Número desconocido Capítulo 51
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Capítulo 51

Algo, de todos modos, no acababa de cuadrar con la imagen que recordaba.

Se agachó e inspeccionó el suelo de pino.

El polvo que cubría las tablas estaba removido, como si hubieran apartado una de las alfombras hacia un lado.

Ed la apartó un poco más. Debajo, había una tabla suelta: un escondite donde Stu solía guardar dinero y objetos de valor durante las vacaciones.

Recordó las pruebas falsas sembradas en el apartamento de Shannon.

Se arrodilló, metió los dedos en la ranura y levantó la tabla.

Los hombres de Tifón habían sido más astutos que él.

Se preguntó si habría algún detalle, por trivial que fuese, que no hubieran tenido en cuenta.

Supuso que para ellos sería perfecto que dejara sus huellas en este alijo destinado a incriminarle.

Había sido una tontería por su parte pensar que no habrían tenido en cuenta su vinculación con ese lugar.

Como demostraban los dos coches que le seguían, Brantwood no era un refugio: era una trampa.

Pero quizá él había previsto todo esto la última vez que había estado allí.

En todo caso, era en ese lugar donde pensaba librar su última batalla.

Una cosa era segura: si la gente de Tifón ya había estado ahí, debían haber deducido su conexión con Jim. Ahora, estuviera donde estuviera esa mañana de diciembre, su amigo corría tanto peligro como él.

Volvió a colocar la tabla suelta en su sitio.

Solo le quedaban unos minutos, pero los márgenes de su conciencia seguían borrosos; todavía se hallaba bajo los siniestros efectos de la llamada que había recibido en aquel teléfono móvil en la Lenox Avenue.

La adrenalina que lo había traído hasta ahí se había estancado.

Una fatalista pasividad se adueñó de él.

Estaba solo, atrapado frente a un número indeterminado de perseguidores.

Tenía que librarse de ese sentimiento, y cuanto antes.

A su izquierda, a través de una puerta abierta, miró la gran sala de estar.

Estaba decorada con el sencillo estilo de los pioneros.

Pino desnudo, cómodos bancos con respaldo, mecedoras.

Cuadros de J.J. Audubon de pájaros de las tierras salvajes de Norteamérica, algunos paisajes de estilo naif, alfombras tejidas a mano en el suelo.

Una buena librería, en la que había algunos volúmenes con el elegante lomo de los clásicos Loeb que habían pertenecido a Betty.

En un rincón, una guitarra acústica Yamaha.

Más allá, sobre una mesita auxiliar del vestíbulo, reparó en dos objetos.

El primero, un brazalete, en su día de color blanco (ahora amarillento), con la leyenda: 1979 N SEMANA DE BIENVENIDA.

Ed estaba seguro de que la policía había estado allí tras la muerte de Stud, pero al parecer no les había interesado ese brazalete, pese a que podría haber constituido una pista clave sobre su desaparición. Lo cogió y se lo guardó en el bolsillo.

Al parecer, a la policía tampoco le había interesado el segundo objeto: un maltrecho volumen encuadernado en tela.

Se acercó y lo examinó a través de la niebla que ofuscaba su cerebro.

The Collected Shorter Poems of W.H. Auden .

El antiguo Ed había dejado diez años atrás esas pistas: unas pistas que quizá se les habían pasado por alto a los agentes de Tifón que habían registrado la cabaña.

Supuso que la lectura no figuraba entre sus prioridades: los libros, para ellos, no eran más que libros.

Es decir, cuando no se dedicaban a quemarlos.

En el volumen de Auden había un marcapáginas. Lo abrió por ahí. El primer poema estaba subrayado con un lápiz amarillo: «Parad todos los relojes». ¿Otra pista, como las de la Biblia?

A su derecha, había un reloj de pie, lo cual no dejaba de ser un poco anómalo en una cabaña de este tipo.

Repentinamente recordó que era muy antiguo: una pieza del siglo XVIII fabricada por Richard Rayment, de Bury St. Edmunds, Suffolk, Inglaterra.

No tenía ni idea del motivo por el que se lo habían llevado de Winthrop Road y lo habían traído hasta allí.

Lo único que recordaba era que Bettie siempre le había inculcado su valor singular y el hecho de que había pertenecido a un lejano antepasado.

Lo observó con atención. La caja alargada era de chapa de nogal; la esfera blanca estaba finamente craquelada; los cuatro refuerzos de las esquinas, de latón forjado, tenían un elaborado dibujo.

El mecanismo estaba detrás de una pequeña puerta de nogal con cerradura de bronce.

Pero la llave no estaba. Debajo, había un pequeño barómetro cuya aguja seguía marcando presión baja.

