Capítulo 51 #2
Tras comprobar que la ventana estaba firmemente cerrada, abrió el regulador de la bombona.
Sonó un ligero silbido mientras salía el metano comprimido y alcanzaba la presión correcta.
Ed serró el tubo de goma que iba a la cocina a través de un pequeño orificio e inmediatamente empezó a notar un olor inconfundible a gas.
Salió rápidamente, cerró bien la puerta y metió por debajo unos sacos vacíos de carbón vegetal para asegurarse de que quedaba sellada.
Luego pasó junto al Volvo y dobló corriendo la esquina del cobertizo de los botes.
Doc ordenó que se bajaran todos del Suburban frente a las vallas de las propiedades de los Constance y los Sproule.
Enseguida advirtió que la valla de la primera había sido forzada; el candado no se veía por ninguna parte y la pintura del pasador metálico había saltado.
Aunque, a partir de su mapa, calculaba que había al menos otros doscientos metros hasta la cabaña, prefería no acercarse más con el coche, por si acaso.
Siguiendo sus órdenes, los hombres se pusieron botas y parkas con capucha.
Doc sacó cuatro bolsas de plástico transparente que contenían monos Tyvek ligeros como los que utilizan los equipos forenses.
Solo que, en lugar de ser del color blanco habitual, eran negros.
Los hombres se los pusieron rápidamente encima de las parkas y las botas.
Luego Doc distribuyó las mascarillas. Quizá fuera exagerado, pero no debía haber la menor contaminación de la escena, eso Vermeulen lo había dejado bien claro.
A continuación, se colocaron dispositivos de comunicación provistos de auriculares y micrófonos de plástico negro.
Hulk, sin decir una palabra, le colocó uno a Doc.
El atuendo de este último era menos práctico que el de los otros tres: iba calzado con un par de mocasines.
El delgado polietileno del mono forense no le protegía del frío.
La verdad era que le habían llamado en plena noche y que no se había preparado realmente para una expedición semejante.
Pero con esos tres hombres bajo su mando deberían ser capaces de llevar a cabo la misión.
Él no era un soldado, sino el jefe, y, por supuesto, el que llevaba el maletín lleno de drogas.
—De acuerdo —dijo—. Ya conocéis el procedimiento. A partir de aquí no quiero que dejéis el menor rastro. Ni exfoliación cutánea, ni sangre, ni saliva, ni folículos pilosos. Poneos las mascarillas.
Los hombres obedecieron. Doc cogió su maletín mientras el Francotirador sacaba el rifle del estuche.
Era un Barrett M90 nuevo, de acero estampado ligero, provisto de trípode, mira telescópica y un cargador de cinco balas.
El Francotirador enroscó un abultado silenciador, revisó la mira telescópica y se metió en los bolsillos de la parka unos cuantos cargadores extra.
Hulk y Wood se armaron con subfusiles H luego colocaron miras láser en los receptores.
Para probar las miras apuntaron al buzón de los Sproule, y vieron cómo los puntitos rojos se deslizaban como siniestros insectos por el letrero que tenía a un lado.
Cuando estuvieron listos, Doc les hizo una seña para que se acercaran al capó del todoterreno, donde había un mapa desplegado. Señaló la pequeña loma que había a unos ciento cincuenta metros hacia el noreste, entre las propiedades de los Constance y los Sproule.
—Nos apostaremos ahí —le dijo al Francotirador—. Así tendremos una buena vista de la cabaña—. Se volvió hacia Woody y Hulk—. Nosotros os cubriremos desde ahí arriba. Un aviso por radio cuando entréis, dos cuando hayáis reducido al objetivo. Recordad: la misión es capturarlo.
—¿Y si no es posible? —preguntó Woody.
Doc le lanzó una mirada. Se preguntó si Woody se había enterado de la muerte de los dos agentes en Boston. Desde luego debía haber escuchado las emisoras de emergencias cuando informaron de la muerte de Bailey.
—Me imagino que un solo civil no representará un gran problema para vosotros.
Vermeulen lo quiere vivo, pero si las cosas se complican…
—Le echó una mirada al Francotirador. Con eso quedaba todo dicho—.
Dadnos diez minutos —dijo. Luego le hizo una seña al Francotirador y se internó entre la maleza nevada.
El Francotirador, cargado con el Barrett, le siguió.
Atravesaron el bosque desviándose del sendero de la cabaña.
