Número desconocido Capítulo 48
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Capítulo 48

Tras una cresta, el bosque se adensaba y las montañas grises se elevaban como fantasmas en el gélido amanecer. Un letrero marrón indicaba la carretera hacia Tranquility.

Por mucho que ahora recordara, era consciente de que aún le faltaba mucho.

Se estaba adentrando en lo desconocido. Hacía diez años que no iba por allí.

¿Qué iba a encontrar? El miedo obedecía a amenazas conocidas y concretas; el pavor a todo lo demás, a la gran incógnita.

Y eso era lo único que le quedaba ahora.

Condujo deprisa, el viento frío azotaba la ventanilla cubierta con cartón.

Las señales amarillas de peligro por alces sueltos desfilaban rápidamente por su lado.

Tras quince kilómetros, la carretera coronaba otra cresta montañosa.

No había pasado un solo coche desde Hadsville.

Las primeras luces grises asomaban por el este, pero el sol no se daba prisa, seguía atrapado entre las nubes que habían cubierto Maine tras la nevada del día anterior.

La superficie de color pizarra del lago empezaba a emerger entre las sombras de los bosques, extendiéndose hacia el nordeste, hacia el Nakuset envuelto en nubes.

La carretera había descendido durante los últimos cinco kilómetros por una pendiente recta como una flecha a través de las tierras salvajes del lago.

Ahora recordó que esa carretera se conocía sencillamente como Three Mile Road.

De repente, el asfalto se interrumpió y el Volvo, coleando ligeramente, avanzó entre crujidos por una superficie de grava.

Redujo la velocidad y tuvo que forcejear con el volante porque el coche derrapó hacia una de las zanjas de drenaje que bordeaba la carretera.

Recordó entonces que la señal de «Fin de del pavimento» había caído en la zanja muchos años antes y nunca había sido reemplazada.

El cambio de calzada activó su memoria. Más adelante había una intersección.

El ramal derecho iba hacia la tienda de pesca, las cabañas del este y el hotel Sun Mountain.

El izquierdo, a Brantwood y a la orilla escasamente poblada del oeste; luego trazaba un arco por la vertiente nordeste hasta el extremo norte del lago, hasta Dickson Camp y las pistas madereras que él y Jim habían recorrido diez años atrás.

Ed se percató de un destello en el retrovisor lateral y de inmediato sus ojos se volvieron para mirar.

Habían aparecido los faros de un coche entre los pinos de una cresta, ocho kilómetros a su espalda, hacia Hadsville.

Los faros resplandecieron cuando alcanzaron la altura del retrovisor y luego, cuando el coche empezó a descender hacia Tranquility, se atenuaron ligeramente.

Muy de cerca, había un segundo par de faros.

Un solo coche dirigiéndose en una desolada mañana invernal a una vía prácticamente sin salida podría haber sido una coincidencia, pero dos…

La temporada de caza de ciervos ya había terminado.

Esos dos coches solo podían ser de unos perseguidores.

Ed dio gas y el motor aceleró, escupiendo grava por detrás: cincuenta, setenta kilómetros por hora…

Los postes de telégrafos de la cuneta empezaron a pasar más y más deprisa.

La pendiente de la carretera fue suavizándose y el bosque dio paso a cenagosos descampados cubiertos de nieve a ambos lados.

La intersección estaba al fondo. Volvió a mirar por el retrovisor justo cuando los dos vehículos de detrás coronaban otra cresta.

Era difícil calibrarlo a tanta distancia, pero daba la impresión de que iban deprisa, porque los faros oscilaban ligeramente, incluso en ese tramo recto, como si los conductores tuvieran que luchar para mantener la dirección.

Ed aceleró de nuevo. Ahora ya pasaba de los ochenta kilómetros por hora, lo cual era bastante temerario en una carretera sin asfaltar.

El cartón de la ventanilla se despegó de golpe y el aire frío le dio en pleno rostro.

Siguió pisando el acelerador y el cuentakilómetros subió al tramo marcado en rojo. Ahora el Volvo iba a cien por hora. Una hilera de árboles a unos cien metros marcaba la intersección.

Frenó rápidamente y el coche patinó hacia el arcén cubierto de nieve, levantando una lluvia de barro, antes de poder enderezarlo y volver a la superficie de grava.

Tomó el ramal de la izquierda, hacia Brantwood, volvió a dar gas a fondo y el Volvo salió disparado.

A partir de ahí, ya no vio los faros detrás.

