Capítulo 54
Ed estaba a mitad del tramo de diez metros entre la casa en llamas y el cobertizo de los botes cuando el depósito del Volvo explotó. Hasta ese momento, su cabeza había estado en el centro de la mira telescópica del Francotirador, como un grueso melón maduro.
La fuerza del estallido lo impulsó hacia delante y la primera bala le pasó a un par de centímetros de la parte posterior del cráneo.
La onda expansiva del proyectil fue como una mosca gigantesca que hubiera pasado rozándole la oreja.
No oyó el ruido del disparo en sí, solo esa rauda corriente de aire su lado.
Dio otro paso tambaleante y de nuevo captó un violento movimiento en el aire.
Algo perforó el ondeante faldón trasero de su chaqueta.
Rodó por el suelo justo cuando la bala rebotaba sobre la grava y se perdía con un silbido entre los árboles.
La ventana lateral del cobertizo estaba frente a él.
El alféizar tenía solo un metro de altura.
Era una vieja ventana de guillotina que había conocido tiempos mejores; los cristales estaban flojos y las particiones de madera, podridas.
Con el impulso que llevaba, volvió a ponerse de pie y se lanzó hacia la ventana, levantando los brazos para protegerse la cara.
Hubo otro movimiento supersónico y, al mismo tiempo, cuando se estrellaba contra el cristal, sintió un tremendo tirón en el brazo izquierdo.
A causa del impacto, perdió el equilibro y se llevó la ventana por delante, sintiendo cómo los cristales le desagarraban la tela del traje y los muslos.
Aterrizó violentamente sobre el hombro ileso.
La caída quedó ligeramente amortiguada por las velas y arboladuras que había bajo la ventana.
La Magnum se le escurrió de la mano y se deslizó por el suelo hacia la penumbra de la parte del cobertizo que daba al lago.
Bruscamente, la luz del día entró a través de las tablas de madera, seguida de una explosión de astillas en el extremo opuesto; luego hubo un nuevo estallido de cristales y otra bala pasó a unos centímetros de él e impactó en el viejo velero, sacudiéndolo sobre los caballetes y levantando una nube de polvo. Ed se apresuró a meterse debajo.
Los disparos se interrumpieron. ¿Estaban cambiando el cargador?
Observó su brazo herido. Era solo un rasguño.
La manga de la chaqueta, quemada ya por la explosión, estaba abierta en una larga diagonal; debajo, había un boquete y una mancha de sangre cada vez más grande.
Solo cuando vio la herida empezó a sentir dolor, como si esta hubiera estado esperando a que él la mirase para volverse real.
El cobertizo estaba inundado por el resplandor anaranjado de la cabaña en llamas, y ahora el humo se colaba por la ventana destrozada.
El suelo de cemento estaba lleno de cristales, de fragmentos de madera y manchas de su sangre.
Ed vio que la Magnum estaba entre un montón de virutas de madera que había bajo la mesa de trabajo, junto a la ventana del lago.
Sus ojos se volvieron hacia la ventana rota y las puertas dobles abiertas.
Estaba seguro de que los disparos provenían de la pequeña colina cerca de la propiedad de los Sproule.
Apenas podía distinguir la silueta de esa colina a través de la ventana, así que debía de ser al revés: el humo haría que el interior del cobertizo no resultara visible.
Pero, de todos modos, se encontraba en la línea de fuego del tirador.
Y aquellas balas de gran calibre podían atravesar las paredes fácilmente.
Sin el revólver, estaba acorralado e indefenso.
Era solo cuestión de tiempo que quien estuviera allá arriba decidiera bajar y acabar con él.
Y no era probable que fallara a poca distancia.
Tenía que moverse de nuevo. Si aquello iba a ser una ejecución, más valía morir luchando.
Salió de debajo del velero y se arrastró hasta el revólver; tanteó su empuñadura de recuadros, lo sujetó y se puso a cubierto rápidamente bajo la mesa de trabajo.
No sonó ningún disparo. Aguzó el oído. Solo se oía el rugido de las llamas.
Tal vez el tirador ya estaba bajando. Alzó el revólver hacia las puertas del cobertizo.
No, demasiado fácil. El tipo seguramente se acercaría a la ventana rota, echaría un vistazo y quizá incluso vería sus piernas asomando por debajo de la mesa.
Se revolvió y apuntó hacia la ventana. Nada.
Los cristales le estaban desgarrando el traje por detrás. Rodó otra vez bajo la mesa.
Todo le daba vueltas. Se examinó las heridas.
Las quemaduras le escocían. La sangre de su brazo goteaba en el suelo.
Tenía las perneras de los pantalones desgarradas a la altura de los muslos a causa de los cristales, algunos de los cuales se le habían quedado incrustados como colmillos rabiosos.
Depositó la Magnum en el suelo y se quitó una a una las esquirlas, mientras la sangre iba empapando la tela de algodón.
Necesitaba un botiquín. Sobre la mesa había un estuche de plástico rojo con una cruz blanca. Se puso lentamente en cuclillas y trató de alcanzarlo.
El estuche explotó bruscamente. Junto a su rostro pasaron zumbando fragmentos de plástico. Los materiales de primeros auxilios —vendas, tiritas, paracetamol, tubos de neosporin, tijeras— volaron en todas direcciones. Volvió a refugiarse bajo la mesa.
El tirador no se había movido de la colina.
Tal vez había enviado a otro para que bajara y acabara con él.
Solo tenía un sitio por donde huir: el lago.
Él había previsto esta contingencia diez años atrás, pero poner ese plan en práctica era otra cosa.
Las probabilidades de éxito parecían ahora cada vez más remotas.
Un rollo de venda había caído en el suelo a su lado. Mientras pensaba qué podía hacer, empezó a ponerse torpemente, con los dientes y una mano, un rudimentario vendaje alrededor del brazo herido.