Número desconocido Capítulo 50
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Capítulo 50

Unos días antes

La festividad de Acción de Gracias ni siquiera se notaba en el lago. Allí no había nadie, aunque Jim ya había decidido hacía mucho que la soledad no le importaba.

En los diez años que transcurrieron desde que Ed se fue, Laramie enfermó y murió. Jim dejó pasar un año y lo reemplazó por otro perro, Max. En esa época del año, aparte de los viajes semanales a Hadsville para comprar provisiones, él y el perro estaban solos.

Por las noches contaba con la televisión y su par de canales borrosos y con la botella. Ya nada de canutos de White Widow; no fumaba desde Eagle Lake. El teléfono sonaba una o dos veces por semana. Veraneantes, proveedores. Ningún pariente. Ninguna novia. Así habían llegado a ser las cosas.

El día antes de Acción de Gracias, vio en la WMTW los reportajes de la bomba de Pensacola.

Las sangrientas imágenes desfilaron violentamente ante sus ojos.

El humo y las llamas le trajeron los olores de Vietnam: napalm, árboles quemados, goma, carne humana…

El nombre de la terrorista destelló en una foto policial.

Le recorrió un escalofrío. No sabía por qué.

Hasta que recibió la llamada aquella noche, él no sabía si Ed estaba vivo o muerto.

Jim no mantenía contacto con Dumfries: por su propio bien y por el bien del chaval.

Pero a lo largo de los años había estado atento a las noticias locales, y todas las semanas, cuando iba a buscar provisiones, hojeaba el Boston Herald en la biblioteca pública de Hadsville.

Nada sobre Ed —ni muerto ni desaparecido— en Maine o Massachusetts.

En el fondo de su ser, sentía que el chaval seguía vivo.

Cansado de las noticias en bucle sobre el atentado, cambió de canal y comenzó a ver Cheers .

Él no era muy aficionado a las comedias, pero había algo en aquel bar donde todo el mundo sabía cómo te llamabas que le resultaba familiar; quizá el recuerdo de la camaradería en los Marines.

Aquellos días habían sido los mejores, y también los peores…

Fue entonces cuando sonó el teléfono. Nadie le llamaba por la noche en esa época del año. Tuvo un mal presentimiento. No obstante, al duodécimo timbrazo, se sorprendió a sí mismo extendiendo el brazo hacia el auricular. Al descolgarlo, oyó la voz de Ed por primera vez en diez años.

En un principio, se negó a hacer lo que el chaval le pedía.

Aquello probablemente sería el final para Ed.

Todo lo que había superado y conseguido en la década transcurrida desde Eagle Lake desaparecería en un instante.

Además, ahora estaba casado e iba a ser padre.

Jim se negaba a aceptar la responsabilidad de acabar con todo eso.

No era la primera vez que un amigo le pedía que lo matara.

Cuando, al cumplir los dieciocho años, le regaló a Ed aquella Colt no le había contado su verdadera historia ni tampoco por qué se alegraba de separarse de ella.

El sargento Lenny Piazzola no murió al instante en aquella emboscada del Vietcong del 71.

Piazzola estaba comandando la patrulla cuando pisó una mina oculta.

La explosión arrojó su cuerpo sobre el sendero elevado de un arrozal.

Cuando Jim corrió a ayudarle, vio que la mina se había llevado la mitad inferior de su cuerpo y que las aguas turbias del arrozal se estaban tiñendo de rojo.

Pero Piazzola aún seguía vivo. Y lo miraba fijamente.

Esa mirada le dijo a Jim que su amigo sabía que se estaba muriendo.

Piazzola le señaló con la cabeza la funda de su revólver, justo por encima de su cadera destrozada.

—Por favor, Jim —susurró.

Y aunque se trataba de su mejor amigo en el cuerpo, Jim se quedó paralizado, haciendo un cálculo frío y despiadado, pensando que a Piazzola le quedaban solo unos minutos de vida y que un torniquete no le salvaría porque ya no había piernas donde aplicárselo, de manera que podía dejar que se desangrara.

Solo que era imposible evitar su mirada suplicante.

