Capítulo 55
En lo alto de la colina, el Francotirador soltó una maldición entre dientes.
Nunca en su larga carrera, que abarcaba conflictos en el Sudeste Asiático y en Oriente Medio, había fallado un disparo mortal tan sencillo por un golpe de mala suerte.
Alguien cuya cabeza estaba en su mira telescópica era, por definición, hombre muerto.
Él había vivido su vida sin remordimientos, pero intuía que el momento del juicio se acercaba.
Tal vez aquel fallo tenía algo que ver con eso.
Últimamente, los sueños habían empezado a atormentarle.
En esos sueños, no podía librarse de las caras de los muertos.
En una ocasión se había encargado de una mujer de Yemen, una joven madre, según el informe de la agencia, que era además una terrorista.
Él casi se había sentido mal respecto a aquella misión en Saná.
Aunque no había podido descifrar una palabra de los titulares en árabe de los periódicos del día siguiente, ahí estaba ella, tendida en una acera con su velo y rodeada por una multitud boquiabierta que un par de policías mantenía a raya.
Tenía la cara tapada por el velo, y un charco de sangre de un metro o más de ancho en torno a su cabeza destrozada.
Una mujer, probablemente su madre, estaba arrodillada sobre la sangre, con las manos alzadas hacia el cielo y la cara crispada de horror.
Cuando él regresó y estaba pasando por el aeropuerto de Miami, vio que la misma fotografía había llegado a las portadas de los periódicos liberales: el Washington Post , el New York Times , el Herald : la madre desconsolada seguía reprochándole su acto desde la otra punta del mundo.
Aquella mujer muerta le había visitado en sueños con mayor frecuencia a medida que pasaron los años. Quizá Dios estaba detrás de esos puntuales escrúpulos de conciencia. En tal caso, era un Dios vengativo y su hora había llegado.
Tal vez Constance tenía una especie de pacto con el Todopoderoso.
Desde luego había tenido toda la suerte que sus últimas doce víctimas no habían tenido.
Siempre era más difícil acertar a un blanco en movimiento, claro, pero precisamente por eso cobraba lo que cobraba.
Él era capaz de darle a una ardilla saltando entre los árboles a una distancia de mil metros, así que Constance no debería haber constituido un problema.
Pero la explosión del coche lo había salvado por los pelos. Después, le había lanzado una serie continuada y precisa de disparos, pero solo le habían causado una herida leve en el mejor de los casos.
El humo y la neblina del calor seguían impidiéndole ver el cobertizo con claridad, pero se había sentido muy satisfecho por el disparo que casi se había llevado la mano de Constance cuando había intentado coger el kit de primeros auxilios.
También era bueno saber que estaba herido, aunque al parecer no muy gravemente.
Lo que le fastidiaba era que Doc hubiera presenciado todas sus cagadas.
No quería que un mal informe perjudicara sus posibilidades de ser contratado en el futuro.
De todos modos, estaba convencido de que terminaría liquidando a aquel tipo.
Lo mejor que podías hacer en esos casos era armarte de paciencia, mantenerte en tu posición y aguardar a que se presentara la ocasión.
Constance no podía haberse expuesto más al ir a esa cabaña desierta, junto a un lago desierto, en mitad del invierno.
Ahora estaba atrapado en ese cobertizo y no tenía a dónde ir.
Ellos podían mantener el cerco mientras nadie divisara la columna de humo y avisara a la policía.
Miró la figura ennegrecida tendida en el sendero.
Todavía salían volutas de humo de su ropa chamuscada.
Le pareció detectar un ligero movimiento en uno de sus brazos.
A juzgar por su complexión, o lo que quedaba de ella, era Woody, y no Hulk, el que yacía allí.
Él había presenciado varios casos parecidos en su época en el ejército.
Figuras ennegrecidas saliendo a rastras de vehículos blindados en llamas, cuando de hecho no podían hacerlo, y tomándose su tiempo para morir.
Quizá tendría que encargarse de Woody. No podían dejarlo con vida y correr el riesgo de que hablara en caso de que viniera la policía.
Volvió a concentrarse en la mira telescópica y en la imagen reticulada de la ventana del cobertizo.
No veía nada desde que había disparado al botiquín.
Y entonces algo le llamó la atención en la periferia de su campo visual.
Alzó la mirada. Dos figuras bajaban por el sendero desde el desvío, manteniéndose en el lado más alejado de la colina, prácticamente en la pequeña zanja que separaba la grava del bosque.
Se volvió hacia Doc. Él también las había visto.
Uno de los recién llegados llevaba el característico Stetson y el chubasquero reflectante de un agente de policía.
Sujetaba la escopeta con ambas manos frente al pecho.
Detrás de él, iba un hombre mayor con traje de camuflaje que llevaba lo que parecía un Winchester.
Quizá era el tipo de la tienda de pesca del que le habían hablado.
También él había cometido el error de llevar una prenda llamativa; en su caso, una gorra de pesca granate con una insignia amarilla.
Un border collie blanco y negro caminaba obedientemente a su lado, con las orejas pegadas a la cabeza y la típica posición agazapada que los perros pastores habían asimilado a lo largo de los siglos.
Era imposible que aquellos dos tipos no hubieran dado aviso por radio. Los refuerzos llegarían antes de lo esperado. Había que huir.
Los dos hombres llegaron a la curva del sendero desde donde apareció la cabaña a la vista y se detuvieron allí para observar la casa en llamas y el cuerpo de Woody tendido en el suelo. El policía se levantó el chubasquero y sacó un transmisor de la chaqueta de su uniforme.
Sin pensarlo siquiera, el Francotirador desplazó su rifle y la cara pálida del tipo apareció en la retícula de la mira telescópica.
—¿Qué haces? —preguntó Doc.
Pero él ya había apretado el gatillo.