Número desconocido Capítulo 53
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Capítulo 53

Jim había vuelto a meter a Max en la cabina y deambulado junto al todoterreno abandonado cuando vio que se acercaba desde el lado de Hadsville el coche del adjunto Pollitt, un GM Sierra blanco con las luces amarillas parpadeando y la estrella del departamento del sheriff del condado de Somerset.

Pollitt paró junto a su camioneta y se bajó, calándose su sombrero Stetson, que le venía algo pequeño.

La abultada barriga del agente sobresalía de su parka, tensando la camisa marrón del uniforme que llevaba debajo.

—¿Cómo te va? —preguntó, sacudiendo la escuálida mano de Jim con una manaza rechoncha cubierta con un mitón.

En vez de mirarlo, sus ojillos relucientes examinaron primero el todoterreno y luego se detuvieron en el Winchester que Jim llevaba colgado del hombro—.

¿Crees que puede haber problemas? —preguntó.

—Es solo por precaución —respondió Jim, mascando su chicle pensativamente y señalando el Suburban con la cabeza—. Como te he dicho, no sé qué tienen que hacer aquí unos forasteros en esta época del año.

Pollitt soltó un gruñido y se agachó para inspeccionar la huella de frenado y la parte trasera destrozada del todoterreno. A juzgar por la matrícula, solo tenía un año de antigüedad.

—Parece un vehículo del gobierno —concluyó—. Haré que comprueben el número de matrícula. Una cosa está clara: el conductor no conocía estos caminos. —Se incorporó y se volvió hacia Tranquility.

Con la recesión y la economía en caída libre, las cosas estaban complicadas y los robos en las casas iban en aumento.

Las cabañas de verano de los alrededores del lago constituían una presa fácil.

Solo Dove vivía aquí fuera de temporada.

Pero los ladrones de poca monta no conducían todoterrenos casi nuevos como ese.

Seguía observando el lago cuando una nube negra y anaranjada con forma de hongo se elevó por encima de los árboles del nordeste. El sonido de la explosión llegó un par de segundos después, semejante al estampido rezagado de un trueno. Max empezó a ladrar frenéticamente en la cabina de la camioneta.

—Joder, ¿qué demonios ha sido eso? —exclamó Pollitt mientras, a lo lejos, iban cayendo sobre el bosque pequeños meteoritos llameantes de la nube ardiente.

—El tanque de combustible ha explotado —dijo Jim con calma—. Podría ser en la cabaña de los Constance.

—Esa propiedad está abandonada desde hace años —dijo Pollitt.

—Bueno, esos tanques no explotan por sí solos —respondió Jim.

Pollitt volvió a su coche y cogió el micrófono del salpicadero.

—Hola, Madison. ¿Me escuchas? Cambio —dijo, pulsando el botón para recibir la respuesta.

Al cabo de unos segundos, sonó la voz de la operadora entre una crepitación de interferencias.

—Aquí Madison. Le escucho, cambio.

—Hola, Agnes, soy Stan Pollitt. Tengo un incidente en Tranquility. Una explosión en una cabaña, posiblemente con sospechosos implicados. Necesito unidades adicionales y un camión de bomberos. Cambio.

—Entendido, agente. ¿Cuál es su ubicación? Cambio.

—Estoy en la Three Mile Road, con Jim Dove.

Tenemos un vehículo sospechoso accidentado que podría estar relacionado con el incendio.

La matrícula es Massachusetts Feb 89 316 BG4.

Compruébela en la base de datos, por favor.

Mientras tanto, voy al lugar de la explosión.

Está a tres kilómetros hacia el nordeste.

Jim cree que es en la propiedad de los Constance. Cambio.

—Recibida la matrícula y la petición de refuerzos. Avisaremos al camión de bomberos de Rockwood para que vaya para allá, pero tenga presente que ahora mismo no hay unidades adicionales cerca de su posición.

—¿Puedes decirme cuándo podrían llegar los refuerzos? Cambio —dijo Pollitt.

Hubo una pausa, como si la operadora le hubiera transmitido la pregunta a alguien que acababa de llegar. Luego sonó otra voz en la línea.

—Stan, aquí MacDonald. ¿He oído que tienes un incidente?

Justo en ese momento se alzó en el cielo invernal otra gran llamarada en el lugar de la explosión inicial, y sonó un nuevo estallido, algo más amortiguado que el primero.

—Y que lo digas, sheriff. Parece que tenemos una gran explosión de combustible en una cabaña del lago; también tenemos un 10-37 en la carretera de Tranquility. Algo extraño está sucediendo.

—Movilizaré los refuerzos.

—Yo voy para allá, a ver qué ha pasado.

—Ten cuidado. Limítate a observar y mantén abierta esta frecuencia.

—Entendido. —Pollitt volvió a dejar el micrófono en el salpicadero y miró a Dove.