A Jim aún le quedaba un resto de humanidad en el fondo, muy en el fondo, pese a aquel infierno de balas y explosiones, pese a la sangre, los cuerpos descuartizados y los gritos de los moribundos…

—Por favor, Jim —repitió Piazzola, y él se echó hacia delante y sacó el revólver de la funda empapada de sangre.

Mientras quitaba el seguro y se inclinaba hacia su amigo, era consciente de los disparos de réplica de la patrulla y del silbido de las balas a su alrededor.

Piazzola asintió y cerró los ojos. Él le puso la pistola en la cabeza, cerró los suyos y disparó.

Intuía que ese revólver estaba maldito. Primero Piazzola, luego Stu…

Y ahora, aquella petición. No difería tanto de la de su viejo amigo, en el sentido de que, dadas determinadas circunstancias, eso garantizaría la muerte de Ed. Provocada por él.

Dos veces en una vida. Eso era demasiado para cualquiera. Y, sin embargo, tal como el propio Ed le había dicho, lo que él iba a hacer quizá acabaría provocando su muerte, pero también salvaría miles de vidas.

De todos los días de Acción de Gracias que Jim había vivido a sus cuarenta y tres años, ese de 1989 fue el más solitario. Porque durante la mayor parte del día ni siquiera tuvo al perro a su lado. Se levantó al alba, le dio de comer y luego lo dejó en la tienda y puso el cartel de Cerrado.

Las fuertes ventiscas que ese día habían cubierto de nieve Nueva York y Massachusetts no habían llegado tan al norte, pero hacía un frío del demonio.

La calefacción de la cabina estaba al máximo, pero aun así su aliento se condensaba al exhalar.

El trayecto que hizo no podía ser más solitario, y cuanto más se aproximaba a su objetivo, más aumentaba el presentimiento que le había asaltado desde el principio, el mismo que había experimentado un par de veces en Vietnam de que algo espantoso estaba a punto de suceder.

Las carreteras y los puestos de control forestal del norte de Maine estaban desiertos a causa de la festividad.

Él siguió conduciendo a solas, sin el menor obstáculo.

Encontró el lugar que Ed le había descrito: el más extraño y desolado que había visto nunca.

Tras utilizar la contraseña y entrar, encontró todo lo que necesitaba, tal como Ed le había asegurado. Hizo su trabajo rápidamente.

Ya había oscurecido cuando regresó a Tranquility. No tuvo ánimos para cocinar, así que abrió una lata de carne y se la repartió con Max.

Su presentimiento y sus dudas no se aplacaron con el paso de los días.

Deducía que Ed estaba metido en un grave aprieto.

todos los días iba a ver a Brantwood, pero no había ni rastro del chaval.

Ese martes, durante su expedición a Hadsville para comprar provisiones, revisó los periódicos en la biblioteca con mucha más atención que otras veces.

Por la noche bebió gran cantidad de Four Roses en el bar y se alojó en un motel de mala muerte para dormir la mona.

Hacia las ocho de la mañana siguiente, tomó la Three Mile Road para regresar al lago.

Tenía puesta la WMEF en la radio. Al parecer, se había perpetrado un homicidio con violación en un hotel de Boston.

La policía buscaba a un hombre al que los medios habían apodado el Caníbal de North End.

A continuación, dieron la descripción de un hombre hispano captado por las cámaras de vigilancia del hotel.

Aunque era una descripción inevitablemente vaga, contenía los detalles suficientes como para que Jim se preguntara si coincidían con una versión más adulta del Ed que él había conocido.

La convicción de que Ed y ese Caníbal eran la misma persona cayó sobre él como un manto de plomo.

Mientras pensaba en ello, divisó la primera señal de un problema un poco más adelante.

Había un todoterreno negro a medio al margen de la carretera, con la parte trasera pegada al tocón de un árbol que sobresalía de un tramo cenagoso.

Redujo la marcha y paró junto al vehículo.

Ventanillas tintadas. Matrícula de Massachusetts.

Le recorrió un escalofrío. Forasteros. ¿Por qué estarían allí?

Enseguida lo comprendió: seguramente porque Ed estaba allí.

