Capítulo 47 #3
Miami. Era de ahí de donde había venido. Miami era la razón de que tuviera dos nombres. Había habido un antes y un después. En Florida se había convertido en otra persona. Había tenido una vida, un trabajo… y una esposa. Una esposa embarazada.
Sarah. Miró hacia delante sin ver. Sarah: se la habían llevado. ¿Por qué? Porque era una garantía, un instrumento para someterlo en caso de que el programa de coerción mental no funcionara.
Se acordó del teléfono móvil. La disyuntiva. Aceptar la llamada o rechazarla. Aceptarla, y entonces Sarah y el bebé vivirían. Rechazarla, y entonces morirían.
Su propia vida había terminado, en cualquier caso. Estaba solo. Era un hombre buscado, enfrentado a una organización que abarcaba a la policía, el servicio secreto y el sistema judicial de todo el país.
Se miró en el espejo. Tenía toda la parte izquierda del cuello empapada de sangre.
El disparo le había desagarrado el lóbulo de la oreja izquierda.
Al menos el gélido aire nocturno había detenido la hemorragia, pero, con aquella cara angustiada, con esos cercos oscuros bajo los ojos y la sangre que le había teñido de rojo el cuello de la camisa, parecía un extra de Amanecer de los muertos .
«Cuando no haya más sitio en el infierno, los muertos caminarán sobre la tierra».
Se bajó del coche entumecido. Un montón de cristales cayeron de su regazo al asfalto.
Miró a su alrededor. No se veía a nadie.
Se agachó y sacó más trozos de cristal del coche.
Había un contenedor de basura cerca y, al lado, un montón de cajas de cartón plegadas.
Rodeó el coche hasta la puerta del copiloto, abrió la guantera y sacó la navaja que había visto allí; luego fue al maletero y cogió un rollo de cinta adhesiva.
Cortó rápidamente dos planchas de cartón gruesas y las pegó sobre la ventanilla rota.
Volvió a la parte trasera, arrojó en su interior el rollo de cinta y unos trozos más de cartón, y lo cerró.
Solo entonces reparó en un trozo de tela, probablemente del abrigo del tipo, que colgaba de la suspensión del Volvo sobre la gravilla embarrada.
Eso y la ventanilla rota bastarían para levantar las sospechas de un policía de carretera.
Se agachó bajo el coche y tiró de la tela.
Parecía estar enganchada en el brazo de control inferior de la suspensión.
La cortó con el cuchillo. La tela estaba llena de sangre.
La arrojó en el contendedor y luego se limpió las manos con un montón de nieve.
Había un teléfono público junto al restaurante.
Cogió unas monedas de la consola y fue a hacer la llamada.
Se resistía a involucrar a Jim otra vez, pero no había más remedio.
Marcó el número, en parte quería oír su voz, en parte quería que no estuviera en casa.
El teléfono sonó y sonó sin que nadie respondiera.
Colgó el auricular. Se dio cuenta de que, pese a sus escrúpulos, estaba deseando desesperadamente oír una voz amiga.
Estaba mirando la ranura de devolución de monedas cuando se abrió la puerta lateral del restaurante y una franja de luz cayó sobre él. Salió un mozo con una bolsa de basura y miró a Ed por un momento, reparando en el cuello manchado de sangre de su camisa; luego fue al contenedor a tirar la bolsa.
Ed regresó al coche a toda prisa. Unos cuantos cristales le pincharon en el trasero al sentarse.
El motor se ahogó cuando giró la llave de arranque.
Soltó una maldición. Había dejado puesto el estrangulador durante todo el trayecto desde Kennebec y ahora el carburador estaba encharcado de gasolina.
Bajó la palanca, sabiendo que el daño ya estaba hecho y que tendría que esperar una media hora hasta que pudiera volver a arrancar el motor.
El mozo había desaparecido. Se preguntó si ya estaría llamando a la policía. Volvió a girar la llave. Milagrosamente, el coche cobró vida con un rugido. No miró atrás mientras abandonada el aparcamiento a toda velocidad.
En Mount Lebanon, el operador había estado ocupado coordinando detalles entre David, los otros dos Suburban, Bailey y el equipo que ya estaba apostado en los bosques. En algún momento de la madrugada, quizá hacia las dos y media, dejó de comunicarse con Bailey.
Aproximadamente una hora más tarde, mientras se estiraba y miraba a su alrededor, reparó en una luz de un panel, a la que raramente miraba, que indicaba que había una llamada entrante en la tienda de pesca de Dove.
Su corazón se aceleró ligeramente mientras accionaba el interruptor.
Aguardó a que la llamada fuera atendida, pero nadie descolgó.
Volvió a llamar al móvil de Bailey, pero no hubo respuesta. Siguió intentándolo hasta las cuatro de la mañana, cuando, quizá en su vigésimo intento, respondieron bruscamente.
—¿Sí? —dijo una voz desconocida. Sonó un crepitar de interferencias, como si hubiera un transmisor en segundo plano, y el operador pensó de inmediato: «Un poli», y colgó.
Cogió el teléfono que conectaba con los aposentos de Vermeulen.