Número desconocido Capítulo 52
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Capítulo 52

Diez minutos antes

El tiempo es así: algunos días el mismo lapso parece estirarse hasta el infinito y otros días pasa en un abrir y cerrar de ojos.

Ed vivía ahora en ese segundo estado en el que el tiempo parecía viajar a la velocidad de la luz.

Todo su ser vibraba de nuevo con la adrenalina.

Y, sin embargo, una parte de él permanecía en calma, igual que City Point, igual que en el Kennebec.

Ed desatrancó las puertas dobles de la rampa y las abrió.

Frente al tramo de cemento cubierto de algas verdes, el lago se extendía hacia el norte, hasta las lejanas montañas envueltas por la niebla.

Había una cadena y un aparejo eléctrico conectado a un generador de doce voltios que permitía arrastrar los botes al interior del cobertizo para protegerlos durante el invierno.

Ed aflojó la cadena y empujó la lancha sobre su remolque por la rampa de cemento hasta que entró en el agua.

Cogió un rollo de cuerda que había junto a la puerta, ató un extremo en la popa de la lancha y el otro en un poste.

Luego metió el motor fueraborda en el agua y, con otro trozo de cuerda más corto, lo ató a la regala, de manera que la embarcación quedara lista para alejarse de la orilla.

Finalmente, cogió cinta adhesiva y la dejó cerca del acelerador para poder atarlo cuando llegara el momento.

Arrojó un saco de velas en el fondo de la popa, simplemente para dar la impresión desde lejos de que la lancha estaba gobernada por alguien agazapado detrás del motor fueraborda.

La embarcación no dejaba de cabecear bajo el gélido viento de diciembre.

El conjunto resultaba bastante convincente.

Volvió adentro. Solo quedaban unos momentos. O quizá ninguno.

Todo —las dos ventanas, los estantes de las herramientas, los botes de pintura y aguarrás, los trapos, las latas de gasolina y las lámparas de queroseno— estaba cubierto por una pátina de polvo gris festoneado de telarañas.

Diez años atrás, había dejado una botella de brandy vacía junto a un embudo de plástico.

No pudo por menos que admirar la previsión del joven Ed.

No hacía falta que Tifón dejara El libro de cocina anarquista bajo la tabla suelta; al parecer, el joven Ed ya lo tenía.

Cogió una de las latas de gasolina y, con el embudo, llenó la botella casi hasta el cuello.

Luego arrancó un jirón de tela, lo empapó de petróleo y lo introdujo por el cuello de la botella, hundiéndolo en el líquido, para que actuara como una mecha.

Con varias vueltas de cinta adhesiva, aseguró el trapo empapado en lo alto de la botella.

Ya lo tenía: el arma casera más barata del siglo XX , el cóctel Molotov.

Cogió la botella, se dirigió a la puerta entreabierta y observó a través de la rendija la cabaña, el sendero y la orilla del lago.

Afuera, todo permanecía inmóvil. Ni siquiera se oía el canto de un pájaro o el grito de una gaviota sobre el lago.

Un silencio siniestro. Se armó de valor, corrió por el sendero de grava y se internó en la hilera de árboles que había entre la orilla y el costado de la cabaña.

Mientras daba un sigiloso rodeo para retroceder, se cuidó mucho de no pisar las ramas secas y las piñas sobre aquel terreno rocoso.

Aguzó la vista en la penumbra. Las tablillas grises de la pared lateral de la cabaña aparecieron ante sus ojos.

Al oeste del anexo de la letrina, como a unos seis metros, había un viejo montón de leña de metro y medio de altura, que debía estar ahí desde que construyeron el garaje abierto.

Los troncos estaban ennegrecidos de humedad y cubiertos de setas blancas.

El suelo estaba parcialmente cubierto de helechos muertos.

Se deslizó detrás del montón de leña y se tendió boca abajo con el cóctel Molotov en una mano y el mechero en la otra.

No sabía cuántos hombres vendrían ni de qué dirección. Necesitaba tener suerte: mucha suerte. No se oía nada, salvo el goteo de la nieve derretida que caía de las ramas y el leve susurro del viento.

Miró su reloj. Las 8.18. Había llegado a la cabaña hacía casi una hora. Parecía que hubiera pasado mucho más tiempo. ¿Iban a venir? ¿Tal vez se había equivocado? Quizá los faros que había visto detrás eran de coches totalmente inocuos que se dirigían a Tranquility…

Entonces oyó el leve chasquido de una rama en el flanco sur de la cabaña y se alertó de inmediato.

Pegó su cuerpo al montón de leña y miró fijamente hacia aquella esquina.

Un extraño puntito rojo parpadeó en la rama de un árbol a su derecha.

Luego apareció por la esquina el cañón de un arma con una luz encendida debajo.

El puntito rojo se deslizó desde el árbol, pasó sobre el montón de leña y recorrió el costado de la cabaña.

Lentamente, apareció un hombre. Iba cubierto con un traje forense Tyvek, aunque no de color blanco, sino completamente negro. Una mascarilla le cubría parte la cara.

El hombre se deslizó muy despacio por el lado de la cabaña con el fusil automático en ristre; luego se agazapó junto al Volvo, miró hacia atrás e hizo una seña.

Entonces salió de las sombras otra figura, ataviada y armada del mismo modo.

Avanzando con un extraño trote, siguió la misma ruta y se unió a la primera junto a la puerta trasera.

