Capítulo 49
Las ventanillas de los todoterrenos estaban tintadas, ocultando a sus ocupantes.
El primer conductor, con un rostro que parecía cincelado en roca, tenía toda la pinta de ser un exmiembro de las fuerzas especiales.
Su cabeza era tan ancha como los abultados músculos de su cuello. Su nombre cifrado en Tifón era Hulk.
El pasajero sentado a su lado estaba ocupado con unas jeringas y unas ampollas en la tapa del maletín metálico que tenía sobre el regazo.
En la organización se le conocía sencillamente como Doc.
Era él quien tenía que haberle practicado a Constance los últimos chequeos antes de enviarlo a Colorado, pero, tras las muertes en el almacén de City Point, había quedado demostrado que este no solo había recuperado la conciencia, sino que era un asesino.
De ahí los refuerzos extra de los Suburban.
Doc aún se atenía a las órdenes originales de Vermeulen, que eran llevarse al sujeto, suponiendo que obedeciera.
En caso de que opusiera resistencia, tal vez se necesitaría alguna ayuda química, de ahí las jeringas.
Que las usaran para aplacarlo o para liquidarlo estaba todavía por ver.
Doc había tenido mucho trabajo en Tifón a lo largo de los años. Con sus drogas habían logrado desprogramar a David Krige. Entonces había salvado a aquel chico y ahora resultaba que era subordinado suyo.
Doc percibía la tensión entre Krige y Vermeulen respecto a Edward Constance.
El primero lo consideraba claramente una bala perdida, una amenaza para toda la organización; en cambio, Vermeulen no parecía capaz de abandonar la idea de que aún podía realizar su misión.
Ahora que Coughlin había muerto y que eran otros quienes movían los hilos en el Gobierno, el ejército y los servicios secretos, Doc intuía por dónde iban los tiros, y Vermeulen lo tenía todo en contra.
David era la figura emergente: un fascista recalcitrante que un día habría de reemplazar a Vermeulen.
Este, al fin y al cabo, andaba por los setenta y pertenecía a una época ya pasada.
Los objetivos de los Nazis Americanos habían cambiado a lo largo del medio siglo transcurrido desde los hechos de finales de los años treinta.
Doc no era alguien que se dejara impresionar fácilmente, y menos con todas las cosas que había hecho para Tifón, pero había en Krige algo crudo y despiadado que incluso a él le inspiraba admiración.
Si no podían llevarse a Constance por las buenas, el método para darle muerte sería cosa suya. El maletín contenía más jeringas y suficientes sedantes, hipnóticos y barbitúricos letales para acabar con un pueblo entero.
Así pues, Ed era ahora el último Apóstol.
Había habido otras operaciones exitosas de Tifón, desde luego, como las de la Weather Underground y de Unabomber.
Pero la implicación de Tifón en la Underground había concluido dos décadas atrás, cuando su agente había muerto en una explosión en una vivienda de Greenwich.
Otros activistas, ya no relacionados con Tifón, se habían encargado de las acciones de la banda en los años posteriores.
En cuanto a Ted Kaczynski, conocido como Unabomber, había llenado las portadas de los periódicos desde 1978 con sus ataques por todo el país.
Kaczynski fue a los dieciséis años un prodigio de las matemáticas en Harvard, antes de caer bajo el hechizo de un psicólogo de esa misma universidad, Henry A.
Murray, que era una de las figuras clave del Proyecto MKUltra de la CIA y uno de los héroes científicos de Doc.
El sueño de Murray era crear la droga de la verdad perfecta y explorar el poder del control mental.
La organización había encontrado en Kaczynski al sujeto ideal, y a un agente ideal.
Pero ahora llevaba dos años inactivo. Ni siquiera Tifón sabía dónde estaba.
Hacía falta un gran golpe, una acción más sonada que la bomba de Pensacola y el tiroteo de Hialeah.
Cabía la posibilidad de que Constance se convirtiera en una leyenda todavía mayor que Unabomber.
Sus falsos antecedentes ya estaban escritos.
Tal como hicieron en el apartamento de Shannon, habían colocado literatura extremista en la cabaña de Tranquility.
Después de la voladura de la presa, los medios se deleitarían con la historia del chico que lo había tenido todo, pero se había convertido en un terrorista.
El conductor del segundo Suburban era un tipo de cabello rubio rojizo, con unos ojos algo saltones y una permanente sonrisa bobalicona, aunque si mirabas con atención aquellos ojos descubrías que estaban muertos.
Sus compañeros lo llamaban Woody, pero Doc sabía que no se llamaba así y que ni era intelectualmente limitado ni, por lo demás, solía estar contento.
