Número desconocido Capítulo 56
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Capítulo 56

El temor que Jim había sentido desde que había encontrado el Suburban abandonado y había oído luego la explosión era ahora muy intenso.

Habían pasado dieciséis años desde lo de Vietnam, pero él no lo había olvidado.

Tenía destellos en los ojos y una corriente de alto voltaje en sus venas.

Le daba la sensación de que le ardía la piel.

No estaba seguro de que Pollitt fuera consciente del peligro.

Lamentaba haberlo involucrado. El policía tenía un aspecto obstinado e impasible mientras bajaba por el sendero de grava hacia la cabaña de los Constance, pero también parecía fuera de lugar con aquel chubasquero amarillo, como si estuviera a punto de dirigir el tráfico y no de entrar en combate.

Jim tenía la tentación de detenerlo, de decirle que fuera con cautela, pero desde que Pollit había sacado la escopeta de su coche, parecía un hombre con una misión al que sería imposible detener.

Jim no estaba seguro de que Stan o cualquiera de los demás agentes de la zona hubiera disparado nunca un arma con rabia. Él sabía que había una gran diferencia entre disparar a un blanco o hacerlo con intención de matar.

Al preguntarse por sus propias posibilidades de pasar desapercibido, maldijo la idea de haber cogido aquella gorra de pesca granate.

Era una gorra de las Antillas, entretejida con una docena de señuelos de plumas de vivos colores y, además, tenía una insignia amarilla con un escudo que mostraba unas palmeras y una isla desierta en medio de un mar azul.

Ya habían llegado a la curva del sendero.

A la derecha estaba la loma cubierta de rocas de granito, helechos y brezo que separaba la propiedad de los Constance de la de los Sproule.

Stan hizo una seña para que redujeran la marcha y ambos avanzaron lentamente, seguidos por Max.

Ahora la columna del humo apareció ante su vista al final de la pendiente.

La cabaña de madera de abedul ardía por todas partes: las tablillas y la creosota provocaban grandes llamaradas anaranjadas, y la columna de humo se elevaba en el gélido cielo gris sobre el lago.

Un coche familiar en llamas yacía de lado junto a la casa; más allá, se alzaba el cobertizo de los botes con una ventana destrozada.

Había una figura medio carbonizada tendida en el suelo a unos metros de la casa incendiada.

—Santo cielo —musitó Stan. Soltó una de las manos con las que sujetaba la escopeta y la metió bajo el chubasquero para buscar el transmisor.

Entonces sonó un chasquido repentino: una niebla roja salpicó el aire y Jim sintió que le daban en la cara un par de esquirlas que habían salido volando.

Percibió vagamente que el chubasquero amarillo de Pollit caía de lado.

Todavía se veían sus brazos y sus piernas, pero no la cabeza.

El Stetson había rodado unos metros hasta la zanja.

Una parte de Jim no había salido nunca de la jungla y, bruscamente, estaba allí de nuevo. Había dos clases de hombres en esas situaciones: los que se quedaban de pie boquiabiertos y morían, y aquellos cuyo cuerpo reaccionaba y se salvaban.

Sin pensarlo, se lanzó de cabeza hacia las coníferas de la izquierda, por encima de la zanja, y rodó sobre el lecho húmedo de pinaza.

El árbol que tenía a su lado vibró como un diapasón al recibir el impacto de otra bala, que dejó en la corteza una herida blanca del tamaño de un puño e hizo caer toda el agua de las ramas empapadas.

Jim se lanzó detrás del tronco para cubrirse.

Ninguna de las dos veces oyó los disparos.

¿Estaba sordo? A veces ocurría eso en el combate: la adrenalina bloqueaba los oídos y todo parecía suceder en una burbuja insonorizada.

Pero no, no estaba sordo. Oyó cómo crujía la maleza bajo sus pies cuando se incorporó tambaleante y se internó aún más entre los árboles, y también el zumbido furioso de otra bala que pasó de improviso junto a su cabeza.

Un silenciador. Lo cual significaba que alguien estaba decidido a matar de modo silencioso y eficiente.

Más adelante había un tronco muy ancho y corrió a guarecerse detrás.

Se arrancó de la cabeza el gorro granate y se lo guardó en el bolsillo.

Rápidamente, rodeó el tronco por el otro lado y echó un vistazo.

La loma desde la que suponía que había procedido el disparo mortal le resultaba ahora visible.

En el sendero de grava, a unos seis metros, distinguió apenas la mancha amarilla del chubasquero de Stan.

Max había desaparecido. Despavorido, sin duda. De ninguna manera pensaba llamarlo. Todavía tenía en la mano el Winchester, por supuesto. El instructor militar había dejado eso muy claro: si no tenías tu arma en la jungla, ¿cómo era que aún no estabas muerto?

Accionó el cerrojo y quitó el seguro. Había pocas opciones, y ninguna era buena.

Estaba en un bosque virgen lleno de maleza y le costaría mucho tiempo abrirse paso a través de él: una hora o más para volver al coche patrulla y avisar a MacDonald y los demás.

El tirador tal vez se le anticiparía y volvería a los coches para apostarse allí y aguardar a que abandonara la cobertura del bosque.

Supuso que el tipo tenía mira telescópica, no como el Winchester, de manera que el combate sería totalmente desigual mientras disparasen a distancia.

La única ventaja con la que contaba era su traje de camuflaje del ejército: ahora que se había desprendido del gorro granate, estaba convencido de que era invisible en aquella espesura.

Además, él estaba acostumbrado a acechar y moverse sigilosamente en busca de presas.

Sintió que su corazón se había apaciguado y que estaba recuperando el aliento.

Por mucho que aquel tipo hubiera combatido, él también lo había hecho.

Dos destinos en Vietnam y todo lo peor que la humanidad pudiera generar en explosiones, gritos y sangre.

Él había sobrevivido a todo aquello, y ahora también iba a sobrevivir.

Primero se alejaría de la zona de los disparos; luego regresaría al sendero y sorprendería al muy hijo de puta. Ese era un plan que el tipo no esperaba.

Se limpió la cara de sangre. La mejilla le escocía de mala manera y se arrancó una esquirla blanca que tenía incrustada. Un fragmento de cráneo, dedujo. Tenía otro más en la frente.

Se agachó junto a un charco de lodo, entre unas raíces de árbol a la vista, y se embadurno la cara y las manos con aquel líquido fétido. Luego empezó a avanzar hacia la izquierda, en dirección a la cabaña.