Tras intercambiar una mirada, los dos hombres se irguieron y el primero abrió lentamente la puerta mosquitera.

Mientras el segundo metía algo debajo para impedir que volviera a cerrarse, el otro tanteó la manija de la puerta interior, que se abrió sin ruido.

Era la hora de la verdad. A estas alturas, la cabaña debía apestar a gas, pero quizá las mascarillas que llevaban aquellos hombres impidieron que lo percibieran de inmediato. Ambos entraron en el oscuro vestíbulo sin vacilar.

Durante unos instantes, Ed se quedó paralizado; luego, sin embargo, se rehízo rápidamente y, al levantarse, encendió el mechero. La llama lamió el trapo que sobresalía de la botella y este prendió en el acto, iluminando el montón de leña y el lado de la cabaña.

Sin más dilación, lanzó el cóctel Molotov a través de la puerta abierta.

Sólo seis metros: un lanzamiento sencillo.

La botella voló como un meteoro hacia la boca negra del vestíbulo.

Durante un momento, Ed vio cómo uno de los tipos se volvía, alertado por el repentino fogonazo de luz a su espalda.

La botella se hizo añicos sobre las tablas del suelo.

Instantáneamente, un fuego hirviente prendió en los pies del hombre y enseguida las llamas ascendieron, envolviendo todo su traje.

El tiempo se detuvo una milésima de segundo mientras el hombre en llamas permanecía paralizado por la lengua de fuego que lo rodeaba por completo y se alzaba por las paredes del vestíbulo hasta el techo.

El fusil automático surgió un momento entre las llamas, apuntando hacia Ed.

Luego la capucha del traje forense se derritió bruscamente y un alarido se elevó por encima del rugido de las llamas.

Ed captó un zumbido y luego un golpe seco, como el de un hacha en un tronco, cuando una bala impactó en el abeto que tenía detrás.

La figura en llamas se agitó y se tambaleó hasta caer de rodillas.

Y ahora, del interior de la casa llena de gas, salió un gran resplandor azul que se propagó velozmente hacia el exterior, hacia el tanque de combustible del embarcadero, adquiriendo un tono anaranjado a medida que avanzaba.

Entonces el mundo entero explotó. Una tablilla de madera giró sobre sí misma hacia él, lenta y rápidamente a la vez, y lo golpeó de refilón.

Ed cayó aturdido detrás del montón de leña una fracción de segundo antes de que otro centenar de misiles de la explosión acribillaran el sitio donde había estado y se elevaran hacia los árboles.

El fuego se extendió por todas partes, lidiando con la nieve y el hielo, en un caos de humo y vapor.

Al cabo de dos o tres segundos, Ed volvió en sí en aquel extraño mundo a la vez ardiente y helado.

El montón de leña se había derrumbado sobre él y los troncos húmedos que le cubrían de pies a cabeza lo habían salvado de lo peor de la tormenta de fuego.

Estaba medio hundido bajo una capa de nieve, pero sentía que tenía las manos y la cara abrasadas, y las cejas chamuscadas y, al cabo de un momento, percibió un olor acre a pelo quemado.

Finalmente, la bola de fuego desapareció.

La explosión le había dejado ensordecido. Solo oía un timbre lejano.

Se zafó de los troncos podridos y se incorporó con dificultad.

El montón de leña estaba esparcido a su alrededor, humeando a causa del calor.

Había pequeños focos de fuego ardiendo en el bosque; los helechos secos habían prendido en algunos puntos.

Allí donde había estado la parte trasera de la cabaña, había ahora un rabioso infierno rojo y anaranjado.

Retrocedió ante la furia del fuego, con la cara ardiendo y en carne viva.

Milagrosamente, uno de los dos hombres emergió de la cabaña y echó a andar, tambaleándose.

El traje Tyvek colgaba en jirones chamuscados de su cuerpo ennegrecido.

Su carne blanca y roja chisporroteaba. Daba la impresión de que sus globos oculares se habían fundido, tal como se le veían las órbitas blancas en medio de su rostro abrasado y lleno de ampollas.

Aunque tenía la boca abierta y se estaba quemando vivo, parecía moverse en silencio, pero quizá era porque sus gritos le resultaban inaudibles a Ed, todavía ensordecido por la explosión. Al cabo de un momento, desapareció.

Más allá de la parte delantera de la cabaña, entre la zona donde él se hallaba y el cobertizo de los botes, el aire parecía combarse bajo un calor volcánico. Se agachó y tanteó a su alrededor entre los restos del montón de leña hasta que su mano tocó la empuñadura del revólver.

Las llamas eran más altas que los árboles.

Delante de él, en el garaje abierto, un resplandor anaranjado sobrenatural rodeaba el Volvo.

Los neumáticos estaban ardiendo y Ed comprendió que el depósito solo tardaría unos momentos en explotar, sumándose a aquel incendio infernal. Retrocedió temblando de pies a cabeza.

Eran dos coches los que le habían seguido, así que podía haber muchos más hombres apostados por allí.

Durante los primeros metros estuvo a cubierto, pero después había un tramo de grava frente al lago de unos cinco metros de ancho.

A menos que el infierno de la cabaña distrajera a los posibles tiradores, durante unos instantes sería un blanco fácil.

Se lanzó hacia delante.

El disparo se produjo al cabo de un segundo.