si temiera una reprimenda, y avanzó hacia donde él había dejado colgados el gorro y la chaqueta.
Entonces hubo un repentino estrépito de ramas partidas y sonó un chasquido de balas que impactaron en la madera. Max giró en redondo y salió disparado hacia la cabaña, más allá de la posición en la que él se hallaba.
En ese momento una figura apareció en el borde del sendero y empezó a cruzarlo agazapado.
Era el hombre del traje forense negro, con el rifle de mira telescópica en una mano.
Jim alzó el Winchester con un solo movimiento: ochenta metros, sin corrección del viento, un disparo horizontal.
Además, el tipo no cruzó la mira lateralmente, sino que corrió casi directo hacia él.
Apuntó un poquito más adelante para calcular la desviación…