Las manecillas del reloj estaban inmóviles y el mecanismo, a juzgar por las telarañas que había en su interior, no había funcionado desde la última vez que él había estado allí.

Marcaba las ocho menos ocho minutos. Un rayo de sol se coló desde el este entre el banco de nubes y surcó la superficie del lago con un largo destello que llegó hasta la orilla y le deslumbró por un instante.

La posición de las manecillas tenía que significar algo.

Era otra pista que había dejado el antiguo Ed.

A él le encantaban ese tipo de acertijos, recordó ahora.

Siguiendo un impulso, dirigió hacia la izquierda y dio ocho pasos.

El pasillo daba al dormitorio principal.

Abrió la puerta: una cama doble de pino, con cabezal también de pino, una colcha de retazos, unas cortinas de cuadros amarillos y anaranjados que estaban corridas pero dejaban pasar una cantidad considerable de aquella luz del este.

Era lo que solía suceder allí dentro, recordó: durante las noches de verano nunca parecía reinar una oscuridad absoluta y luego, a partir de las cinco de la mañana, el resplandor del sol se colaba a través de las cortinas como si fuera hubiese una hoguera.

Frente a la cama, en la pared de la izquierda, había una cómoda y, efectivamente, ocho pasos más lo llevaron hasta allí.

En el centro de la cómoda reposaba una taza de peltre.

No contenía nada, pero algo se movió en su base cuando la cogió.

Volvió a mirarla. No había nada dentro, solo polvo.

Entonces le acudió otro recuerdo a la mente; sujetó el asa con una mano y la base con la otra, y giro a la taza.

El compartimento de la base se desenroscó y una pequeña llave de latón cayó sobre la cómoda. Era la llave del reloj.

Volvió al vestíbulo, la introdujo en la cerradura y abrió la pequeña puerta de nogal.

Ahora resultaba obvio por qué se había parado el reloj.

En el interior de la caja, había un sobre encajado entre los dos péndulos que impedía que los pesos se movieran.

Al sacar el sobre, los pesos cayeron y el reloj emitió un par de tictacs antes de sumirse de nuevo en el silencio.

Desgarró el sobre y examinó lo que él mismo había escrito aquel día de septiembre, diez años atrás: uno de los últimos días de Edward Burns Constance.

Después de lo ocurrido en Northeastern, el joven Ed había contemplado con horror la posibilidad de que le arrebataran la memoria.

Por ello, la primera página de la carta simplemente explicaba quién era y cuáles eran sus antecedentes: toda su historia desde la Granja en adelante, sus padres adoptivos, el nombre de Jim Dove, su vida junto al lago y en Boston, hasta el día en que tropezó con David en Northeastern y Stu se suicidó.

Todo lo que Ed había llegado a saber sobre Tifón estaba allí, incluidos los nombres de Fitzgerald y Vermeulen.

También figuraba el nombre de Gloria, escrito solo unas horas antes de su asesinato.

La carta concluía con un plan descabellado que tal vez le salvara la vida.

Pero, naturalmente, ya no se trataba solo de su vida. Estaba Sarah.

Ahora, finalmente, su niebla mental se disipó por completo.

El pulso le latía con fuerza en la cabeza. Unas palabras surgieron de la nada: «La muerte es bondadosa. Es solo la vida, y las cosas de la vida, las que duelen. Y, sin embargo, amamos la vida y aborrecemos la muerte. Es muy extraño».

Atravesó el pasillo hasta el cuartito de la entrada y empujó la puerta de pino.

Como el resto de la cabaña, tenía el suelo y los armarios de pino desnudo.

Una gran ventana daba al sendero y al cobertizo de los botes.

En la pared de la derecha, había un armero con soportes para tres rifles y un cajón para pistolas debajo, pero tanto los soportes como el cajón estaban vacíos.

Trató de recordar si alguna vez había habido armas allí.

Tal vez no. Stu, por lo que recordaba, había sido la antítesis de un hombre de campo.

La única arma que tenía Ed era el revólver Magnum cuyo peso notaba en el bolsillo del abrigo.

La sacó y miró la recámara. Le quedaban dos balas.

Al lado del armero, estaba el colgador de las llaves.

Unas pegatinas de Letraset irregularmente colocadas indicaban a dónde correspondía cada una.

Cogió la que estaba colgada bajo el rótulo Cobertizo bote.

Luego fue a la cocina y cogió un mechero Bic del estante de los fogones.

Lo probó y, de inmediato, salió una llama de un par de centímetros.

Finalmente, agarró un cuchillo de trinchar Sabatier.

Volvió a salir a la parte trasera y entró en el reducido anexo que contenía el único lavabo y la bombona de gas natural.