Escrutó la carretera hacia el lago. Ningún movimiento.

Apagó el motor, se bajó de la camioneta y atisbó por las ventanillas tintadas del Suburban.

Estaba vacío. Intentó abrir las puertas: estaban cerradas.

Tocó el capó: todavía caliente. El accidente se había producido hacía poco, menos de una hora, porque el bloque del motor se enfriaba rápidamente a aquella temperatura por debajo de cero.

Había otras huellas en la nieve en torno al lugar.

Daba la impresión de que habían pasado dos coches por allí.

Jim tenía un Winchester 70 con acción de palanca en la parte trasera de su camioneta.

Era el arma que había reemplazado a la que había arrojado en el Eagle Lake.

Hoy en día, casi todo el mundo prefería semiautomáticos con mira telescópica, pero él se había mantenido fiel a la vieja escuela; un rifle de acción de palanca y mira abierta le bastaba.

Lo sacó de su estuche, comprobó que el seguro de tres posiciones estaba puesto y tiró de la palanca para ver si había un cartucho en la recámara. Listo. Se lo colgó del hombro.

Para entonces, Max ya daba saltos a la altura de su pecho, previendo una expedición de caza.

Jim le ordenó secamente que se sentara y el perro obedeció enseguida con un gemido.

Él ya había tomado una decisión. Si Ed estaba allí, su vida corría peligro.

Habían llegado dos coches cargados de hombres.

No le gustaban las probabilidades de semejante situación, ni para Ed ni para él mismo.

MacDonald había dejado Hadsville y ahora era sheriff en Madison.

Jim sabía que podía confiar en él y también en el resto de la policía local.

Sacó el transmisor de la camioneta, un modelo manual Motorola de unos diez años de antigüedad.

Entró en la frecuencia de la oficina adjunta de Hadsville.

El transmisor de la policía apenas se usaba durante los meses de invierno y la llamada sorprendería al agente local, Stan Pollit, que era la única autoridad en muchos kilómetros a la redonda.

Pollit, un policía rubicundo, obeso y sociable, era un tipo amable y eficiente que tenía buenas relaciones tanto con el sheriff de la lejana oficina de Madison como con las pequeñas comunidades de esa zona rural de Maine por su capacidad para llevarse bien con todos y no entrometerse demasiado en los asuntos de nadie, especialmente cuando estaban relacionados con la caza fuera de temporada o las destilerías ilegales.

Tras unos momentos, sonó un crujido de interferencias y luego la voz de Pollitt.

—Oficina del sheriff de Hadsville. Dígame, por favor. Cambio.

Jim accionó el micrófono.

—Stan, soy Jim. Cambio.

—Ey, Jim. ¿Cómo van las cosas? Cambio.

—No me quejo. Pero quiero pedirte tu ayuda en un asunto. Estoy aquí en la Three Mile Road… y a ver si lo adivinas. Hay un coche accidentado. Un Suburban con matrícula de Massachusetts. Cambio.

—¿Un Suburban forastero? No se ven muchos en esta época del año. Cambio.

Jim volvió a accionar el micrófono.

—Los airbags están desplegados. Ni rastro de los ocupantes.

—Pues tienen un buen trecho a pie.

—Tal vez no. Hay huellas de neumáticos de otro coche. Parece que los han recogido.

—¿Dos coches? Eso es bastante insólito.

—Y que lo digas. Conozco a todos los que tienen una cabaña alrededor del lago y ninguno está aquí ahora mismo.

—Entonces ¿cuál es tu hipótesis?

—No lo sé, Stan. Espero que no sean problemas.

—Bueno, el coche accidentado ya es un problema. Será mejor que vaya para allá. Llegaré en unos veinte minutos. Cambio y corto.

Jim soltó un suspiro. No quería meter a Pollitt en este asunto, pero tampoco quería enfrentarse solo a lo que le aguardaba más adelante. La llamada de Ed, una semana antes, ya había sido una advertencia suficiente.

Quizá sería mejor que se lo contara todo a Stan cuando llegara. Se volvió hacia Brantwood y aguzó el oído por si se oían disparos.