Supuso que ellos llegarían a la intersección en unos quince minutos.

A su derecha, vislumbró las pistas que conducían a las cabañas de la orilla del lago.

Pasó dos o tres rápidamente y luego vio lo que estaba buscando: los troncos blancos de los fresnos, resaltando entre el mar de coníferas perennes, con las últimas hojas marchitas colgando del oscuro entramado de sus delgadas ramas.

«Tuerce a la derecha en el lugar del fresno».

Más allá, estaba el camino de Brantwood.

Giró a la derecha y apagó las luces, maldiciendo las medidas de seguridad del Volvo: las luces laterales y traseras se mantenían encendidas siempre que el motor estuviera en marcha.

Confió en que esas luces menos intensas quedaran ocultas por los árboles que ahora lo rodeaban por ambos lados.

Escrutó la penumbra entornando los ojos.

Cien metros más allá, había un cruce en la carretera de grava.

Dos pistas cerradas con vallas metálicas bajas descendían hacia el lago.

Incluso en la penumbra pudo leer los nombres que figuraban en el costado de los buzones situados junto a las vallas.

El izquierdo, que estaba ladeado y manchado de oxido, decía CONSTANCE ; el derecho, pintado de un blanco impecable, decía SPROULE .

Ambas vallas estaban cerradas con cadenas y candado.

Recordó que una vez él había tenido las llaves de ese lugar. Le vino la imagen de haberlas tirado por la ventanilla del autobús Greyhound a una zanja llena de agua al cruzar la frontera del estado de Florida diez años atrás.

Abrió la guantera, cogió el revólver y bajó del coche. La calefacción había hecho cierto efecto en su interior, pese a la ventanilla rota, pero fuera el aire era gélido y su aliento se condensó inmediatamente al exhalar. Le recorrió un escalofrío.

Miró el candado. Bronce reforzado. No estaba seguro de poder reventarlo de un disparo.

Ni tampoco de que la bala pudiera rebotar y darle a él.

Amartilló el arma, se situó en un ángulo oblicuo a unos treinta centímetros y, volviendo la cabeza hacia el otro lado, apretó el gatillo.

Notó la sacudida del revólver y, tras un chasquido metálico, oyó que la bala se perdía con un silbido en el bosque.

Al abrir los ojos de nuevo, vio que el candado había saltado y que el aro metálico había quedado ligeramente desplazado de su ranura.

Tiró con fuerza y salió con un chirrido.

Abrió la valla, volvió rápidamente al coche, avanzó unos metros y luego se bajó para cerrarla.

Tras unos segundos, empezó a descender por la ligera pendiente hacia la orilla del lago.

No había marcas en la nieve fresca de la pista, aparte del rastro de una ardilla listada.

Al fondo, el lago gris centelleaba a la luz del alba.

Su superficie, donde apenas se distinguían ondas, hacía honor a su nombre.

Algunos jirones de niebla se deslizaban por encima.

El lago se extendía muy lejos hacia el norte, hacia las onduladas montañas cubiertas de bosques de los Apalaches.

Al doblar una curva, vio a su izquierda la cabaña de madera de haya.

El lugar tenía un aspecto abandonado. Las malas hierbas se abrían paso en el sendero de grava y las hojas muertas se acumulaban en un extremo del porche, donde había una mecedora volcada.

Los cristales de una ventana de delante estaban resquebrajados y las tejas se hallaban cubiertas de musgo verde, aunque, por lo demás, el tejado parecía estar en buen estado.

Un rótulo de madera clavado en la puerta mosquitera llevaba grabadas las letras de «Brantwood» con una imitación de caligrafía antigua.

El sendero rodeaba la fachada, pasaba junto al cobertizo de los botes y llegaba hasta el garaje techado, ahora vacío, del costado de la cabaña. Aparcó allí, apagó el motor y bajó del coche.

Recordó que la llave de la puerta trasera estaba escondida bajo el tanque de combustible del embarcadero.

Se agachó junto a él y metió el brazo entre el cilindro y la plataforma de hormigón.

Al remover las hojas muertas que el viento había arrastrado bajo el tanque, algo se escabulló entre sus dedos; luego palpó la llave y la sacó.

Aunque era de acero inoxidable, la humedad la había corroído en algunos puntos.

Se incorporó y fue a la puerta trasera. El interior de la cabaña estaba oculto por una cortina de encaje. No sabía muy bien qué iba a encontrar allí dentro.

Metió la llave en la cerradura. La puerta se abrió a su pasado.