El dueño de la tienda de pesca siempre había sido un hombre difícil de descifrar.

Los veteranos solían ser así, duros y poco expresivos, pero de todos modos le sorprendía que Jim no mostrara un poco más de emoción ante lo que estaba sucediendo.

Si hubiera tenido tiempo para pensar, tal vez habría dicho que Dove ya se esperaba ese giro de los acontecimientos. Pero no había tiempo para preguntas.

—Voy a acercarme a echar un vistazo —dijo—. ¿Vienes?

Jim desplazó la bola de chicle al otro de la boca y escupió.

—Claro. La propiedad de los Constance es responsabilidad mía.

—De acuerdo, pero iremos en mi coche. Es un asunto oficial.

—Está bien, pero el perro también viene.

—De acuerdo. Puede ir en la jaula de detrás.

Jim fue al asiento trasero de la camioneta y cogió un maltrecho gorro granate de pesca y una mochila que contenía munición de repuesto, tijeras, alambre y otros artilugios; luego, pensándolo bien, cerró el vehículo.

Nunca se molestaba en hacerlo en esa época del año en Tranquility, pero de repente no estaba seguro de cuándo volvería a buscarlo.

Pollitt abrió la puerta trasera de su coche y la jaula donde metía a los animales extraviados. Max subió de un salto y dejó que lo encerraran allí, mientras Jim ocupaba el asiento del copiloto.

El patrullero arrancó hacia la columna de humo. Jim le señaló el desvío de la propiedad de los Constance. Había marcas de neumáticos en la aguanieve. Pollitt se detuvo y aguardó un momento.

—El lugar sigue ardiendo, Stan —dijo Jim, mirándolo.

—Lo sé. Me estoy preguntando si poner las luces y la sirena.

—No lo hagas. Si son tipos peligros, no nos conviene alertarlos.

—Supongo que tienes razón —respondió Pollitt.

Respiró hondo, reanudó la marcha y avanzó por el sendero de grava bajo los árboles.

Al acercarse a la valla, vieron un segundo todoterreno, idéntico al primero, que estaba aparcado.

Pollitt estacionó detrás y se bajó, desenfundando su pistola reglamentaria.

Jim se bajó también y acalló a Max, que ladraba en la jaula.

Los dos hombres echaron un vistazo a través de los cristales tintados del todoterreno. Estaba vacío y cerrado.

—Parece que han seguido adelante —dijo Pollitt, aunque era evidente.

Los dos miraron hacia el norte. Ahora la columna de humo estaba muy cerca y, en medio del silencio, a ambos les pareció oír el crepitar de las llamas. El hedor a quemado era muy intenso.

Pollitt volvió al coche, cogió el micro y lo activó.

—Madison, ¿me oyes? Cambio.

—Hola, Stan. Confirme su posición, por favor. Cambio.

—Estamos en el sendero de la cabaña, que está incendiada. Hay otro vehículo sospechoso aparcado aquí. Otra matrícula de Massachusetts. Podría estar relacionado con el incendio. Dígame cómo van los refuerzos, por favor. Cambio.

—El sheriff no llegará hasta dentro de una hora, y lo mismo el camión de bomberos. Lo lamento, Stan.

Pollitt interrumpió la comunicación. Jim estaba examinando la corredera del Winchester.

—¿Quieres seguir? —le preguntó Pollitt.

—Supongo que sí.

—De acuerdo. —El agente volvió a accionar el micrófono—. Agnes, dile a MacDonald que Jim y yo vamos a seguir a pie. Me llevo un transmisor.

—Entendido, Stan. Y buena suerte. Mantendré abierta esta frecuencia y avisaré al sheriff.

Pollitt volvió a dejar el micrófono del coche, extendió el brazo y cogió un transmisor y un chubasquero amarillo del asiento de atrás, luego rodeó el vehículo para abrir la puerta trasera. Jim sacó a Max de la jaula y le ordenó que permaneciera a su lado.

Pollitt introdujo la combinación en la caja fuerte de las armas que había empotrada en el suelo de la trasera, junto a la jaula.

El mecanismo se abrió con un clic, dejando a la vista una escopeta en un molde de poliestireno y media docena de cargadores.

Sacó la escopeta y dos cargadores, e introdujo uno en la parte inferior del arma.

Luego cerró la tapa de la caja fuerte y volvió a girar las ruedas de la combinación.

—Todo listo —dijo—. ¿Tú?

—También —respondió Jim, señalando su Winchester con la cabeza.

Le ordenó al perro que no se apartara de su lado y siguió a Pollitt por el sendero de grava.

La columna de humo dominaba todo el cielo.

Jim sintió que la sangre le bullía y que los dedos se le cargaban de electricidad.

La sensación de déjà vu era casi abrumadora. «A mi lado», volvió a decirle a Max.