Capítulo 57
—Acabas de matar a un policía —dijo Doc, mirando el cadáver de Pollitt.
—He hecho cosas peores —respondió el Francotirador—. La misión está en peligro. Lo mejor que podemos hacer es liquidar a Constance y largarnos de aquí corriendo.
—¿Le has dado al otro, al menos? —preguntó Doc.
La paciencia del Francotirador, que solía ser considerable, estaba agotándose.
—Ha reaccionado como una jodida serpiente —dijo—. Se ha metido entre los árboles en un segundo.
Doc lo miró fríamente.
El otro le lanzó una mirada similar.
—Bueno, ¿ahora qué? —dijo.
—Si el tipo no es idiota —respondió Doc—, estará volviendo al camino.
—¿Lo seguimos, entonces?
—No, lo sigues tú. Yo voy a bajar para ocuparme de Constance. Es un caso perdido.
El Francotirador señaló con la cabeza el cuerpo destrozado que yacía abajo.
—Ese policía probablemente habrá pedido refuerzos antes de bajar aquí.
—Tú preocúpate del otro. Yo me encargaré del resto.
—Vermeulen se va a cabrear.
Doc le dirigió una mirada glacial.
—Al contrario. A Constance lo buscan por violación y asesinato.
Woody y Hulk eran exmilitares. Tanto ellos como el policía y el dueño de la tienda de pesca habrán muerto al intentar atraparlo.
Menuda tragedia. A la prensa le encantará.
Después de dispararle, podemos arrojar a Constance al fuego.
Quedará carbonizado, y parecerá que ha muerto ahí dentro, mientras disparaba a los demás.
O eso al menos es lo que dictaminará nuestro solícito forense.
Y nosotros ya habremos desaparecido. Caso cerrado.
—Una cosa. No estoy seguro de que Woody esté muerto —dijo el Francotirador.
Doc lo miró a través de las irisaciones del calor y su expresión se endureció.
—No tentemos a la suerte, ¿no te parece? —dijo.
Aquello no le gustó al Francotirador. Él nunca había disparado a uno de los suyos. Apuntó al hombre caído. Por suerte, Woody estaba vuelto del otro lado y él solo podía ver una parte de su rostro destrozado. La piel supurante. Roja, amarilla, negra.
Apretó el gatillo. El cuerpo dio una sacudida y una lluvia negra y roja salpicó la grava de detrás, como una especie de obscena diarrea.
—Al menos a él le has dado —dijo Doc con frialdad.
Al Francotirador le habían prometido cincuenta mil dólares por la misión, pero en ese momento sintió la tentación dar la vuelta a la Barrett, dispararle a Doc en la barriga y mirar cómo moría lentamente.
Aunque sabía muy bien que, si hacía eso, salir de allí sería casi imposible.
Y en caso de que lo lograra, Vermeulen querría saber por qué solo él, de todo aquel grupo de asesinos experimentados, había conseguido escapar de Tranquility.
Doc abrió su maletín, que contenía hileras de frascos e hipodérmicas alojadas en moldes de gomaespuma, así como un transmisor y una Glock. Sacó el transmisor, lo encendió, extendió la antena y accionó el micrófono.
—Deep Harbor, ¿me oye? Cambio.
Sonó una voz entrecortada.
—Deep Harbor. Identifíquese, por favor. Cambio.
—Aquí Salt Cracker.
—Le oigo, Salt Cracker. Confirme situación, por favor.
—Necesitamos una camioneta… —Doc miró su Rolex—, a las nueve y media en la terminal norte.
—Entendido. ¿Qué carga lleva?
Doc miró al Francotirador.
—Solo dos cajas.
—¿Dos cajas? ¿Tiene el producto premium?
—Negativo. Vamos a destruirlo. Se le ha pasado la fecha de caducidad, cambio.
Hubo una pausa al otro lado de la línea.
—Entendido, Salt Cracker. Limpie por favor el almacén antes de llegar a la terminal. Cambio y corto.
Doc hizo una mueca, guardó el transmisor y cogió la pistola.
Deslizó la corredera para meter una bala en la recámara.
Pese a lo que le había dicho al Francotirador, no estaba seguro de cuál sería la reacción de Vermeulen ante lo ocurrido.
Pero al menos Krige parecía satisfecho al saber que Constance estaba a punto de morir.
—De acuerdo —dijo—. Nos vemos en el cobertizo para hacer limpieza.
El Francotirador abandonó su posición de tiro. Se agachó y, manteniendo la cabeza baja para que no destacara en lo alto de la colina, se alejó hacia la izquierda.