El pasajero sentado junto a él era nuevo en el equipo: un tipo delgado y fibroso, con una tez curtida por el sol, unos penetrantes ojos oscuros y un carácter callado.
Él no se prestaba a ningún mote, así que con un determinismo nominativo lo llamaban «el Francotirador».
Lo habían recogido en una rampa de acceso de la 93, en South Boston, a primera hora de la madrugada.
El tipo había esperado allí con el estuche de su rifle bajo el brazo, con tanta tranquilidad como un ejecutivo a punto de tomar la Línea Verde del metro.
Un quinto agente, Bailey, se había perdido por el camino.
Al parecer, contradijo las órdenes, se aproximó demasiado a Constance por su propia cuenta y lo había pagado caro.
Con él, eran tres los agentes de Tifón que Ed había liquidado en una noche.
Quizá el Francotirador iba a ser más una necesidad que una simple medida de seguridad.
Doc habría preferido que las órdenes de Vermeulen hubieran sido disparar sin previo aviso.
Cuando llegaron a la 201 justo antes del amanecer, ambos vehículos aceleraron.
Pronto atravesaron Hadsville a toda velocidad y siguieron por la estrecha carretera del condado que conducía a Tranquility.
La carrera cobró ahora un ritmo enloquecido porque el trayecto estaba lleno de giros y curvas cerradas de inclinaciones imprevisibles.
A Doc le hizo falta toda su fuerza de voluntad para controlar su estómago mientras el Suburban daba sacudidas a uno y otro lado como un búfalo desbocado.
Se tragó la bilis y notó que le palpitaba una vena en la frente.
Quizá se estaba haciendo viejo para las misiones de campo.
El último tramo de carretera antes del lago era todo recto. El Suburban se estabilizó y Doc soltó un suspiro de alivio y se echó hacia delante, tratando de divisar el Volvo negro de Constance a la luz del amanecer.
El alivio no le duró mucho. En ese tramo ambos conductores pisaron a fondo y, mientras la transmisión chirriaba, Doc se vio otra vez aplastado contra el asiento.
El segundo todoterreno se hallaba justo detrás del primero cuando se produjo el accidente.
Woody estaba concentrado en la parte posterior del otro vehículo y el repentino paso del asfalto a la grava lo pilló por sorpresa.
El Suburban derrapó y su parte trasera se deslizó hacia el terreno cenagoso de la derecha, levantando un géiser de hielo, hierba y barro, antes de estamparse en un tocón medio sumergido.
Woody y el Francotirador se desembarazaron de los cinturones y abrieron las puertas.
El primer todoterreno retrocedió hasta ponerse a su altura.
Doc y Hulk se bajaron del coche e inspeccionaron los daños de otro vehículo.
El guardabarros trasero del lado del pasajero estaba aplastado y se había incrustado en el neumático, ahora totalmente desinflado; el eje estaba doblado hacia atrás y toda la parte trasera del pesado vehículo se había hundido en el cenagal.
Al parecer, Woody se había golpeado contra la ventanilla pese al cinturón de seguridad.
Tenía la nariz ensangrentada y la mejilla izquierda roja como un tomate.
Desde luego, ya no parecía de buen humor.
El Francotirador había salido algo mejor parado, pero Doc observó que se retorcía la mano con la que disparaba como si se la hubiera lastimado.
—¿Estás bien, hijo? —le preguntó.
—Creo que sí, aunque no gracias a él —respondió, señalando con la cabeza a Wood, quien, por su parte, lo obsequió con una mirada inexpresiva.
—Traed el equipo. Usaremos nuestro coche —ordenó Doc.
—¿Y qué hacemos con este? —preguntó Woody.
—Aquí no vamos a conseguir una grúa —respondió Doc.
Disciplinadamente, Woody se secó la nariz y ayudó a los demás a trasladar el equipo que había en el maletero al otro todoterreno; luego subió a la parte trasera con el Francotirador.
El Suburban superviviente circuló ahora con más prudencia que antes. Llegaron a la intersección de la carretera de grava, a un par de kilómetros del lago. Hulk miró de soslayo a Doc, que estaba inclinando hacia delante, tratando de orientarse.
—Izquierda —gruñó.
El todoterreno giró y empezó a avanzar lentamente. Doc iba escudriñando las pistas que se perdían sinuosamente entre los árboles.
Junto a un grupo de fresnos, vio unas marcas recientes de neumáticos.
—Por ahí —dijo. El vehículo redujo aún más la marcha y luego, casi en silencio, volvió a girar y abandonó la carretera.
Hacía poco más de media hora que Ed había tomado el mismo desvío.