Sus pasos quedaban amortiguados en parte por las agujas de los pinos que cubrían el suelo.
El Francotirador se desplazaba sigilosamente; Doc no tanto.
En cuanto empezaron a subir la pendiente, el bosque se volvió menos espeso.
Doc divisó la cima pelada y sembrada de rocas.
Le indicó al otro que bajara la cabeza y recorrieron a gachas los últimos metros hasta llegar arriba.
Doc atisbó por encima de un peñasco de granito.
La cima, cubierta de rocas, brezo, placas de hielo y raquíticos retoños de pino, se hallaba a unos quince metros por encima del lago.
Un viento ligero pero helado procedente del norte desplazaba las nubes.
La vista era espectacular. Abarcaba unos doce kilómetros del lago, entre montañas nevadas y envueltas en niebla.
Abajo, a unos cien metros, se hallaban la cabaña y el cobertizo de los botes; ambos, aparentemente desiertos, sin ningún coche a la vista.
Las puertas del cobertizo estaban entornadas.
El Francotirador ya se había apostado entre dos rocas, a la derecha de Doc. Había desplegado el pequeño trípode bajo el Barrett y miraba a través de la mira telescópica con el ojo izquierdo cerrado, lo que acentuaba las arrugas de la parte de su rostro bronceado que no cubría la mascarilla.
Pasaron unos minutos. Doc se preguntaba qué había pasado con Hulk y Wood cuando detectó movimiento en un lado del sendero y vio que ambos aparecían pegados al margen flanqueado de árboles y avanzaban con cautela.
Con los subfusiles preparados y los puntitos rojos de las miras laser bailando por delante de ellos como luciérnagas rojas.
Llegaron al borde de la curva que trazaba el sendero de grava junto a la cabaña.
El Francotirador había permanecido absolutamente inmóvil hasta el momento, pero cuando sonó un clic por el dispositivo de comunicación se puso tenso y flexionó el dedo índice sobre el gatillo del rifle, aplicando una ligera presión, aunque no excesiva.
Las arrugas de su rostro se volvieron más pronunciadas.
Los dos hombres eran prácticamente imposibles de distinguir con sus monos forenses y sus mascarillas, pero Doc creyó identificar a Hulk por su postura encorvada.
Él fue el primero en cruzar rápidamente el tramo entre el bosque y el flanco sur de la cabaña.
Llegó allí sin problemas y alzó el pulgar hacia Woody, que se reunió con él a paso ligero.
Los dos se deslizaron lentamente por la pared hacia la parte trasera, agachándose al pasar por las ventanas, con los subfusiles sujetos delante con ambas manos.
Por último, desaparecieron por la esquina sudoeste.
Silencio. Luego un lejano tintineo y un ruido de cristales.
Y, de repente, la parte trasera de la cabaña estalló en una gran nube de llamas anaranjadas y fragmentos de madera que salieron volando por los aires y alcanzaron unos quince metros de altura, prácticamente al mismo nivel de donde se hallaba Doc, para caer luego como ardientes meteoritos sobre el bosque, el sendero y el lago.
Una fracción de segundo después, llegó el sonido de una gran detonación semejante a un trueno.
Un hombre salió tambaleante por la parte trasera.
Era uno de los dos antiguos soldados, aunque resultaba difícil saber cuál porque estaba totalmente envuelto por las llamas.
El traje de polietileno ardía como una cerilla y, tras quemarse rápidamente, lo dejó rodeado de un halo de fuego y humo.
Él se llevaba las manos a la cara y el pecho, donde el material sintético estaba abrasándole la piel.
Sonó un agudo alarido, como el grito de un cerdo agonizante.
El hombre caminó todavía unos metros por el sendero; luego, como si se apagara algún interruptor en su cerebro, le fallaron las piernas y cayó de bruces convertido en un guiñapo humeante.
No había señales del otro agente de Tifón.
Doc se levantó, pero el Francotirador le lanzó un grito de advertencia.
Una figura había emergido entre el humo del otro extremo y estaba rodeando el flanco norte de la cabaña incendiada.
Sin mono forense. Constance. Había solo un corto tramo entre la cabaña y el cobertizo, adonde obviamente se dirigía.
Doc se volvió hacia el Francotirador para decirle que se olvidara de capturarlo, que disparase sin más, pero antes de que pudiera abrir la boca vio que este ya estaba apretando el gatillo, sin prisas, para no fallar, y que el rifle daba una sacudida sobre su hombro.